La historia del cine mexicano está llena de figuras brillantes que dejaron huella en la pantalla, pero también de vidas marcadas por tragedias personales que pocos conocen en profundidad.

Uno de esos casos es el del actor Manuel Alvarado Lodaza, un intérprete que participó activamente en la etapa final de la Época de Oro del cine mexicano y que, pese a su talento y trayectoria, terminó siendo recordado también por un episodio oscuro que lo persiguió hasta el final de sus días.
Manuel Alvarado Lodaza nació el 10 de julio de 1922 en Saltillo, Coahuila, México.
Provenía de una familia acomodada que, como muchas otras, perdió gran parte de su fortuna a consecuencia de la Revolución Mexicana.
Esta caída económica marcó profundamente su infancia y juventud, obligándolo a enfrentar carencias que contrastaban con el origen privilegiado de su familia.
Desde temprana edad aprendió a sobrevivir con esfuerzo y disciplina, valores que más tarde lo acompañarían en su carrera artística.
En busca de mejores oportunidades, Manuel emigró a la Ciudad de México, donde comenzó a trabajar en un restaurante frecuentado por importantes figuras del medio artístico.
Fue precisamente en ese ambiente donde surgió su primera oportunidad de acercarse al mundo del espectáculo.
Algunos testimonios señalan que se formó inicialmente en el ambiente de las carpas, mientras que otras versiones indican que estudió actuación en la academia de Seki Sano, una de las más reconocidas de la época.
Un momento clave en su vida ocurrió cuando, durante una fiesta organizada por la Asociación Nacional de Actores, conoció a Mario Moreno “Cantinflas”.
La amistad entre ambos fue inmediata y duradera.

Cantinflas, consciente del talento de Manuel, le abrió puertas en el cine y lo apoyó en distintos momentos de su carrera.
Gracias a esta relación, Alvarado Lodaza participó en varias producciones cinematográficas, generalmente en papeles secundarios o de reparto, interpretando personajes como cantineros, ganaderos o figuras populares que, aunque breves, aportaban solidez a las historias.
El público lo recuerda especialmente por su participación en la película Por mis pistolas, donde compartió créditos con Cantinflas.
Aunque nunca alcanzó el estatus de protagonista, su capacidad actoral le permitió mantener una carrera constante durante varios años.
También incursionó con éxito en el teatro, donde desarrolló papeles cómicos que fueron bien recibidos por el público.
Incluso prestó su voz en trabajos de doblaje para series internacionales, como Viaje al fondo del mar, demostrando su versatilidad como intérprete.
A pesar de su talento, su carrera cinematográfica no logró despegar del todo.
Algunos señalan que su sobrepeso limitó las oportunidades de papeles protagónicos en una industria que privilegiaba ciertos estándares físicos.
Aun así, Manuel se mantuvo activo y respetado dentro del gremio artístico.
Se sabe que, por recomendación de Cantinflas, ingresó a la masonería, donde logró ascender dentro de la organización y establecer contactos influyentes.
En el ámbito personal, la vida de Manuel Alvarado Lodaza estuvo marcada por relaciones intensas y decisiones que cambiarían su destino para siempre.
Contrajo matrimonio con María de los Ángeles Rodríguez, una mujer descrita como bella y discreta, quien falleció a finales de la década de los años sesenta.
Esta pérdida lo afectó profundamente y lo sumió en una etapa de soledad y vulnerabilidad emocional.
Tras enviudar, Manuel inició relaciones con mujeres más jóvenes, particularmente bailarinas del medio teatral.
Fue así como conoció a Rosalva Valenzuela, una joven tiple que trabajaba en un teatro de Tamaulipas.
La relación avanzó rápidamente y decidieron vivir juntos en unión libre.
Durante un tiempo, la convivencia parecía estable, aunque con el paso de los años comenzaron a surgir tensiones y conflictos.
En 1973 ocurrió el primer episodio grave.
Según diversas investigaciones periodísticas, Manuel sorprendió a Rosalva manteniendo una relación íntima con un joven bombero en la zona de Ciudad Victoria.
Aunque el incidente fue doloroso, con el tiempo la pareja intentó superarlo y continuar su relación.
Sin embargo, la herida nunca cerró por completo.
Años después, Rosalva volvió a ser infiel, esta vez con un promotor de espectáculos infantiles.
La situación se agravó cuando ella decidió huir con él, abandonando a Manuel en un momento en el que su salud ya se encontraba seriamente deteriorada.
Dominado por la ira, la humillación y el sentimiento de traición, Manuel Alvarado Lodaza cometió el acto que marcaría para siempre su vida: asesinó al amante de su pareja disparándole dos balazos directamente al corazón.
El hecho provocó su inmediata detención, aunque permaneció en prisión solo algunas horas.
La Asociación Nacional de Actores intervino rápidamente, lo que permitió que enfrentara el proceso en libertad.
No obstante, el daño ya estaba hecho.
Más allá de las consecuencias legales, el peso psicológico y emocional de lo ocurrido se convirtió en una carga insoportable.
Personas cercanas afirmaron que Manuel vivió el resto de su vida arrepentido.
La culpa, el remordimiento y la vergüenza afectaron gravemente su salud.
Sufrió crisis constantes de hipertensión y fue hospitalizado en múltiples ocasiones.
A principios de 1978, una severa descompensación lo mantuvo internado durante más de dos semanas.
Finalmente, el 30 de julio de 1978, Manuel Alvarado Lodaza falleció a causa de un paro cardíaco.
Tenía apenas 56 años.
Su muerte pasó casi desapercibida para el gran público, aunque la Asociación Nacional de Actores le rindió un breve homenaje en reconocimiento a su trayectoria artística.
La historia de Manuel Alvarado Lodaza es el reflejo de una vida marcada por el talento, las oportunidades perdidas y una tragedia personal que eclipsó todo lo demás.
Más allá del crimen que cometió, quienes lo conocieron aseguran que fue un hombre atormentado, consciente del error irreversible que había cometido y condenado a vivir con ese peso hasta el final.
Su historia sirve como recordatorio de cómo una decisión impulsiva puede destruir no solo una carrera, sino también una vida entera, dejando una huella imborrable de arrepentimiento y dolor.