URGENTE ANABEL HERNÁNDEZ REVELA QUIÉN ORDENÓ LA EJECUCIÓN DE “EL PANU” DESDE DENTRO DEL PODER MEXICO

La noche del domingo en la Ciudad de México dejó al descubierto una verdad incómoda que durante años se intentó ocultar bajo el discurso oficial de seguridad y control.

Anabel Hernández: premio al periodismo contra la impunidad | Espacio Méx
La ejecución de Kevin López, alias “El Panu”, no fue un hecho aislado ni un simple ajuste de cuentas entre criminales.

Según revelaciones recientes de la periodista de investigación Anabel Hernández, se trató de una operación quirúrgica ordenada desde las más altas esferas del poder criminal, con posibles complicidades dentro del propio aparato del Estado mexicano.

 

“El Panu” no era un sicario común ni un operador de bajo perfil.

Era uno de los hombres más cercanos a Iván Archivaldo Guzmán, líder de la facción conocida como “Los Chapitos”.

Su nivel de confianza era tal que estuvo presente en momentos clave de la organización, incluido el llamado “Culiacanazo”, cuando Ovidio Guzmán fue liberado tras el colapso de la seguridad en Sinaloa.

Kevin López conocía rutas, casas de seguridad, contactos internacionales, cuentas financieras y nombres que jamás debieron salir a la luz.

Por esa información, Estados Unidos ofrecía una recompensa de cuatro millones de dólares.

 

Lo verdaderamente perturbador no es solo su muerte, sino el lugar donde ocurrió.

Mientras muchos creían que “El Panu” se ocultaba en la sierra sinaloense, la realidad era muy distinta.

Vivía tranquilamente en la capital del país, en zonas exclusivas como Polanco y la colonia Juárez, hacía compras en centros comerciales de lujo y cenaba en restaurantes concurridos sin escoltas visibles.

Todo esto en una ciudad con más de ochenta mil policías y casi cien mil cámaras de vigilancia.

Anabel Hernández on the risks of being a journalist in Mexico | Verso Books

La pregunta es inevitable: ¿cómo pudo un criminal de ese nivel vivir durante meses, incluso años, sin ser molestado? Para Anabel Hernández, la respuesta es clara: nadie se mueve así en la Ciudad de México sin protección desde dentro del poder.

El caso de “El Panu” no es único.

Otros líderes del narcotráfico, incluidos miembros del cártel de los Beltrán Leyva y el propio Ovidio Guzmán antes de su captura, también llevaron una vida aparentemente normal en la capital.

La ciudad se ha convertido en una burbuja de impunidad para los grandes capos.

 

El asesinato ocurrió alrededor de las 7:20 de la noche, en plena Zona Rosa, un área turística y familiar.

Dos hombres en motocicleta ejecutaron el ataque con precisión milimétrica y desaparecieron en cuestión de segundos, a pesar de la enorme presencia policial y tecnológica.

El mensaje fue claro: nadie está a salvo, ni siquiera en el corazón del país.

 

Según la investigación, esta ejecución forma parte de una estrategia más amplia.

En el último año, “Los Chapitos” han perdido a casi todos sus operadores clave.

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La captura de “El Nini”, la eliminación de “El Perris” y “El Piyi”, y ahora la muerte de “El Panu”, han dejado a la organización prácticamente ciega.

Cada uno de ellos era un pilar fundamental en la estructura del cártel de Sinaloa.

 

Mientras tanto, otra organización ha avanzado de forma silenciosa pero implacable: el Cártel Jalisco Nueva Generación.

De acuerdo con fuentes periodísticas, el CJNG ha aprovechado esta debilidad para expandirse a territorios históricamente controlados por Sinaloa, incluyendo el Pacífico y estados donde antes su presencia era impensable.

Incluso se habla de una alianza desesperada entre “Los Chapitos” y el grupo liderado por Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”.

 

La seguridad de los hermanos Guzmán, según estas versiones, estaría ahora en manos de Audias Flores Silva, alias “El Jardinero”, el hombre encargado de mantener oculto al líder del CJNG durante años.

Esta alianza, sin embargo, no sería equitativa.

En el mundo del narcotráfico, las alianzas nacidas del miedo siempre implican subordinación.

 

La ejecución de “El Panu” también sugiere una traición interna.

Para localizarlo con tanta precisión fue necesaria información privilegiada: horarios, rutinas, lugares frecuentados.

Alguien cercano tuvo que haberlo entregado.

En el lenguaje del crimen organizado, eso se llama “poner” a alguien, y suele desencadenar una ola de violencia posterior.

La muerte de Kevin López deja un vacío de poder enorme y abre la puerta a una reconfiguración total de las rutas, contactos y estructuras.

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El mensaje enviado al resto del mundo criminal es brutal.

Si pudieron ejecutarlo en una de las zonas más vigiladas del país, pueden hacerlo con cualquiera, en cualquier lugar.

También es una advertencia para quienes estén considerando negociar con autoridades mexicanas o estadounidenses.

 

Más allá del narcotráfico, este caso expone una realidad alarmante: las grandes ciudades de México, especialmente la capital, funcionan como refugios seguros para los líderes criminales.

Mientras en estados como Sinaloa, Guerrero o Michoacán la violencia se cobra decenas de vidas cada semana, quienes toman las decisiones viven cómodamente, hacen negocios legales y caminan entre ciudadanos comunes.

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La muerte de “El Panu” no es solo la caída de un capo.

Es la prueba de que el narcotráfico está profundamente incrustado en las estructuras del poder.

Es el reflejo de un sistema que permite que los criminales más buscados del mundo se escondan a plena vista.

Y, como advierte Anabel Hernández, lo ocurrido el domingo podría ser solo el inicio de una escalada aún más violenta.

 

La pregunta final queda en el aire: ¿cambiará algo realmente con esta ejecución o será solo otro capítulo más en una guerra interminable donde los verdaderos responsables siguen protegidos desde las sombras?

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