Saúl “Canelo” Álvarez es, para millones de aficionados, el rostro del boxeo moderno.
Campeón mundial en múltiples divisiones, símbolo de orgullo mexicano y protagonista de algunas de las peleas más mediáticas del siglo XXI, su imagen pública ha estado siempre asociada a la victoria, la disciplina y el éxito económico.
Sin embargo, detrás de los cinturones, los reflectores y los contratos millonarios, existe una historia mucho más compleja, marcada por sacrificios tempranos, derrotas dolorosas, polémicas persistentes y un desgaste físico y emocional que pocas veces se expone con claridad.
Nacido el 18 de julio de 1990 en Guadalajara, Jalisco, aunque con raíces familiares en Los Reyes, Michoacán, Saúl Álvarez creció en un entorno humilde junto a sus siete hermanos.
Fue el menor de una familia numerosa que aprendió desde temprano el valor del trabajo duro y la solidaridad.
Sus padres vendían paletas de frutas de manera artesanal, y Saúl colaboraba caminando largas distancias bajo el sol, comprendiendo desde niño que el esfuerzo era una necesidad, no una opción.
Aquella infancia sencilla, vivida en Juanacatlán, forjó la disciplina que más tarde definiría su carrera.
No obstante, su niñez también estuvo marcada por el acoso.
Su piel clara y su cabello rojo lo convertían en un blanco constante de burlas en una región donde esos rasgos no eran comunes.
Los insultos y la violencia verbal fueron frecuentes, y de ahí nació el apodo “Canelo”.
Lejos de quebrarlo, esa experiencia alimentó un carácter combativo.
Primero aprendió a defenderse y luego a imponerse, encontrando en el boxeo una vía para canalizar frustraciones y demostrar fortaleza.

A los diez años entró por primera vez a un gimnasio, inspirado por su hermano Rigoberto Álvarez.
El boxeo dejó de ser un pasatiempo cuando, a los trece años, comenzó a entrenar formalmente bajo la tutela de José “Chepo” Reynoso y su hijo Eddy Reynoso, una relación que se mantendría durante toda su carrera.
En el ámbito amateur construyó un récord notable, y en 2005, con apenas quince años, debutó como profesional.
La decisión no fue impulsiva: necesitaba ayudar económicamente a su familia y estaba dispuesto a enfrentar rivales mayores y con más experiencia.
Esos primeros años fueron duros y silenciosos.
Canelo combinaba entrenamientos exigentes con trabajos informales, peleando en carteleras pequeñas, sin glamour ni reconocimiento.
Entrenaba cansado, con dolor, durmiendo poco, pero con una convicción inquebrantable.
Cada combate era un riesgo real, pero también una oportunidad.
Poco a poco, su nombre comenzó a circular en el ambiente boxístico como el de un joven pelirrojo que no retrocedía.
El salto definitivo llegó en 2011, cuando con apenas veinte años se convirtió en el campeón mundial más joven del Consejo Mundial de Boxeo en peso superwelter.
A partir de ese momento, su carrera entró en una etapa de crecimiento vertiginoso.

Conquistó títulos en peso medio, supermedio y semipesado, hasta lograr en 2021 una hazaña histórica: convertirse en el primer campeón indiscutido del peso supermedio, unificando todos los cinturones.
En 2025 repetiría ese dominio, consolidando un legado que pocos boxeadores han alcanzado.
Sin embargo, el camino nunca fue lineal.
En 2013 llegó su primera gran caída frente a Floyd Mayweather Jr. La derrota no solo significó perder títulos, sino enfrentar por primera vez el escrutinio severo de la prensa y las dudas sobre su verdadero nivel.
Lejos de hundirse, Canelo regresó al gimnasio con mayor disciplina, corrigiendo errores y fortaleciendo su técnica.
Aun así, las derrotas volverían a aparecer en momentos clave.
En 2022, su intento de conquistar el peso semipesado frente a Dmitri Bivol terminó en una derrota clara.
El combate evidenció límites físicos y generó críticas sobre sus decisiones estratégicas.
Pero el golpe más fuerte llegó en 2025, cuando perdió ante Terence Crawford y cedió los títulos indiscutidos del supermedio.
Aquella derrota lo sacó del top 10 libra por libra y reavivó el debate sobre un posible declive.

A estos tropiezos deportivos se sumaron polémicas fuera del ring.
En 2018, dio positivo por clembuterol en controles antidopaje.
Aunque argumentó contaminación alimentaria, una explicación respaldada por antecedentes en México, la Comisión Atlética de Nevada lo suspendió seis meses.
La revancha con Gennadiy Golovkin se pospuso y su imagen quedó bajo sospecha.
Aunque posteriores pruebas no demostraron consumo prolongado, la mancha nunca desapareció del todo del relato sobre su carrera.
En el plano personal, la fama tampoco le ofreció estabilidad automática.
Canelo ha tenido varias relaciones sentimentales y es padre de varios hijos con diferentes parejas.
Aunque siempre ha expresado que la paternidad es central en su vida, las separaciones y la exposición mediática representaron desafíos emocionales.
Su matrimonio con Fernanda Gómez en 2021 simbolizó una etapa de mayor equilibrio, aunque no eliminó del todo la presión constante de su profesión.
Con los años, el cuerpo comenzó a pasar factura.
Golpes acumulados, entrenamientos extremos y décadas de exigencia dejaron secuelas físicas.
En 2025 fue diagnosticado con cuerpos sueltos en el codo izquierdo, una lesión que comprometía seriamente su rendimiento.
La cirugía artroscópica a la que se sometió en octubre de ese año marcó un punto de inflexión.
Por primera vez, tuvo que detenerse, escuchar al cuerpo y aceptar límites.

Durante la rehabilitación, enfrentó también un desafío mental.
Acostumbrado a la actividad constante, el reposo forzado le permitió reflexionar sobre el paso del tiempo, el desgaste acumulado y el verdadero significado del éxito.
A diferencia de otros atletas, no existen registros de adicciones o crisis públicas graves, pero sí momentos de cansancio emocional y aislamiento, especialmente tras las derrotas y las críticas.
Lejos de los reflectores, entrenando en lugares apartados y rodeado solo de su círculo cercano, Canelo entendió que la fama es volátil y que la grandeza no se mide únicamente en victorias.
Hoy, su historia aparece como la de un campeón completo, pero también como la de un hombre marcado por sacrificios, errores y aprendizajes.
Detrás de los cinturones existe una realidad menos brillante, pero profundamente humana, que explica por qué Saúl “Canelo” Álvarez sigue siendo, más allá de los títulos, una figura compleja y vigente del boxeo mundial.