El choque entre Álvaro Uribe Vélez y Gustavo Petro volvió a encender la arena política colombiana, esta vez con un episodio que muchos ya califican como uno de los más tensos del momento.

Un reciente pronunciamiento, cargado de cifras, reproches y un tono desafiante, dejó al expresidente Uribe visiblemente contra las cuerdas, mientras el presidente Petro respondía con datos económicos que, para sus seguidores, resultaron demoledores.
El cruce no solo agitó las redes sociales, sino que reavivó una guerra discursiva que parece no tener tregua y que divide al país entre aplausos, indignación y un clima político cada vez más explosivo.
Según analistas y comentaristas cercanos al petrismo, Uribe habría reaccionado con evidente molestia ante los recientes indicadores económicos que muestran una inflación controlada, un crecimiento del empleo y un aumento histórico del salario mínimo.
En espacios digitales y foros políticos, se ha repetido la idea de que el expresidente no esperaba una respuesta tan contundente por parte de Petro, quien defendió su gestión con cifras oficiales y acusó a la oposición de construir relatos de miedo que no coinciden con la realidad económica del país.
El aumento del salario mínimo se convirtió en el principal detonante del enfrentamiento.
Petro destacó que el incremento acumulado durante su gobierno representa, según su narrativa, una reparación histórica para la clase trabajadora, mientras que sectores uribistas advirtieron sobre supuestos riesgos de inflación, desempleo y caída de la inversión.
Sin embargo, la negativa de los tribunales a suspender el decreto presidencial fue celebrada por el oficialismo como una victoria política y jurídica que dejó sin piso las demandas impulsadas por figuras cercanas al Centro Democrático.
Desde el lado más crítico, comentaristas afines al gobierno no dudaron en calificar la reacción de Uribe como desesperada.
En transmisiones y videos virales, se habló de un expresidente “fuera de sí”, incapaz de aceptar que los indicadores actuales contradicen los discursos catastrofistas que durante años marcaron la oposición al proyecto de izquierda.
Aunque el lenguaje utilizado fue duro y provocador, logró captar la atención de miles de usuarios que replicaron el mensaje en redes sociales, alimentando aún más la polarización.
Petro, por su parte, respondió con una estrategia clara: datos, cifras y comparaciones directas con gobiernos anteriores.
El presidente subrayó que el desempleo se encuentra en uno de sus niveles más bajos en décadas, que el dólar ha mostrado una tendencia a la baja y que el crecimiento económico supera las proyecciones iniciales.
Para el mandatario, estos resultados desmienten el discurso del miedo económico y evidencian, según dijo, que el país no va rumbo al colapso que algunos sectores anuncian insistentemente.
Otro punto que avivó la controversia fue el debate sobre los precios de arriendos, peajes y servicios.
Mientras sectores opositores advertían sobre alzas generalizadas a raíz del aumento salarial, el gobierno insistió en que muchos de estos ajustes están ligados al Índice de Precios al Consumidor y no directamente al salario mínimo.
Expertos citados en espacios oficiales recalcaron que elevar precios de forma indiscriminada podría constituir una práctica ilegal, un mensaje que buscó tranquilizar a la ciudadanía y frenar la narrativa alarmista.
La discusión también se trasladó al terreno de las fuerzas militares, un tema históricamente sensible en Colombia.
Petro recordó los incrementos en las bonificaciones para soldados durante su gobierno y los comparó con los niveles existentes en administraciones anteriores.
Para sus seguidores, este punto golpeó uno de los pilares del discurso uribista, que tradicionalmente se ha presentado como el gran defensor de la fuerza pública.
Para sus detractores, en cambio, se trató de una utilización política de datos con fines propagandísticos.

Como si fuera poco, el decreto de emergencia económica que grava los grandes patrimonios añadió más leña al fuego.
Desde el oficialismo se presentó como una medida necesaria para reducir el déficit fiscal y garantizar estabilidad financiera, mientras que la oposición lo calificó como un ataque a la inversión y a los sectores productivos.
La eventual revisión constitucional del decreto ha sido interpretada por el petrismo como una nueva batalla entre las élites económicas y un gobierno que dice buscar mayor redistribución de la riqueza.
En medio de este escenario, Uribe volvió a ser protagonista, no solo por sus declaraciones, sino por la reacción que estas generaron.
Para algunos, su figura sigue siendo la del líder fuerte que enfrenta al gobierno sin titubeos; para otros, se trata de un político anclado en el pasado, incapaz de adaptarse a un país que, aseguran, está cambiando.
La respuesta de Petro, firme y cargada de estadísticas, fue leída por sus simpatizantes como un golpe directo a la narrativa uribista.
El episodio dejó claro que la confrontación entre ambos líderes trasciende lo personal y se instala en el corazón mismo del debate nacional.
Economía, empleo, seguridad, impuestos y modelo de país se mezclan en un choque de discursos donde cada bando busca imponer su verdad.
Mientras tanto, la opinión pública observa, opina y se divide, alimentando un espectáculo político que, para muchos, ya parece una pelea sin fin.
Lo cierto es que el intercambio entre Uribe y Petro no pasó desapercibido.
Titulares incendiarios, videos virales y reacciones apasionadas confirmaron que cualquier cruce entre estas dos figuras es capaz de sacudir el panorama político colombiano.
Y aunque ninguno parece dispuesto a ceder terreno, el último round dejó la sensación de que Petro logró, al menos por ahora, dejar a su histórico adversario sin la respuesta que esperaba.