
Antes de convertirse en el símbolo del romanticismo musical en español, Danny Daniel fue simplemente Daniel Candón de la Campa, un joven asturiano nacido en Gijón con dos pasiones que competían entre sí: el fútbol y la música.
Durante su juventud, el balón parecía ganar la batalla.
Jugó como delantero en ligas regionales, entrenó con disciplina obsesiva y llegó a creer que su futuro estaba escrito en un estadio, no en un escenario.
Todo terminó a los 26 años con una entrada brutal que destrozó su rodilla derecha.
La rotura de ligamentos no solo acabó con su carrera deportiva, también pulverizó su identidad.
Años después lo resumiría con una frase demoledora: aquel partido terminó con la vida que yo conocía.
Sin rumbo y con Gijón quedándosele pequeña, tomó un tren en 1965 rumbo a Madrid.
No volvió.
Ese viaje lo llevó a Mallorca, luego a Suecia, donde sobrevivió a trabajos físicos extremos bajo temperaturas inhumanas.
Allí conoció a Inger, una mujer que encarnó para él la promesa de un hogar.
Planeaban verse un fin de semana.
Nunca ocurrió.
Ella murió en un accidente de tráfico camino a encontrarse con él.
Esa pérdida quebró algo definitivo en Danny Daniel.
La felicidad, entendió entonces, no era duradera.

Regresó a Mallorca roto, cantando en hoteles para turistas, escribiendo de madrugada con un libro de Bécquer como único compañero.
De ese duelo nació El vals de las mariposas, una canción tan delicada como devastadora.
El público escuchó belleza; él estaba exorcizando fantasmas.
Para Danny Daniel, escribir canciones no era romanticismo: era supervivencia.
Su vida sentimental siguió el mismo patrón de intensidad y pérdida.
Amores que ardían rápido, relaciones que terminaban en cicatrices convertidas en versos.
Con Donna Hightower vivió una relación artística y amorosa explosiva que cruzó fronteras y vendió millones, pero que terminó desgastada por su propia intensidad.
Con Marcia Bell llegó el glamour, los rumores, incluso un embarazo perdido jamás confirmado.
Cada mujer dejó una canción y una herida.
Pero nada lo preparó para el capítulo más devastador: su hijo.
Casado con Rocío Castilla, ex Miss Guayaquil, Danny Daniel fue padre en 1980 de Daniel Junior.
El matrimonio se deterioró rápidamente y el miedo se apoderó de él.
Temía perder a su hijo.
En una decisión que hoy reconoce como desesperada, se llevó al niño a España sin un acuerdo formal de custodia.
Legalmente fue un error.
Emocionalmente, fue el inicio de una tragedia.
El padre de Rocío organizó un engaño.
En un restaurante de Madrid pidió llevar al niño un momento para hacerle unas fotos.
Nunca volvió.
Subió a un avión y lo llevó a Ecuador sin autorización judicial.
Durante 25 años, Danny Daniel no supo nada de su hijo.
Ni una foto.
Ni una carta.
Nada.
Lo peor llegó después: supo que el niño creció creyendo que su padre lo había abandonado.
Cuando finalmente se reencontraron, décadas después, ya no había vínculo.
Solo dos desconocidos compartiendo un café.

Nunca volvió a verlo.
Nunca conoció a sus nietos.
Esa ausencia se filtró en sus canciones, disfrazada de lamentos amorosos que en realidad hablaban de culpa, arrepentimiento y un vacío imposible de llenar.
Como si la vida no hubiera sido suficientemente cruel, llegó la traición profesional.
Por el amor de una mujer, su canción más emblemática, fue transformada en La dona por los Gypsy Kings.
La melodía era la misma.
El éxito fue mundial.
Millones de discos vendidos.
Su nombre, ausente.
Un juez francés reconoció el plagio, pero la compensación fue irrisoria.
Décadas de derechos de autor reducidas a migajas.
Danny Daniel luchó durante 17 años contra discográficas, editoriales y entidades de gestión.
Perdió.
No solo el dinero, también la fe en un sistema que, según él, protege a los poderosos y abandona a los autores.
Condenado incluso a pagar costas judiciales, decidió hablar.
“Me quitaron los créditos, el dinero y la dignidad, pero no la verdad”, dijo.
Hoy, a los 83 años, sigue cantando.
Su voz ya no es perfecta, pero es real.
Vive entre Miami y Madrid, escribe canciones para poder dormir y toca su melodía más robada solo para dejarla desvanecerse.
Ya no busca justicia legal.
Busca paz.
Y quizá, después de haberlo perdido todo, esté más cerca que nunca.