🧊 “Ya matamos a Manuela”: el juego mortal que marcó al niño que jamás soltaría el poder 🧒🔫

Todo comenzó con un disparo.
No en una plaza pública ni en un mitin.
Fue en una casa elegante de la colonia Narvarte, Ciudad de México.
Un niño de 4 años llamado Carlos jugaba “a la guerra” con su hermano Raúl y un amigo.
Pero el juego terminó con una sirvienta indígena muerta.
“Ya matamos a Manuela”, dijeron con orgullo a la empleada mayor.
Y México jamás lo supo…hasta que fue demasiado tarde.
Aquel niño crecería y se convertiría en presidente.
Pero no uno cualquiera.
Carlos Salinas de Gortari fue el primero en reescribir las reglas del poder en México: no para servir, sino para controlarlo todo.
Desde su elección en 1988 —manchada por el infame “se cayó el sistema”— Salinas dejó claro que no sería un líder más.
Fue un arquitecto de sombras.

Lo primero que hizo como presidente fue aplastar al líder sindical Joaquín “La Quina” Hernández Galicia.
Helicópteros, armas largas y una detención transmitida como si fuera una película de acción.
Un mensaje directo: el que se me oponga, desaparece.
Y así lo hizo.
Privatizó Telmex, vendió los bancos, reformó la constitución, y convirtió amigos en millonarios.
Uno de ellos: Carlos Slim, el gran ganador de Telmex.
Otro: Ricardo Salinas Pliego, el elegido para quedarse con Imevisión, nacida de entre las ruinas como TV Azteca.
A cambio, el pueblo recibió promesas rotas.
Y…miedo.
Pero si algo define al sexenio de Salinas no es la economía.
Es la muerte.

Luis Donaldo Colosio, su propio candidato, fue asesinado con dos disparos en Tijuana.
¿Por qué? Porque hablaba de cambio, de justicia, de mirar hacia los pobres.
Porque rompía el guion.
El cuerpo de Colosio cayó entre la multitud, y Salinas apareció en televisión sin una lágrima, sin emoción.
Solo con una frase que heló a todos: “Ha fallecido.
” Fue como si ya lo supiera.
Pero ese no fue el único.
El cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo fue acribillado con más de 14 disparos en el aeropuerto de Guadalajara.
¿Confusión entre cárteles? ¿O ejecución programada? Posadas había denunciado vínculos entre el narco y el gobierno.
Y terminó muerto en su coche, sin moverse.
Silenciado.

Y luego está la historia que muchos se niegan a creer, pero pocos pueden ignorar: Luis Miguel.
“El Sol de México” habría muerto en una fiesta privada dentro de Los Pinos, supuestamente tras un conflicto con Salinas por una relación con Cecilia, su hija.
Cayó al suelo.
Se desmayó.
Y no volvió a levantarse.
Al día siguiente, el mundo vio a un Luis Miguel que parecía…diferente.
La mandíbula, el canto, la mirada.
Todo parecía más controlado, más artificial.
Y los rumores explotaron: ¿Era un doble? ¿Enterraron al verdadero bajo el asta bandera? ¿Fue reemplazado para proteger la imagen del país y evitar un escándalo? Una vidente, Ciret Tabaz, incluso afirmó en
2019 que Luis Miguel estaba muerto desde los años 2000.
¿Locura? ¿O la pieza que faltaba en este rompecabezas político?
La vida privada de Salinas fue igual de opaca.

Su esposa, Cecilia Occelli, desapareció del escenario poco después del sexenio.
Ana Paula Gerard tomó su lugar, pero no fue la única sombra.
Se habló de Adela Noriega, de un hijo ilegítimo, de un exilio dorado pagado en silencio.
Y mientras tanto, Raúl Salinas, su hermano, era apodado “el hermano incómodo”.
Acusado de ordenar el asesinato de su cuñado, preso por enriquecimiento ilícito, y vinculado a la desaparición de Manuel Muñoz Rocha.
La familia se desmoronaba…pero el poder seguía intacto.
Enrique Salinas, el hermano olvidado, apareció muerto dentro de su coche en Huixquilucan.
Sin sangre.
Sin pelea.
Sin explicación.
¿Mensaje? ¿Traición? ¿Sacrificio? Nadie dijo nada.
Nadie lloró.
Nadie buscó justicia.

Y entonces apareció el chupacabras.
Justo cuando el país colapsaba económicamente por el error de diciembre, un monstruo fantástico se adueñó de los titulares.
¿Casualidad? ¿O la distracción perfecta? Un mito para esconder una catástrofe real.
Porque mientras el pueblo buscaba al monstruo en los campos, en las ciudades se perdían los ahorros, los empleos, la esperanza.
Pero Carlos Salinas no se fue.
Se replegó.
Huyó a Irlanda, donde no podía ser extraditado.
Desde ahí siguió moviendo hilos.
Se habló de su influencia en los gobiernos de Fox, Calderón, Peña Nieto.
Se habló de contratos, de reuniones secretas en su rancho El Encino, donde el whisky y la carne asada sellaban pactos más poderosos que cualquier firma presidencial.
El golpe final vino en 2004.
Los videoescándalos.
Carlos Ahumada, empresario argentino, reveló grabaciones de funcionarios de López Obrador recibiendo dinero.
¿El operador detrás? Salinas, según el propio Ahumada.

Un maestro en destruir adversarios con una sonrisa.
Y aún hoy, a sus 77 años, Carlos Salinas sigue siendo el nombre que nadie quiere decir en voz alta.
AMLO lo llama “el innombrable”.
Los medios lo rodean.
Y cada vez que tiembla en México, alguien dice en broma…“¿Ya regresó Salinas?”
Pero esto no es una broma.
Es el retrato de un hombre que dejó sangre, sombras y silencio.
Que convirtió a la presidencia en su campo de batalla.
Que no dejó huellas, solo cadáveres.
Y ahora la pregunta es tuya: ¿Qué parte de esta historia te parece imposible…
y cuál demasiado real para ser negada? Porque en el México de Salinas, la línea entre la conspiración y la verdad…desapareció hace décadas.