💣 Miedo, traición y muerte: la verdad sobre las últimas 48 horas de Pablo Escobar Gaviria
Durante años, su nombre fue sinónimo de poder absoluto, terror sin límites y una fortuna imposible de imaginar.

Pero incluso los hombres que parecen invencibles terminan enfrentándose a la cuenta regresiva de su propio destino.
Pablo Escobar Gaviria, el narcotraficante más temido del mundo, pasó sus últimos días atrapado entre la paranoia, la traición y un cerco que se cerraba minuto a minuto.
Lejos del mito romántico que algunos intentaron construir, sus últimas jornadas estuvieron marcadas por el miedo, la soledad y la certeza de que el final era inevitable.
Tras su espectacular fuga de la cárcel de La Catedral en 1992, Escobar dejó de ser el amo que dictaba órdenes desde la comodidad del encierro a su medida.
Convertido nuevamente en fugitivo, comenzó una vida nómada dentro de su propia ciudad.

Cambiaba de escondite constantemente, dormía pocas horas y desconfiaba de todos, incluso de los hombres que aún le juraban lealtad.
Medellín, la ciudad que una vez lo veneró y lo temió, se transformó en un laberinto mortal.
El cerco se estrechaba.
El Bloque de Búsqueda, apoyado por agencias internacionales y reforzado por tecnología de rastreo nunca antes usada en Colombia, avanzaba sin descanso.
Cada llamada telefónica, cada mensaje, cada contacto se convertía en una posible sentencia de muerte.
Escobar lo sabía.

Aun así, no pudo cortar el vínculo más peligroso de todos: el contacto con su familia.
Su obsesión por hablar con su esposa y sus hijos terminó siendo su mayor debilidad.
En esos últimos días, Pablo ya no era el capo desafiante que ofrecía recompensas por policías muertos ni el hombre que se enfrentaba abiertamente al Estado.
Era una sombra que se desplazaba con ropa común, barba descuidada y mirada cansada.
Había perdido aliados clave, otros habían sido capturados o eliminados, y algunos simplemente desaparecieron para salvarse.
El imperio del cartel de Medellín se desmoronaba desde dentro.
Quienes estuvieron cerca de él en ese periodo relataron que hablaba con frecuencia de la muerte.
No como una amenaza, sino como una posibilidad cada vez más cercana.
Repetía que no se entregaría jamás, que prefería morir antes que volver a una cárcel.
Esa frase, que durante años sonó como un desafío, en sus últimos días parecía más una resignación.
Escobar sabía que ya no controlaba el tablero.
El 1 de diciembre de 1993, un día después de cumplir 44 años, cometió el error final.
Permaneció demasiado tiempo en una casa del barrio Los Olivos, en Medellín, mientras hablaba por teléfono.
Esa llamada fue rastreada.
En cuestión de minutos, las fuerzas de seguridad rodearon la zona.
Los disparos rompieron el silencio de la tarde.
El mito estaba acorralado.
Pablo intentó huir por los techos, como lo había hecho otras veces.
Pero ya no tenía la agilidad ni la suerte de antes.
El intercambio de disparos fue breve e intenso.
Cuando todo terminó, el hombre que había desafiado al Estado colombiano durante más de una década y había puesto al país de rodillas yacía sin vida sobre un tejado.
Así, sin discursos ni testigos de poder, terminó la vida del narcotraficante más famoso del mundo.
La imagen de su cuerpo recorrió el planeta.
Para algunos fue justicia; para otros, el cierre de una era sangrienta.
Pero más allá de las opiniones, sus últimos días revelaron una verdad incómoda: el poder basado en el terror siempre cobra su precio.
Escobar murió solo, traicionado por el tiempo, por sus errores y por un sistema que, tarde o temprano, terminó alcanzándolo.
Hoy, décadas después, su historia sigue generando debate, series, libros y controversia.
Sin embargo, detrás del personaje exagerado por la cultura popular, los últimos días de Pablo Escobar Gaviria muestran a un hombre derrotado, perseguido y consciente de que el final estaba escrito.
No murió como rey, ni como leyenda.
Murió como un fugitivo más, atrapado por la realidad que él mismo construyó.