“No me asusta la muerte, me asusta no estar a la altura”: la confesión de Joaquín Sabina que conmociona a sus fans
A sus 75 años, Joaquín Sabina ha decidido hacer algo que muy pocos esperaban: romper un silencio que durante años se volvió más elocuente que cualquier canción.
No fue un anuncio preparado para titulares fáciles ni una confesión ligera.
Fue, según quienes estuvieron cerca, una necesidad vital.
Una urgencia nacida del paso del tiempo, del peso de la memoria y de la certeza de que hay verdades que ya no pueden seguir escondidas entre metáforas.
Durante décadas, Sabina construyó su leyenda con versos cargados de ironía, noches interminables, excesos convertidos en poesía y una honestidad brutal disfrazada de sarcasmo.
Sin embargo, detrás del personaje público —el del bombín, la voz rota y la sonrisa canalla— existía un hombre que había aprendido a callar más de lo que la gente imaginaba.
Ese silencio no era cobardía, sino supervivencia.
Hoy, a los 75, el artista ha reconocido que ya no necesita protegerse como antes.
La revelación llegó de forma serena, casi íntima, pero su impacto fue devastador.
Sabina habló del miedo.
Del miedo real, no del poético.
Miedo a no volver a escribir una canción que estuviera a la altura de su propia historia.
Miedo a subir al escenario y sentir que la voz ya no responde.
Miedo a decepcionar a un público que lo ha acompañado durante más de medio siglo.
“No me asusta la muerte”, confesó, “me asusta no estar a la altura de lo que fui”.

Sus palabras atravesaron a varias generaciones.
Para muchos, Sabina siempre fue sinónimo de resistencia, de rebeldía eterna, de un tipo que parecía inmune al paso del tiempo.
Pero él mismo se encargó de romper ese mito.
Reconoció que el cuerpo pasa factura, que los excesos no salen gratis y que hay días en los que levantarse de la cama ya es una pequeña victoria.
No lo dijo con autocompasión, sino con una honestidad que desarmó incluso a los más escépticos.
También habló de las caídas.
De aquellas que no salieron en los periódicos.
De noches en las que el aplauso no servía para tapar el vacío.
De amistades perdidas, de amores que no supo cuidar y de decisiones que, vistas con los años, duelen más que cualquier crítica.
Sabina admitió que durante mucho tiempo confundió libertad con huida, y éxito con anestesia emocional.
“Uno cree que puede con todo, hasta que el cuerpo y el alma te ponen un límite”, dijo.
El momento más conmovedor llegó cuando se refirió a la música.
Aseguró que escribir canciones fue, durante años, su forma de pedir ayuda sin saberlo.
Cada verso cargado de ironía escondía una grieta.
Cada rima ingeniosa era un intento de no mirarse demasiado al espejo.
Hoy, afirma, escribe menos, pero siente más.
Y aunque ya no persigue la perfección ni los grandes himnos generacionales, valora cada palabra como si fuera la última.
El mundo del espectáculo reaccionó de inmediato.
Artistas, escritores y músicos de distintas generaciones reconocieron en sus palabras una verdad incómoda: el éxito no protege del desgaste emocional.
Las redes se llenaron de mensajes de admiración y agradecimiento.
No por una nueva canción, sino por la valentía de mostrarse vulnerable en una industria que suele castigar cualquier signo de fragilidad.
Sabina también se refirió al final, aunque sin dramatismos.
No habló de retirada definitiva, pero sí de despedidas conscientes.
De la importancia de saber cuándo decir basta sin que eso signifique rendirse.
“No quiero desaparecer de golpe”, confesó.
“Prefiero irme despacio, como se apagan las luces de un bar al amanecer”.
Esa frase, fiel a su estilo, se convirtió de inmediato en una de las más citadas.
Para sus seguidores, esta confesión no disminuye su leyenda; la engrandece.
Porque humaniza a un ícono que muchos creían indestructible.
Porque demuestra que incluso los poetas más afilados cargan dudas, cansancio y cicatrices invisibles.
Y porque recuerda que el verdadero coraje no siempre está en desafiar al mundo, sino en atreverse a decir la verdad cuando ya no queda nada que demostrar.
A los 75 años, Joaquín Sabina no ofreció un escándalo ni una polémica vacía.
Ofreció algo mucho más raro y valioso: sinceridad.
Y en un mundo saturado de ruido, esa confesión silenciosa terminó sacudiendo conciencias, dejando claro que incluso las voces más legendarias también necesitan, alguna vez, ser escuchadas.