Capturado, humillado y ejecutado: la verdad silenciada sobre la muerte del Che
Durante décadas, la historia oficial construyó un mito limpio, heroico y casi sagrado alrededor de Che Guevara.

El guerrillero romántico, el mártir instantáneo, el hombre que murió sin miedo y sin dolor.
Pero lo que ocurrió en realidad durante sus últimas 24 horas de vida fue muy distinto.
Fue un calvario físico y psicológico que el mundo nunca conoció en su totalidad.
Un episodio tan incómodo que convenía enterrarlo bajo consignas, camisetas y consignas revolucionarias.
El 8 de octubre de 1967, en la quebrada del Yuro, Bolivia, el Che fue capturado vivo.
Herido, exhausto, con el fusil inutilizado y rodeado por soldados que sabían exactamente a quién tenían delante.

No cayó como un símbolo; cayó como un hombre derrotado por el hambre, el aislamiento y la traición logística.
Desde ese momento comenzó una cuenta regresiva marcada por humillación, dolor y un silencio forzado que duraría hasta su ejecución.
Lo trasladaron a la escuelita de La Higuera, un edificio precario que se convertiría en su celda, su sala de interrogatorios y su antesala de la muerte.
Atado, con las manos inmovilizadas, sangrando por las heridas de combate y sin atención médica adecuada, el Che pasó horas interminables entre fiebre, sed y una certeza creciente: no saldría vivo de allí.
Nadie vino a rescatarlo.
Nadie negoció por él.
Los interrogatorios fueron constantes.
No siempre violentos en el sentido tradicional, pero profundamente crueles.
Golpes, empujones, privación del sueño, insultos y amenazas se mezclaron con preguntas diseñadas para quebrarlo.

Querían nombres, rutas, contactos internacionales.
Querían destruir no solo al hombre, sino al símbolo.
Cada respuesta suya era evaluada no por su valor informativo, sino por su carga propagandística.
Testimonios posteriores de soldados bolivianos revelaron que el Che fue exhibido como un trofeo viviente.
Oficiales entraban a mirarlo, a provocarlo, a medir su reacción.
Algunos esperaban ver arrogancia.
Otros querían miedo.
Encontraron algo más inquietante: resignación lúcida.
Guevara entendió rápidamente que había perdido la partida.
Y esa lucidez, lejos de salvarlo, selló su destino.
La tortura más brutal no fue física.
Fue psicológica.
Saber que sería ejecutado sin juicio.
Escuchar cómo se discutía su muerte a pocos metros.
Percibir el miedo en los soldados jóvenes encargados de vigilarlo.
Sentir el paso lento del tiempo, minuto a minuto, sin poder dormir, sin poder moverse, sin poder defenderse.
En esas horas, el mito se desmoronó y quedó el hombre enfrentado a su final.
Al día siguiente, la orden llegó desde arriba.
La ejecución debía parecer un combate.
No un fusilamiento.
Había que controlar el relato.
El mundo no debía ver a un revolucionario capturado y eliminado como prisionero.
El mensaje tenía que ser claro: había muerto luchando.
Por eso eligieron dispararle varias veces, simular heridas de combate y preparar el cuerpo para una exhibición cuidadosamente calculada.
Cuando el sargento Mario Terán entró al aula, el Che ya sabía lo que iba a ocurrir.
No gritó consignas épicas.
No lanzó discursos históricos.
Según testigos, dijo pocas palabras.
Humanas.
Cansadas.
Su muerte fue rápida, pero el sufrimiento que la precedió fue prolongado y deliberado.
Nada tuvo de glorioso.
El cuerpo fue trasladado a Vallegrande y expuesto ante periodistas y militares.
Las fotos dieron la vuelta al mundo.
Para algunos, parecía un Cristo moderno.
Para otros, una advertencia.
Lo que nadie vio fueron las horas previas: la sed, el miedo contenido, la derrota íntima.
Esa parte de la historia no encajaba con ningún bando.
Ni con quienes lo idolatraban, ni con quienes querían borrarlo.
Durante años, Cuba y sus aliados construyeron una narrativa heroica.
Hablaron del Che como símbolo eterno, pero evitaron profundizar en sus errores estratégicos, en su aislamiento político y en la forma real en que murió.
Reconocer ese calvario era admitir que la revolución también producía fracasos, abandonos y sacrificios inútiles.
Las últimas 24 horas del Che Guevara no fueron una epopeya.
Fueron una advertencia.
Una lección brutal sobre lo que ocurre cuando la ideología se enfrenta a la realidad sin apoyo, sin pueblo y sin salida.
El mito sobrevivió porque convenía.
Pero la verdad, incómoda y humana, fue ocultada deliberadamente.
Hoy, más de medio siglo después, ese silencio comienza a resquebrajarse.
No para glorificarlo ni para demonizarlo, sino para entenderlo.
Porque detrás del rostro estampado en millones de camisetas hubo un hombre que murió solo, derrotado y consciente.
Y ese es el calvario secreto que durante demasiado tiempo se le negó al mundo conocer.