El último día del Che: la decisión política que selló su destino en Bolivia
El 9 de octubre de 1967, en una pequeña escuela rural de La Higuera, Bolivia, Ernesto “Che” Guevara fue ejecutado tras haber sido capturado el día anterior por el ejército boliviano.

La imagen de su cuerpo sin vida dio la vuelta al mundo y lo convirtió en mito instantáneo.
Pero más allá de la fotografía que inmortalizó su final, hay una cadena de decisiones políticas, presiones internacionales y cálculos estratégicos que explican cómo y por qué terminó así.
El Che había llegado a Bolivia meses antes con la intención de iniciar un foco guerrillero que expandiera la revolución socialista en América Latina.
Tras su experiencia en Cuba y su participación en el gobierno revolucionario, había abandonado cargos oficiales para impulsar movimientos insurgentes en otros países.
Su proyecto boliviano, sin embargo, enfrentó dificultades desde el inicio: escaso apoyo local, problemas logísticos y una red de inteligencia cada vez más efectiva en su contra.

El ejército boliviano, asesorado y entrenado por fuerzas estadounidenses en el contexto de la Guerra Fría, intensificó la persecución.
En octubre de 1967, el grupo guerrillero fue rodeado en la Quebrada del Yuro.
Herido y sin posibilidades de escapar, el Che fue capturado vivo el 8 de octubre.
Aquí es donde comienza el punto más debatido de la historia: ¿quién tomó la decisión final de ejecutarlo? Según documentos históricos y testimonios posteriores, el entonces presidente de Bolivia, René Barrientos, ordenó su ejecución tras consultas con altos mandos militares.
La decisión no fue improvisada; respondió a un cálculo político preciso.
En plena Guerra Fría, permitir que el Che fuera juzgado públicamente implicaba riesgos.
Un juicio podría haberse convertido en una tribuna internacional desde la cual denunciara a Estados Unidos y reforzara su figura revolucionaria.
Mantenerlo vivo significaba abrir un proceso judicial que atraerían medios internacionales y simpatizantes.
Su ejecución rápida, en cambio, evitaba ese escenario.
El 9 de octubre, el suboficial Mario Terán recibió la orden de disparar.
Según versiones oficiales, se intentó simular que el Che había muerto en combate, pero la narrativa fue rápidamente cuestionada.
Las fotografías del cuerpo exhibido en Vallegrande buscaban demostrar que el líder guerrillero estaba muerto, pero también contribuyeron a consolidar su imagen casi mesiánica.
Durante décadas, se habló de traición interna, de delaciones y de errores estratégicos dentro de la guerrilla.
Algunos historiadores sostienen que la falta de apoyo campesino fue determinante.
Otros apuntan a que la red de inteligencia boliviana, con respaldo estadounidense, logró infiltrarse y rastrear los movimientos del grupo con eficacia.
Lo cierto es que la muerte del Che no fue un accidente de combate, sino el resultado de una decisión política deliberada.

Bolivia enfrentaba presión internacional y buscaba evitar que su territorio se convirtiera en símbolo permanente de insurgencia.
Estados Unidos, por su parte, veía en el Che una figura capaz de reactivar focos revolucionarios en la región.
La ejecución generó reacciones inmediatas en América Latina y Europa.
Para sus seguidores, el Che se convirtió en mártir.
Para sus detractores, fue el fin de una amenaza insurgente.
La polarización fue instantánea.
Con el paso de los años, documentos desclasificados y testimonios de militares bolivianos confirmaron que la orden de ejecución provino de las más altas esferas del poder boliviano.
No fue una decisión tomada en el campo de batalla, sino una determinación estratégica para evitar repercusiones mayores.
La figura del Che trascendió su muerte.
Su imagen, capturada por el fotógrafo Alberto Korda años antes en La Habana, se transformó en uno de los íconos más reproducidos del siglo XX.
Paradójicamente, la decisión de ejecutarlo sin juicio contribuyó a amplificar su mito.
En 1997, sus restos fueron localizados en Bolivia y trasladados a Cuba, donde recibieron honores oficiales.
El hallazgo reavivó el debate sobre su legado y sobre las circunstancias exactas de su muerte.
Más de medio siglo después, la pregunta no es solo cómo murió, sino qué representó esa decisión.
Fue un acto político en el contexto de una confrontación global entre ideologías.
Fue también el cierre violento de un proyecto revolucionario que intentó replicar la experiencia cubana en otros países.
No hay evidencia histórica que respalde teorías de conspiraciones secretas adicionales más allá de las decisiones documentadas de las autoridades bolivianas.
Sin embargo, el secretismo inicial y la rapidez de la ejecución alimentaron especulaciones durante años.
La muerte del Che fue el resultado de un momento histórico específico, marcado por tensiones geopolíticas extremas.
Su ejecución evitó un juicio mediático, pero no impidió que su figura creciera en la memoria colectiva.
La decisión política que lo entregó al pelotón de fusilamiento fue clara: impedir que su voz resonara desde un tribunal internacional.
El cálculo buscaba cerrar un capítulo insurgente; en cambio, abrió uno simbólico que aún genera debate.
El Che murió en una escuela rural boliviana, pero su imagen sobrevivió al disparo.
Y esa permanencia simbólica demuestra que, en ocasiones, las decisiones políticas inmediatas tienen consecuencias históricas inesperadas.