Tres Décadas Después: La Controvertida Revelación de Colmenares Lupión
Hace más de 30 años un crimen estremeció a Venezuela y se convirtió en uno de los casos más polémicos y debatidos de la crónica criminal del país.
La muerte de Marisol Da Silva —una joven de 22 años que fue asesinada en el cerro El Ávila mientras realizaba ejercicio un 9 de febrero de 1993— marcó no solo a su familia y amigos, sino a toda una sociedad que vio en este caso una mezcla de horror, misterio y controversia.
Tres décadas después, Víctor Colmenares Lupión, el hombre condenado por aquel crimen, rompió el silencio en un episodio especial que volvió a poner sobre la mesa una pregunta que muchos siguen haciéndose: ¿culpable o inocente?
La historia comenzó esa mañana en que Marisol salió de su casa en La Florida para hacer su rutina habitual de ejercicio en El Ávila.
Nunca regresó.
Su ausencia pronto desencadenó una batalla angustiosa entre familiares y autoridades, que tardaron en aceptar que algo trágico había ocurrido.
Días después, un guardabosques encontró su cadáver —con señales de violencia extrema y evidente ataque sexual— envuelto en un manto de preguntas sin respuesta inmediatas.
En medio de ese marco de shock y conmoción, la investigación policial se centró en un sospechoso que emergió con rapidez como el principal objetivo: Víctor Colmenares Lupión, un hombre de conducta inusual y antecedentes que comenzaron a llamar la atención de los investigadores.
Colmenares fue arrestado días más tarde y, durante las diligencias, enfrentó evidencias que lo vincularon directamente con el crimen, incluidas pertenencias de Marisol encontradas en su poder y testimonios que apuntaban a su implicación.
Finalmente, en 1995 fue condenado por violación y homicidio y sentenciado a 30 años de prisión, la pena máxima en Venezuela.
Para muchos, esa condena cerró el capítulo legal del caso, pero no así el debate público.
Desde entonces, la figura de Colmenares ha sido retratada de muy diversas maneras en la opinión pública: algunos lo ven como símbolo de perversión criminal, el “monstruo del Ávila” cuya violencia fue incuestionable; otros han sugerido que su perfil, las circunstancias de la investigación y ciertos aspectos judiciales podrían haber generado dudas sobre su culpabilidad real.
Más de tres décadas después, en un programa especial disponible recientemente en plataformas digitales, Colmenares Lupión rompió el silencio que había mantenido todo ese tiempo.
Su testimonio, promovido por medios como los del periodista Luis Olavarrieta, reabrió el debate al permitir que el condenado se expresara directamente sobre cómo vivió ser señalado, investigado, detenido y finalmente juzgado en uno de los juicios más recordados del país.
En su entrevista, Colmenares relató que durante años sintió el peso social de un estigma que no solo lo etiquetó como culpable en vida, sino que marcó su identidad incluso tras ingresar a prisión.
Su versión, de tono reflexivo y en ocasiones acusatorio contra aspectos del proceso, ha generado reacciones intensas: hay quienes consideran que cualquier declaración pública de un condenado por un crimen tan atroz no puede verse como perdón o lavado de conciencias, y quienes, por el contrario, señalan que escuchar la voz de Lupión ayuda a reflexionar sobre la justicia, los prejuicios y la posibilidad de errores judiciales.
El caso de Marisol Da Silva, sin embargo, no es solo una cuestión de culpabilidad individual.
Desde el momento en que se descubrió su cadáver, con signos de violencia extrema —incluido estrangulamiento y heridas infligidas con arma blanca—, el dolor y la indignación se mezclaron con un ánimo de justicia que nunca se disolvió.
Para muchos, la condena de Colmenares pareció una respuesta clara del sistema judicial; para otros, el hombre que padeció celos sociales y una imagen de “sospechoso natural” dentro de la comunidad fue señalado en un contexto de presión pública y expectación mediática.
La discusión que hoy gira en torno a este relato tiene muchas aristas: la memoria colectiva, el derecho a la defensa, el peso de la condena mediática y la posibilidad —por remota que sea— de que un fallo o una versión judicial pueda quedar cuestionada a la luz de nuevos testimonios.
Para una parte de la sociedad venezolana, escuchar a Lupión no reivindica ninguna versión, pero sí obliga a enfrentar de nuevo un suceso que marcó una generación y que, en muchos sentidos, nunca dejó de doler.
Los familiares de Marisol, por su parte, han mantenido silencio respecto al reciente episodio, centrados en su recuerdo de ella como una hija, hermana y amiga que fue arrancada de la vida en las condiciones más crueles.
La figura de Marisol no se reduce a estadísticas o titulares: representa un nombre y una historia truncada que aún resuena en el imaginario colectivo venezolano.
Tres décadas después, el caso continúa levantando pasiones, reflexiones y debates que van más allá del veredicto original.
¿Fue Colmenares Lupión un homicida culpable tal como se dictaminó? ¿O existe algo más profundo que aún no ha sido completamente esclarecido? Quizás nunca se llegue a un consenso absoluto, pero lo cierto es que la voz de un hombre condenado, que ahora habla con años de distancia, obliga a Venezuela a mirar de nuevo una herida que nunca cerró del todo.