🔫 “‘Me ordenaron matarlo’: El sicario que mató a Camilo Ochoa finalmente cuenta la escalofriante verdad 😱💣”

“‘No Tenía Elección’: La Aterradora Verdad Detrás de la Ejecución de Camilo Ochoa—Revelada por Su Asesino”

Pasaba apenas la medianoche cuando Camilo Ochoa murió.

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La calle estaba en silencio, escondida en un rincón olvidado de Medellín—sin cámaras, sin policía, sin gritos.

Solo el seco chasquido de una pistola con silenciador.

Un disparo al pecho.

Otro a la cabeza. Limpio. Profesional. Frío.

Durante años, el caso fue tratado como otro asesinato político—otra víctima más en el interminable enredo de narco-terror, traición paramilitar y corrupción en los servicios de inteligencia en Colombia.

Su nombre, para muchos, se volvió apenas una nota al pie en un archivo sangriento.

Pero para un hombre, nunca fue solo un nombre.

Porque él fue quien apretó el gatillo.

Y ahora—años después, en una sala de entrevistas débilmente iluminada en algún lugar a las afueras de Bogotá—ese hombre está listo para hablar.

Me obligaron a matar a Camilo Ochoa,” dice, encendiendo un cigarrillo con una mano que apenas tiembla.

“No quería hacerlo. Lo conocía. Pero no tenía opción.”

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Su nombre ha sido cambiado.

Su rostro, difuminado.

Por razones legales—y por su propia supervivencia—permanece anónimo.

Pero lo que está a punto de revelar no es ficción.

Es una confesión.

Y comienza mucho antes de aquella última noche.

Camilo Ochoa no era un santo.

Era inteligente, ambicioso y peligrosamente persuasivo.

Un exestudiante radical convertido en operador político, Ochoa era el tipo de hombre capaz de hablar con guerrilleros un día y con comandantes militares al siguiente.

Se movía en las sombras, negociaba secretos y acumulaba enemigos poderosos.

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Pero según el sicario, eso no fue lo que lo condenó.

Camilo sabía demasiado,” afirma.

“Y peor aún, estaba a punto de contarlo.”

Todo comenzó, dice, cuando Ochoa descubrió un acuerdo encubierto entre una multinacional energética y un grupo paramilitar.

El trato, según documentos filtrados que el sicario asegura haber visto, incluía desplazamientos de comunidades, operaciones de bandera falsa y políticos comprados tanto de izquierda como de derecha.

Tenía pruebas. Pruebas reales. Nombres. Fechas. Lugares.
Iba a entregarlas a un periodista en Bogotá.

Pero alguien se enteró.

Y entonces llegó la llamada.

“Me dijeron que era un trabajo.

Pero no era solo negocio.

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Era un mensaje.

Querían que desapareciera, y lo querían en silencio.”

El sicario describe un mundo que pocos forasteros pueden comprender—un mundo de teléfonos encriptados, pagos en paraísos fiscales y cadenas de mando que jamás dejan huellas.

Le dieron la dirección de Camilo.

Sus rutinas.

Sus debilidades.

“Sabían que caminaba solo.

Sabían que confiaba en mí.

Porque aquí está la parte que nadie esperaba:

Camilo Ochoa y su asesino alguna vez fueron amigos.

“Entrenamos juntos,” dice el sicario.

“En un campamento en Antioquia.

Éramos jóvenes.

Éramos rabiosos.

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Pensábamos que luchábamos por algo real.”

Pero el tiempo los cambió.

Camilo entró en la política.

El sicario permaneció en las sombras.

“Yo me convertí en herramienta.

Él intentó convertirse en voz.”

Aquella noche, cuando llegó la orden, el sicario dudó.

Intentó resistirse.

Ofreció alternativas.

“Me dijeron: Lo haces tú, o mandamos a alguien por los dos.

Así que hizo la llamada.

Le dijo que necesitaban verse.

Que era urgente.

Que tenía una filtración para compartir.

“Él apareció. Sin dudar. Sin escolta. Solo confianza.”

El sicario no describe el asesinato con detalle.

Pero cuando se le pregunta cuáles fueron las últimas palabras de Camilo, su rostro se ensombrece.

“Me miró a los ojos.

Ni siquiera levantó las manos.

Solo dijo: ‘Así que eres tú.’

Después, silencio.

El sicario dejó el cuerpo donde cayó.

Se subió a una moto y desapareció en la noche.

Pero no lo olvidó.

Pasaron los años.

Los trabajos continuaron.

Los nombres cambiaron.

Pero el recuerdo de ese momento—esas tres palabras—lo persiguió como un fantasma.

“Así que eres tú.”

Hoy, más viejo y acosado por su propio pasado, dice que habla por una sola razón.

“Porque están reescribiendo la historia,” afirma con amargura.

“Lo llaman traidor.

Terrorista.

Dicen que trabajaba para los carteles.

Es mentira.

Él intentaba exponer a los que de verdad manejan este país.”

Aporta documentos—fuertemente censurados—que muestran transferencias financieras vinculadas a la empresa energética que Camilo investigaba.

Menciona políticos de rango medio que aún están en el poder.

Nombra periodistas a los que se les advirtió que dejaran la historia.

Y da un nombre más.

El del hombre que dio la orden.

No podemos publicarlo.

Todavía.

Pero lo que sí podemos decir es esto: sigue en el poder. Y está más protegido que nunca.

Al terminar la entrevista, el sicario apaga el cigarrillo y se levanta.

“Lo maté para salvarme.

Pero esa noche maté algo más también.

La parte de mí que aún creía en una causa.”Le preguntamos si tiene miedo.Él ríe.“Siempre.

Pero ya no importa.Porque la verdad está afuera.

Y a eso no lo pueden matar.”

Durante años, el asesinato de Camilo Ochoa fue archivado como otra baja política.

Pero ahora, la verdadera historia comienza a salir a la luz.

No del gobierno.No de la prensa.

Sino del hombre que apretó el gatillo.

Y del silencio que lo siguió.

 

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