De la tarima al silencio: el crimen que apagó a un ícono del sonidero en Puebla
La madrugada se tiñó de luto en la escena sonidera.

El cuerpo sin vida de Medio Metro de El Alto fue hallado en Puebla, desatando conmoción inmediata entre seguidores, colegas y promotores de un movimiento cultural que vive de la fiesta, el barrio y la identidad popular.
La noticia corrió como pólvora: el personaje que convirtió su estilo único en fenómeno viral había sido asesinado.
Y con él, se apagó una de las figuras más reconocibles del sonidero contemporáneo.
Las primeras versiones apuntan a que el hallazgo ocurrió en una zona urbana donde vecinos alertaron a las autoridades tras escuchar ruidos y movimientos extraños.
Al llegar, los agentes confirmaron lo peor.
El cuerpo presentaba signos de violencia y el área fue acordonada mientras peritos iniciaban las diligencias.
El silencio posterior fue ensordecedor.
En cuestión de horas, las redes sociales estallaron con mensajes de incredulidad, dolor y rabia.
Nadie quería creerlo.
“Medio Metro” no era solo un apodo.
Era un símbolo.
Su forma de bailar, su presencia en tarimas improvisadas y su vínculo con el público lo convirtieron en un rostro inseparable de las noches sonideras.
Donde sonaba la música, ahí estaba él, marcando el ritmo, desafiando las normas del espectáculo tradicional y recordando que el sonidero es, ante todo, comunidad.
Por eso su muerte golpea doble: por la pérdida humana y por el vacío cultural que deja.
Con el avance de las horas, comenzaron a circular hipótesis.
Algunas hablan de un ataque directo; otras, de un posible conflicto previo.
Hasta el momento, las autoridades no han confirmado móviles ni responsables, pero sí aseguraron que la investigación está en curso y que se revisan cámaras, testimonios y antecedentes recientes.

El hermetismo oficial contrasta con la avalancha de especulaciones en línea, donde cada fragmento de información es analizado al milímetro.
Quienes lo conocieron de cerca describen a “Medio Metro” como alguien cercano, humilde y profundamente comprometido con su gente.
“No era solo bailar; era representar”, dicen.
En un entorno muchas veces estigmatizado, él convirtió la visibilidad en orgullo.
Subía a la tarima sin filtros, sin poses, con la convicción de que el barrio también merece escenario.
Ese carisma lo volvió querido… y, según algunos, también vulnerable.
La escena sonidera reaccionó de inmediato.
Sonideros, DJs y promotores anunciaron homenajes, minutos de silencio y dedicatorias.
En Puebla y otros estados, se escucharon consignas pidiendo justicia.
“Que no quede impune”, repiten los mensajes.
La pregunta se repite con insistencia: ¿cómo y por qué ocurrió? Y, sobre todo, ¿quién responde por una vida arrancada en plena madurez artística?
Este crimen reabre una conversación incómoda sobre la seguridad de los artistas populares y la violencia que rodea a espacios culturales de base comunitaria.
No son celebridades blindadas por grandes equipos; son figuras del pueblo, expuestas, cercanas, que se mueven entre escenarios informales y audiencias masivas.
La protección es mínima.
El riesgo, constante.
Mientras la investigación avanza, el duelo crece.
Videos antiguos de “Medio Metro” reaparecen como recuerdos vivos: pasos imposibles, sonrisas cómplices, aplausos que hoy suenan lejanos.
Para muchos jóvenes, él fue la prueba de que se puede trascender sin renunciar a las raíces.
Para el movimiento, una chispa que encendía cada fiesta.
La violencia volvió a cobrar una vida que no debía apagarse así.
Y la exigencia es clara: verdad y justicia.
Porque el sonidero no olvida.
Porque Puebla no olvida.
Porque la cultura popular merece respuestas.