Marina siempre decía que no tenía tiempo para el amor.
Tenía 26 años, trabajaba como camarera en un restaurante que nunca dormía y vivía contando monedas para que el alquiler no la aplastara.

Su vida era una carrera constante entre mesas llenas, clientes impacientes y turnos dobles que la dejaban con los pies ardiendo.
Pero esa noche, después de cerrar, con el uniforme oliendo a café y fritura, aceptó algo que llevaba semanas posponiendo: una cita.
Había hablado con él durante días. Se llamaba Adrián.
Fotos normales, sonrisa tranquila, comentarios educados.
Nada fuera de lugar. Él insistía en que la pasaría a buscar porque “una dama no debería ir sola de noche”. Marina dudó.
Su intuición, esa vocecita pequeña que a veces susurraba cosas incómodas, le dijo que no.
Pero estaba cansada de desconfiar de todo. Cansada de estar sola. Así que dijo que sí.
El coche llegó a las 11:17 p.m. Negro, reluciente, demasiado elegante para el barrio donde vivía. Adrián bajó, abrió la puerta y sonrió exactamente como en las fotos. Quizá un poco más rígido.
—Estás más linda que en persona —dijo.
Marina sonrió con educación. Algo en su forma de mirarla le produjo un leve escalofrío, pero lo ignoró. Se dijo que eran nervios. Subió.
Al principio, todo parecía normal. Música suave, conversación ligera. Él hablaba mucho de sí mismo. Demasiado.
De su dinero, de sus viajes, de lo “difícil” que era encontrar mujeres “de calidad”. Marina escuchaba, asentía, miraba por la ventana.
Entonces notó algo.
La ruta.
—¿No íbamos al centro? —preguntó.
—Conozco un lugar mejor. Más privado.
Privado.
La palabra cayó pesada en su pecho.
—Preferiría un sitio con gente —dijo, tratando de sonar casual.
Él sonrió, pero sus manos apretaron el volante.
—Confía en mí.
La velocidad aumentó.
Marina miró el tablero. 70 mph… 80… 90.
—Vas muy rápido.
—Me gusta manejar así.
La ciudad desapareció detrás. Farolas menos frecuentes. Carretera oscura. Sin edificios. Sin personas.
Su estómago se cerró.
Sacó su teléfono. Sin señal.
—Oye, de verdad prefiero volver —dijo ahora, con voz más firme.
El silencio se hizo espeso.
—Siempre hacen lo mismo —murmuró él.
—¿Qué cosa?
—Fingir que confían… y luego actuar como si yo fuera un monstruo.
Marina sintió que el aire se volvía pesado.
—No estoy diciendo eso.
—Pero lo piensas.
La velocidad subió un poco más.
Sus manos sudaban. Su mente empezó a moverse rápido. Recordó historias. Noticias. Mujeres que desaparecían después de citas. Nadie sospechaba nada al principio.
—Baja la velocidad, por favor —dijo.
—Relájate.
Intentó abrir la puerta.
Bloqueada.
Su corazón golpeaba tan fuerte que le dolía.
—Ábrela.
Él rió. Una risa seca.
—No seas dramática.
Y entonces lo supo.
No era nervios. No era imaginación. Era peligro real.
Miró la carretera. Oscura. Vacía. Pero no podía quedarse.
Pensó en su madre. En su hermana menor. En el restaurante. En su vida normal y agotadora que, de pronto, se volvió preciosa.
Vivir o esperar.
Esperar significaba perder el control.
Vivir significaba saltar.
Miró la manija otra vez. Jaló con fuerza.
Esta vez se abrió.
El viento rugió dentro del coche.
—¡¿Qué haces?! —gritó él.
90 millas por hora.
El asfalto pasaba como una cinta negra interminable.
El miedo gritaba que no. Que era una locura. Que podía morir.
Pero otra voz, más profunda, más primitiva, decía: ahora.
Se lanzó.
El mundo se volvió ruido, golpes, oscuridad y luz. Rodó. Sintió fuego en la piel. Un golpe en la cabeza. El aire se le fue de los pulmones.
Y luego… silencio.
Estaba viva.
Dolor. En todas partes. Su brazo ardía. Sus rodillas raspadas. Sangre en la frente. Pero respiraba.
El coche no se detuvo.
Siguió.
Se fue.
Ella quedó tirada en la carretera, bajo un cielo sin estrellas.
Intentó levantarse. Cayó. Lo volvió a intentar. Caminó tambaleándose hacia la cuneta. Cada paso era una explosión de dolor.
No sabía cuánto tiempo pasó hasta ver luces. Un camión. Levantó el brazo.
Se desplomó.
Despertó en un hospital.
Luz blanca. Pitidos. Una enfermera.
—Estás a salvo.
Marina empezó a llorar sin hacer ruido. Lágrimas silenciosas que parecían salir de un lugar muy hondo.
Después vinieron las preguntas. La policía. Los recuerdos fragmentados. El nombre falso. Las fotos que no coincidían. La cuenta desaparecida.
Nadie volvió a ver ese coche.
Pero ella seguía aquí.
Semanas después, aún despertaba con el sonido del viento en los oídos. A veces sentía que caía otra vez. Pero también sentía algo nuevo.
Fuerza.
Había mirado a la muerte de frente y había elegido saltar.
Un día volvió al restaurante. Caminó más lento. Sonrió más. Abrazó a su hermana más fuerte.
Y cuando alguien le preguntó qué pasó realmente esa noche, solo dijo:
—Escuché a mi instinto… justo a tiempo.
Porque la verdad era simple y brutal.
No todas las historias de amor empiezan con mariposas.
Algunas empiezan con una puerta abierta, una carretera oscura… y una decisión que separa la vida de la nada.