Risa prohibida: la guerra secreta contra La Tremenda Corte en Cuba
Durante años, millones de cubanos rieron con Tres Patines, el pícaro incorregible que siempre encontraba la forma de burlar al sistema con palabras, trampas lingüísticas y una lógica absurda que dejaba en ridículo a jueces, policías y burócratas.

Pero lo que pocos sabían es que ese humor aparentemente inocente despertó una animadversión profunda en el hombre más poderoso de Cuba: Fidel Castro.
No fue un capricho.
Fue una guerra silenciosa contra la risa.
La Tremenda Corte no era solo un programa cómico.
Era un espejo.
Cada juicio absurdo, cada enredo verbal y cada sentencia ridícula mostraban una verdad incómoda: la autoridad puede ser torpe, la ley puede ser arbitraria y el ciudadano común, con ingenio, puede desenmascararla.
En la Cuba de los años 40 y 50, eso era entretenimiento.
En la Cuba revolucionaria, se volvió peligroso.

Tras 1959, el nuevo poder entendió algo esencial: el humor es un arma.
No necesita fusiles ni discursos; basta con una carcajada compartida para debilitar el aura de seriedad del poder.
Tres Patines representaba exactamente eso: el irreverente que no respeta solemnidades, que no teme al juez ni al policía, que sobrevive burlando reglas confusas.
En un sistema que exigía obediencia total y reverencia ideológica, ese mensaje era dinamita.
La animadversión no se expresó con decretos ruidosos.
Fue más sutil y efectiva.
La Tremenda Corte empezó a desaparecer de la programación.
Las reposiciones se volvieron raras.
Luego, inexistentes.
Los archivos quedaron guardados.
Las menciones se borraron.
No se prohibió oficialmente; se silenció.
El método favorito del poder cuando algo no conviene: hacer como si nunca hubiera existido.
¿Por qué tanto miedo a un personaje de ficción? Porque Tres Patines enseñaba a pensar fuera del libreto.
Su humor no atacaba a un líder concreto; atacaba la lógica del autoritarismo.
En cada episodio, el juez —figura de autoridad— quedaba confundido; el policía, burlado; la ley, reducida a un juego de palabras.
Para un régimen que quería construir respeto incuestionable hacia el Estado, aquello era una lección contraria.
Además, La Tremenda Corte era transversal.
La entendía el obrero, el estudiante, el campesino.
No necesitaba ideología.
No pedía permiso.
Se colaba en las casas y unía a la familia en la risa.
Ese tipo de cultura popular no controlada resultaba intolerable para un proyecto que aspiraba a moldear al “hombre nuevo”.
La risa libre competía con la consigna.
Con el paso de los años, el silencio se volvió política.
Las nuevas generaciones crecieron sin escuchar a Tres Patines en la radio nacional.
Mientras tanto, en el exilio, el programa sobrevivió y floreció.
En Miami, las cintas circularon, se repitieron, se celebraron.
La ironía era brutal: lo que en Cuba se borraba, fuera se convertía en patrimonio cultural.
Cada carcajada en el exilio era una derrota simbólica del intento de censura.
Fidel Castro entendía el poder del relato.
Por eso promovió un humor “permitido”: chistes dirigidos al enemigo externo, bromas controladas, sátiras sin filo contra figuras seguras.
Tres Patines no encajaba ahí.
No señalaba a Washington ni a “el imperialismo”.
Señalaba al absurdo del poder mismo.
Y eso no se tolera.
La historia secreta no es que Fidel “odiara” personalmente a un personaje.
Es que temía lo que representaba.
Temía que la gente aprendiera a reírse del juez antes de temerle.
Temía que el ciudadano entendiera que el lenguaje puede desmontar la autoridad.
Temía que, al final, la risa ganara.
Por eso La Tremenda Corte fue empujada al olvido oficial.
Por eso Tres Patines se convirtió en un fantasma cultural dentro de la isla.
Y por eso, décadas después, cuando los cubanos redescubren esos audios, la risa tiene un sabor distinto: no es solo nostalgia, es reconocimiento.
Reconocimiento de que el humor que sobrevive a la censura es el más peligroso de todos.
Hoy, la pregunta ya no es por qué Fidel Castro odiaba a Tres Patines.
La pregunta es por qué un régimen temió tanto a un personaje que nunca empuñó un arma.
La respuesta es simple y devastadora: porque la risa, cuando es libre, desarma al poder.
Y Tres Patines enseñó a reírse donde el poder exigía silencio.