🧠 “Sí, todavía escucho el disparo”: Salvador Cabañas rompe el silencio a los 45 y deja al mundo en shock 😱⚽
A los 45 años, con las marcas visibles en el rostro y la mirada más firme que nunca, Salvador Cabañas se sentó frente a las cámaras y dijo: “Ya es hora”.
No necesitó más para que el mundo entero contuviera el aliento.
Porque su historia, conocida por todos, siempre tuvo un espacio oscuro del que nadie quiso hablar.
Hasta ahora.
Fue en enero de 2010 cuando su vida se detuvo en un baño de bar, con un disparo en la cabeza que no solo le arrebató una carrera en ascenso, sino que le obligó a reaprender a caminar, a hablar, a vivir.
Pero esta vez no habló del ataque.
Habló de todo lo que vino después, de lo que dolió más que la bala.
“Lo más difícil no fue el disparo.
Fue lo que pasó cuando desperté… y ya no estaba nadie.
Con la voz quebrada, pero sin lágrimas, Salvador confesó que su círculo desapareció, que hubo “gente que se decía familia y me dio la espalda en el hospital”.
Contó cómo su fortuna se desvaneció sin que pudiera hacer nada.
“Me desperté con un hueco en la cabeza y otro en la cuenta bancaria.
” Y lo más devastador: “Me dejaron solo cuando más los necesitaba.
Reveló que muchas personas aprovecharon su estado para quedarse con sus bienes, y que durante años vivió con lo justo.
“Hubo días en los que no comía tres veces.
Yo, el mismo que llenaba estadios… ahora caminaba por la calle y ni me reconocían.
” Lo dijo sin rencor, pero con una tristeza que pesaba en cada palabra.
También habló de su familia, de su madre, de la fuerza que ella le dio para no rendirse.
“Ella me dijo: si Dios te dejó vivir, es por algo.
No te quejes, agradece.
Y lucha.
” Esas palabras se convirtieron en su motor.
Porque después del disparo, Cabañas no quería seguir.
“No entendía por qué yo.No le hacía daño a nadie.Solo quería jugar fútbol.
Contó cómo volvió a entrenar en secreto, cómo se caía al correr cinco pasos, cómo se mareaba al cabecear un balón.
Pero no se rindió.
Volvió a las canchas en partidos simbólicos, sin velocidad, sin potencia… pero con el corazón más fuerte que nunca.
“La gente me aplaudía por lo que fui.
Yo solo quería que me vieran por lo que soy ahora: un sobreviviente.
Durante la entrevista, admitió que sigue escuchando el disparo en su cabeza.
Que hay noches en las que se despierta sobresaltado, creyendo que está otra vez en ese baño.
Que aún lucha con la memoria, con la ansiedad, con el miedo.
Pero también dejó claro algo: “No soy víctima.
Soy testigo de que la vida te puede quitar todo… y aun así, puedes seguir respirando.
Habló también del fútbol moderno.
Dijo que lo ama, pero que le duele ver a jugadores que olvidan de dónde vienen.
“Muchos creen que el dinero y los lujos son eternos.
Yo lo tuve todo.
Y en un segundo, lo perdí.
Ojalá mi historia les sirva para abrir los ojos.
En un momento inesperado, mencionó a José Jorge Balderas, alias “JJ”, el hombre que le disparó.
“No lo odio.No quiero venganza.Pero tampoco lo perdono.
Me quitó mi carrera, mi vida… pero no mi dignidad.
Y eso, no me lo quita nadie.” Fue un instante de tensión emocional.
El aire se volvió denso.
Y el silencio posterior fue más elocuente que cualquier frase.
También rompió su silencio sobre su situación económica actual.
Dijo que vive con humildad, que da charlas motivacionales, que trabaja con jóvenes en formación, y que, aunque no gana millones, se siente en paz.
“Hoy valoro cosas que antes no veía.
Un desayuno con mi madre.
Un paseo tranquilo.
Un niño que me dice: ‘Gracias por no rendirte’.
El momento más conmovedor llegó cuando habló de su hijo.
“Me dijo que quiere ser futbolista como yo.
Pero también me dijo que me admira no por mis goles… sino por mi fuerza para seguir.
Eso me mató por dentro y me reconstruyó al mismo tiempo.
A los 45, Salvador Cabañas no busca titulares, ni portadas, ni homenajes vacíos.
Solo quiere que su historia sirva.
Que no lo recuerden solo como el delantero del América o de la selección paraguaya.
Sino como un hombre que lo perdió todo… y aun así, eligió seguir caminando.
“No sé cuántos años me quedan, pero sí sé que cada día que despierto es una oportunidad de hacer algo mejor.
Ya no corro en el campo.
Pero corro en mi alma.
Y con eso, lo dijo todo.