😢 “Mi niño…”: el momento en que la madre de Yeison Jiménez colapsó y estremeció al país
El silencio fue lo primero que se apoderó del lugar.

Un silencio espeso, incómodo, casi insoportable, como si incluso el aire se negara a moverse ante el dolor que se respiraba.
Nadie estaba preparado para lo que ocurrió cuando la madre de Yeison Jiménez apareció frente a familiares, amigos y seguidores en lo que debía ser un acto de despedida íntimo.
Su rostro, marcado por noches sin dormir, hablaba antes que sus palabras.
Bastó un solo paso, un temblor en las manos, para que todos entendieran que ese adiós no sería como los demás.
Durante años, Yeison fue sinónimo de fortaleza, de letras que nacían del sufrimiento pero se cantaban con la frente en alto.
Sin embargo, esa madrugada todo cambió.
La mujer que le dio la vida, la misma que lo acompañó cuando no había escenarios ni aplausos, se derrumbó por completo al intentar decir su nombre.
No pudo.
La voz se le quebró, las rodillas cedieron y el llanto, contenido durante días, explotó sin piedad frente a las cámaras y los testigos.

Los presentes describen la escena como devastadora.
No hubo discursos preparados ni frases ensayadas.
Solo una madre rota por el dolor, abrazando una fotografía, repitiendo una y otra vez que jamás pensó despedir así a su hijo.
Cada palabra salía entre sollozos, cargada de culpa, recuerdos y preguntas sin respuesta.
¿Por qué tan pronto? ¿Por qué de esa manera? Nadie podía responderle.
En redes sociales, las imágenes del momento comenzaron a circular en cuestión de minutos.
Miles de comentarios inundaron las publicaciones.
Algunos hablaban de injusticia, otros de destino, otros simplemente no encontraban palabras.
El dolor de una madre atravesó pantallas y fronteras, convirtiéndose en un golpe directo al corazón de quienes alguna vez encontraron consuelo en las canciones de Yeison.
Según personas cercanas a la familia, ella había intentado mantenerse fuerte durante los días previos.
Había pedido privacidad, silencio y respeto.
Pero el cuerpo traiciona cuando el alma ya no puede sostenerse más.
Ese último adiós fue el punto de quiebre.
Allí se rompió todo.
Allí salió a flote el miedo que siempre tuvo, ese temor que toda madre guarda en lo más profundo: sobrevivir a un hijo.
Los relatos coinciden en que, tras el colapso, fue necesario asistirla.
El llanto no cesaba, las palabras se repetían sin sentido, como si su mente se negara a aceptar la realidad.
“Mi niño no merecía esto”, habría dicho una y otra vez, aferrándose a quienes intentaban sostenerla en pie.
Fue una escena cruda, real, imposible de maquillar.
Mientras tanto, el legado de Yeison parecía hacerse más grande en medio de la tragedia.
Sus canciones resonaban de fondo, elegidas casi al azar, pero cada letra parecía escrita para ese instante.
Historias de lucha, de barrio, de caídas y levantadas que ahora cobraban un nuevo significado.
Muchos no pudieron evitar preguntarse si, clearly, esas letras eran una premonición del dolor que hoy unía a miles.
El país entero reaccionó.
Programas de televisión interrumpieron su programación.
Locutores se quedaron en silencio al intentar dar la noticia.
Influencers, artistas y seguidores compartieron mensajes de apoyo a la familia, pero especialmente a la madre, convertida sin quererlo en el rostro más visible de la tragedia.
Su dolor se volvió símbolo, espejo del sufrimiento colectivo.
Al caer la noche, el lugar quedó vacío, pero la sensación de pérdida seguía flotando en el ambiente.
Algunos veladores aseguraron que la madre volvió a entrar sola, en silencio, solo para despedirse una vez más.
Sin cámaras, sin testigos, solo ella y sus recuerdos.
Dicen que habló en voz baja, como si Yeison aún pudiera escucharla, prometiéndole que cuidaría su memoria y que jamás permitiría que su nombre fuera olvidado.
Ese último adiós no fue solo una despedida, fue un grito.
Un grito de amor, de rabia y de dolor que todavía resuena.
Porque cuando una madre se derrumba por completo, no hay palabras que alcancen, ni canciones que curen, ni tiempo que repare del todo.
Solo queda el eco de lo que fue y la pregunta eterna de lo que pudo haber sido.