Liliana Campos aseguró que durante más de cinco años coordinó eventos exclusivos en Cartagena, trabajando con más de 3.000 mujeres y clientes de alto perfil mediante recomendaciones privadas

 

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Durante más de cinco años, el nombre de Liliana Campos circuló en los círculos más discretos y exclusivos de Cartagena.

Su historia, marcada por el ascenso en un negocio clandestino de alto nivel y una posterior caída que la llevó a prisión, vuelve ahora al centro del debate tras una entrevista en la que decide contar su versión con detalles inéditos.

“Trabajé con más de 3.000 chicas”, afirma sin titubeos.

La cifra, que refleja la magnitud de la red que llegó a coordinar, no se construyó de la noche a la mañana.

Según su relato, todo comenzó de manera accidental, tras regresar a Colombia desde Estados Unidos en 2005.

“Hice una mala inversión y me vi obligada a trabajar por mi cuenta”, recuerda.

Lo que inició como una actividad de ventas terminó transformándose en una operación que combinaba logística turística, eventos privados y una red de contactos construida principalmente por recomendación.

Campos describe cómo sus primeros clientes fueron extranjeros que buscaban experiencias exclusivas en la ciudad.

 

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“Ellos no conocían a nadie, era la primera vez en Colombia”, explica.

A partir de allí, empezó a gestionar alquileres de casas, yates y servicios personalizados, recibiendo comisiones por cada operación.

“Era rentable”, admite, señalando que el crecimiento fue progresivo hasta alcanzar un volumen de actividad que incluía múltiples eventos simultáneos cada fin de semana.

Uno de los episodios más llamativos de su relato es el de un megayate que atracó en Cartagena, perteneciente a un empresario extranjero.

“Fue una llamada menos de 24 horas antes”, cuenta.

“Necesitaban chicas entre 19 y 25 años y no querían ver fotos, querían que fuéramos directamente”.

Según su versión, más de 20 mujeres participaron en el evento.

“El único hombre era él y su asistente. A todas se les pagó por compañía.

Querían una tarde agradable”, asegura.

Algunas de ellas, añade, fueron posteriormente invitadas a viajar en avión con el empresario.

“Volvieron felices, bien tratadas”, dice.

 

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El modelo de operación, según Campos, se basaba en acuerdos claros entre las partes.

“Yo no ponía precio al trabajo de ellas”, afirma.

Las tarifas eran definidas por las propias participantes y pagadas en divisas extranjeras.

“Siempre se respetaba su tarifa”, insiste.

Las jornadas podían variar entre tres, seis, doce o veinticuatro horas, dependiendo de lo acordado.

El crecimiento del negocio también implicó la organización de viviendas donde residían varias de las mujeres.

“En Crespo vivían 12 y en Manga entre 12 y 16”, detalla.

En esos espacios, asegura, no se permitía el ingreso de hombres y se mantenían normas estrictas de convivencia.

“Era un lugar de descanso, no de trabajo”, subraya, rechazando versiones que, según ella, distorsionaron el funcionamiento interno.

Campos insiste en que nunca reclutó directamente a nadie.

“Siempre me buscaban ellas”, dice, explicando que el atractivo principal era la diferencia económica frente a otros entornos.

“Un mes malo podían ganar 12 millones, uno bueno hasta 50 o 60 millones”, afirma.

También reconoce que entre sus clientes había perfiles diversos: empresarios, deportistas, figuras públicas.

“Yo nunca pregunté a qué se dedicaban. Era por seguridad”, explica.

 

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Sin embargo, su historia no se limita al crecimiento.

En 2018 fue capturada y acusada de delitos relacionados con trata de personas y concierto para delinquir.

Permaneció cerca de cinco años privada de libertad.

“Nunca hubo menores, eso es 1000% falso”, sostiene, cuestionando el proceso judicial en su contra.

“Si hubiera sido como dijeron, ¿dónde están las víctimas?”, plantea.

 

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El impacto de su detención no solo fue personal.

Su padre también enfrentó consecuencias legales.

“Pagó cárcel un año”, relata, con evidente carga emocional.

A pesar de ello, asegura que nunca aceptó cargos que consideraba injustos.

“¿Cómo me voy a allanar a algo que no es cierto?”, dice.

Sobre su paso por prisión, lo describe como un periodo duro pero transformador.

“Cuando estás en una prueba no la entiendes, pero después ves el propósito”, reflexiona.

Hoy afirma sentirse “victoriosa” y asegura haber dejado atrás esa etapa de su vida.

“No volvería jamás”, afirma con firmeza.

El relato de Liliana Campos abre una ventana a un mundo que, aunque conocido de forma fragmentaria, rara vez se expone desde dentro.

Su testimonio mezcla elementos de organización empresarial, dinámicas sociales complejas y un sistema que operó durante años en los márgenes de la legalidad, en una de las ciudades más turísticas de Colombia.

 

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