Un avión de Air Canada Express colisionó con un camión de bomberos en la pista del Aeropuerto LaGuardia durante el aterrizaje

 

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La noche del 22 de marzo de 2026 se transformó en una de las más sombrías en la historia del aeropuerto LaGuardia en Nueva York, cuando un avión comercial que aterrizaba desde Montreal se encontró de frente con un camión de bomberos que, por error, estaba cruzando la pista.

Esa exclamación repetida por el controlador, “¡Alto, alto, alto!”, quedó grabada instantes antes de que el Bombardier CRJ‑900 de Air Canada Express impactara con tal fuerza que destruyó su cabina y segó la vida de los dos pilotos, dejando a la aviación internacional en estado de shock.

Era casi medianoche cuando el vuelo 8646 de Air Canada Express, con 72 pasajeros y cuatro tripulantes a bordo, realizaba su aproximación final a la pista 4 después de un vuelo sin incidentes desde Montreal‑Trudeau.

La visibilidad era reducida por lluvia ligera y los últimos minutos de vuelo transcurrían como cualquier otro aterrizaje nocturno, hasta que una serie de instrucciones mal coordinadas desencadenó lo inimaginable.

 

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El avión había tocado tierra y comenzaba a desacelerar cuando, según las grabaciones que ya circulan entre investigadores y medios, la torre de control autorizó simultáneamente a un camión de bomberos del Port Authority a cruzar la pista para responder a una emergencia en otro vuelo.

Los segundos previos al impacto quedan grabados en un audio estremecedor donde se escucha primero la aprobación del cruce: “Truck One y compañía, crucen la pista 4 en Delta”, seguido de la desesperada corrección: “¡Alto, alto, alto! Deténgase, camión uno”.

Pero fue demasiado tarde.

El choque fue brutal.

El avión, aún a alta velocidad pese a haber aterrizado, embistió el camión, arrancando de raíz la parte frontal de la aeronave, incluida la cabina de pilotos.

Los dos hombres al mando —cuyos nombres aún no se han divulgado oficialmente pero que fueron identificados por algunas fuentes como Antoine Forest y Mackenzie Gunther— murieron en el acto, víctimas de una colisión que nadie imaginó posible en un aeropuerto de clase mundial.

 

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Los pasajeros enfrentaron un caos indescriptible.

Con el fuselaje deformado y partes del avión destrozadas, muchos describieron a testigos y medios locales cómo las puertas de emergencia fueron abiertas entre humos y gritos, mientras las luces de emergencia iluminaban la escena como en una pesadilla.

Más de 40 personas fueron trasladadas a hospitales cercanos, incluyendo a dos oficiales del camión de bomberos, que sufrieron fracturas graves pero permanecen estables, y a numerosos pasajeros con heridas de diversa gravedad.

Entre las historias de supervivencia hay un caso que ha llamado especialmente la atención: el de una auxiliar de vuelo que fue expulsada del avión durante la colisión, encontrada a más de 100 metros del fuselaje todavía sujeta a su asiento, y que milagrosamente sobrevivió con múltiples fracturas.

Su fortaleza ha sido destacada tanto por los equipos de emergencia como por familiares, que la califican como un “verdadero milagro” dadas las circunstancias.

Tras el impacto, LaGuardia quedó completamente cerrada durante horas mientras equipos de rescate y autoridades trabajaban en la pista.

Las autoridades estadounidenses, incluida la Administración Federal de Aviación (FAA) y la Junta Nacional de Seguridad del Transporte (NTSB), desplegaron investigadores para analizar los registradores de vuelo, las comunicaciones de control y la secuencia de decisiones que llevaron al accidente.

 

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Funcionarios y expertos han señalado que, aunque los detalles exactos aún se están evaluando, este accidente es un sombrío recordatorio de las vulnerabilidades del sistema de control de tráfico aéreo en momentos de alta carga de trabajo.

Las comunicaciones filtradas muestran a un controlador abrumado que, tras el choque, admite entre líneas de radio: “Me equivoqué”, palabras que ahora se repiten como eco de una tragedia que podría haber sido evitada con una coordinación más estricta.

La esfera política también reaccionó de inmediato.

Funcionarios de alto nivel expresaron condolencias a las familias de las víctimas, mientras líderes aeronáuticos exigieron revisiones profundas en protocolos y fortalecimiento de las torres de control.

El accidente, el primero con consecuencias mortales en LaGuardia en más de tres décadas, ha planteado preguntas urgentes sobre la seguridad y la gestión de emergencias en uno de los nodos más transitados del tráfico aéreo mundial.

Mientras la investigación continúa y los equipos de respuesta trabajan para recomponer los hechos, el impacto de este choque resuena más allá del aeropuerto mismo: servirá como punto de inflexión en la discusión sobre cómo equilibrar la rapidez en la respuesta con la seguridad absoluta en operaciones aéreas.

Y esa grabación —“¡Alto, alto, alto!”— quedará como un estremecedor testimonio de los segundos en que todo cambió.