
El don de sanación no es simplemente orar por alguien enfermo.
Todos los creyentes pueden hacerlo.
Jesús lo prometió: los que creen pondrán las manos sobre los enfermos y sanarán.
Pero el don de sanidades es diferente.
Es una gracia especial otorgada por el Espíritu Santo a ciertas personas para sanar de manera constante, con autoridad espiritual y fruto visible.
No es un talento humano ni una sensibilidad emocional.
Es el poder de Dios fluyendo a través de una vida elegida.
La primera señal es un deseo profundo e inexplicable.
No es curiosidad ni admiración por los milagros.
Es un fuego interno que se enciende cuando ves a alguien sanar, cuando escuchas testimonios o cuando imaginas llevando alivio al dolor ajeno.
Ese deseo no lo produces tú.
La Biblia dice que debemos procurar los dones espirituales, y ese anhelo intenso puede ser la prueba de que Dios ya sembró algo en tu interior.
El deseo prepara el corazón y abre espacio para la unción.
La segunda señal es una compasión que no te deja en paz.
El dolor ajeno te afecta como si fuera tuyo.
No puedes mirar a un enfermo sin sentir una carga interna.
Jesús sanaba porque era movido a compasión.
La compasión siempre precede al milagro.

Muchos que han sido llamados a sanar fueron formados en el valle del sufrimiento: hospitales, pérdidas, noches de oración sin respuestas.
Dios moldea instrumentos de sanidad en el dolor, no en la comodidad.
La tercera señal son manifestaciones tangibles del poder.
Calor en las manos, una corriente recorriendo el cuerpo, una sensación de peso espiritual durante la oración.
No son emociones.
Jesús mismo dijo que sintió salir poder de Él cuando la mujer tocó su manto.
La unción es real, perceptible y, como en el caso del profeta Eliseo o la sombra de Pedro, puede permanecer incluso en lo físico.
Dios muchas veces permite sentir el poder antes de usarlo plenamente.
La cuarta señal es que los enfermos se sienten atraídos hacia ti.
Personas que te buscan para pedir oración, incluso sin conocerte.
No es por ti, es por la presencia de Dios en ti.
Así ocurrió con Jesús, Pedro y Pablo.
El espíritu del enfermo reconoce dónde hay una puerta abierta al cielo.
Tu vida se convierte en un punto de activación de fe.
La quinta señal es una fe sobrenatural.
Crees cuando otros dudan.
Oras cuando ya nadie espera nada.
No es terquedad, es fe impartida por el Espíritu.
Es la fe que levanta paralíticos, que desafía diagnósticos y que no depende de estadísticas.
Dios nunca da el don sin dar la fe para operarlo.
La sexta señal es simple, pero muchos la ignoran: los enfermos sanan cuando oras.
A veces no de forma instantánea ni espectacular, pero ocurre.
Mejorías, diagnósticos revertidos, procesos que cambian.
Muchos no regresan a dar testimonio, como los nueve leprosos, pero el milagro sucedió.
No fue coincidencia.
Fuiste un canal.
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La séptima señal es la confirmación del llamado.
Dios lo confirma primero en tu interior y luego a través de otros.
Sueños, palabras, personas que reconocen algo especial en ti sin que tú lo hayas dicho.
Así llamó Dios a Samuel, Moisés y Gedeón.
Dios no llama a los preparados, prepara a los llamados.
Y cuando confirma, es porque está listo para usar.
Estas siete señales no aparecen juntas por casualidad.
Son marcas del Espíritu Santo.
Si las reconoces en tu vida, no las ignores.
No se trata de orgullo ni de fama, sino de servicio.
El mundo necesita manos compasivas, corazones rendidos y personas dispuestas a decir: “Heme aquí, úsame”.
Porque cuando Dios llama, también respalda.
Y si Él decidió habitar en ti, el milagro ya comenzó.