🕊️ El desgarrador adiós de una madre: el dolor silencioso tras la muerte de Yeison Jiménez

El regreso del cuerpo de Yeison Jiménez a Bogotá estuvo marcado por una escena de profundo dolor protagonizada por su madre, quien se desplomó al enfrentar la pérdida irreparable de su hijo.

 

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El regreso del cuerpo de Yeison Jiménez a Bogotá no fue solo un procedimiento institucional ni un acto protocolario marcado por la solemnidad.

Fue, ante todo, el escenario de uno de los dolores más profundos y universales: el de una madre enfrentada a la pérdida irreparable de su hijo.

Lejos de los escenarios, de los aplausos y de la música que lo convirtió en uno de los artistas más queridos del país, la tragedia dejó al descubierto una escena íntima y devastadora que conmovió incluso a quienes solo fueron testigos circunstanciales.

Quienes estuvieron presentes relatan que el ambiente se volvió denso, casi irrespirable, en el momento en que la madre del cantante comprendió que la avioneta no traía de regreso al ídolo, sino al hijo que había criado, protegido y acompañado durante toda su vida.

No hubo discursos ni explicaciones.

El impacto fue inmediato.

Su cuerpo reaccionó antes que las palabras.

Las piernas cedieron y cayó al suelo, vencida por una realidad imposible de asimilar.

“¡Mi hijo no, Dios mío, mi hijo no!”, alcanzó a gritar entre sollozos, mientras intentaba incorporarse sin lograrlo, aferrándose al piso como si en ese gesto pudiera detener el tiempo.

No fue un llanto contenido ni silencioso; fue un estallido de dolor que, según testigos, hizo que incluso miembros de seguridad desviaran la mirada, incapaces de sostener una escena tan cruda.

 

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En ese instante, la figura pública desapareció por completo.

Ya no importaban la fama, los logros ni el impacto cultural de Yeison Jiménez.

Todo se redujo a una madre rota, arrodillada ante la pérdida de “mi niño”, como ella lo llamaba incluso cuando el país entero lo reconocía como una estrella de la música popular.

“Ella no llegó a despedir a un artista, llegó a recoger los pedazos de su propio corazón”, comentó una persona cercana que presenció el momento.

El silencio que precedió al grito fue descrito como sepulcral.

Durante unos segundos, nadie se atrevió a hablar.

La incredulidad se reflejaba en el rostro de la mujer, cuyos ojos parecían buscar una respuesta distinta en los gestos de quienes la rodeaban.

Pero no la hubo.

La confirmación llegó sin palabras, y el cuerpo habló por ella.

Aquella caída no fue un tropiezo; fue el colapso de una estructura emocional construida durante décadas.

Los presentes aseguran que el grito que siguió no parecía humano.

“No era un llanto común, era el alarido de una madre a la que le arrancaban el alma”, relató uno de los testigos.

Un sonido largo, quebrado, que se quedó suspendido en el ambiente y que muchos describieron como imposible de olvidar.

En ese rincón, el tiempo se detuvo.

El mundo siguió su curso afuera, pero para ella todo terminó allí.

 

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Mientras los medios y las redes sociales se concentraban en las imágenes del accidente, en los detalles técnicos y en las llamas que consumieron la aeronave, hubo algo que ninguna cámara pudo registrar: el quiebre interior de una madre al perder a su hijo.

“El fuego no fue lo más destructivo de ese día; lo más devastador fue la ausencia”, comentó una persona que intentó auxiliarla sin éxito.

La relación entre Yeison Jiménez y su madre era conocida por su cercanía.

Él no concebía el éxito sin compartirlo primero con ella.

Cada logro era llevado simbólicamente a casa, como un homenaje silencioso a los años de esfuerzo y sacrificio.

“Mi niño nunca pasaba un día sin llamarme”, recordaba ella en conversaciones previas con personas de su entorno.

La casa que él le entregó no era solo un techo; era, para ambos, la prueba de una lucha compartida.

Hoy, ese hogar se ha transformado en un espacio de silencio.

Donde antes había risas y música, ahora quedan objetos detenidos en el tiempo: una prenda con su aroma, una taza olvidada, un mensaje de voz reproducido una y otra vez como intento desesperado por retener algo que ya no está.

Para ella, el tiempo no es consuelo.

Es una herida abierta que se profundiza con cada minuto que la aleja del último abrazo.

 

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A quienes se le acercan para ofrecer palabras de fortaleza, ella apenas responde.

Algunos aseguran que pregunta detalles imposibles de responder: si dijo algo más, cuánto duró, si llamó.

No busca morbo ni explicación; busca reconstruir, aunque sea en pensamiento, los últimos segundos para no sentirse ausente en el momento en que su hijo más la necesitaba.

“El mundo perdió a un artista, pero ella perdió su universo”, resume alguien cercano a la familia.

No hay frase de consuelo que alcance, ni tiempo que prometa sanar una herida de esta magnitud.

La imagen de esa madre, rodeada de gente pero completamente sola en su dolor, se ha convertido en uno de los símbolos más duros de esta tragedia.

Detrás del ídolo y de la figura pública, queda una verdad incuestionable: el amor de una madre que hoy enfrenta una noche eterna.

Un amor que no se apagó con la muerte, pero que duele precisamente porque fue inmenso.

En ese dolor silencioso, Colombia reconoce que la tragedia no terminó con el accidente, sino que continúa en la vida de quien, desde ahora, deberá aprender a existir sin su hijo.

 

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