Una avioneta Paper Navajo antigua, con limitaciones de rendimiento y una posible falla de sensores, despegó en condiciones de peso y altitud que redujeron al mínimo su margen de seguridad.
El temor más profundo de un padre es no ver crecer a sus hijos, y así lo expresó Jason Jiménez en su último vuelo, un viaje que se tornó en tragedia.
La historia de esta aeronave, un modelo Paper Navajo de 1982, es un recordatorio desgarrador de cómo las tragedias no ocurren por una sola causa, sino por una serie de errores que se entrelazan hasta volverse irreversibles.
“¿Qué pasó realmente con la avioneta de Jason Jiménez?”, se preguntan muchos.
Este tipo de aeronave, aunque capaz, no goza de la mejor reputación en el sector aeronáutico.
Con una capacidad para ocho ocupantes, incluidos pasajeros y tripulación, el avión ya había visto mejores días.
Era un aparato viejo, y la inexperiencia en su manejo se hizo evidente desde el principio.
La mañana del vuelo, todo parecía transcurrir con normalidad.
El clima era estable y el plan de vuelo, corto.
“Nada anticipaba lo que estaba por suceder”, reflexionó un miembro del equipo.
El piloto, siguiendo un procedimiento estándar, realizó la inspección exterior de rutina.
“Luz verde para volar”, se escuchó decir en la cabina.
Risas y camaradería llenaban el ambiente, mientras el equipo se preparaba para despegar.

Sin embargo, una alerta inesperada apareció en el panel de control: un aviso de que un sensor de presión podría estar entregando datos erróneos, especialmente en relación con la velocidad de la aeronave.
“No se le dio mayor importancia”, comentó un testigo.
“El vuelo sería corto, ¿qué podría salir mal?”.
Pero este fue el primer eslabón en una cadena de errores que llevaría a la tragedia.
La naturaleza del motor a pistón de la avioneta es tal que pierde potencia a medida que asciende.
En un aeropuerto a 8,000 pies de altura, el avión no podía cargar a seis pasajeros, sino que apenas podía sostener a dos o tres.
Sin una lectura confiable de la velocidad, el margen de seguridad de la aeronave se redujo drásticamente.
Al iniciar la carrera de despegue, el avión consumió prácticamente toda la pista.
“Algo no estaba bien”, se murmuró en la cabina.
A pesar de los intentos del piloto por mantener el control, los motores comenzaron a perder potencia.
En condiciones normales, una Paper Navajo puede despegar con seis ocupantes sin inconvenientes, pero no en esa ubicación.
La altitud, el peso y el combustible jugaban en contra del equipo.
“¿Cómo estamos, mi gente?”, preguntó el piloto, tratando de mantener la calma.
Sin embargo, la situación se tornaba crítica.
La aeronave, con más de cuatro décadas de servicio, luchaba por mantenerse en el aire.
“El motor restante no siempre es capaz de sostener la aeronave”, advirtió un experto en aviación.
La caída se volvía inevitable.
A medida que el avión caía en picada, el pánico se apoderaba de la cabina.
“No hay salida”, se escuchó en un susurro.
Se activó el protocolo de emergencia, y la única opción era intentar regresar.
El piloto, con toda su pericia, logró mantener la aeronave volando durante algunos minutos, pero no fue suficiente.
Con un motor fallando y el otro incapaz de sostener el vuelo, la tragedia era inminente.
Cuando un avión impacta con velocidad, suele dispersarse en el terreno.
Sin embargo, este no lo hizo; cayó en un solo punto.
“El avión no tenía velocidad”, se lamentaron los testigos.
La vida de Jason Jiménez y de su equipo se apagó en un instante, dejando a Colombia devastada y en luto.
“Algunos destinos no se explican solo con datos, sino con la dolorosa certeza de que hubo un último vuelo y no hubo regreso”, reflexionó un amigo cercano.
El vacío que dejó esta tragedia es profundo, y el recuerdo de Jason Jiménez y de todos los que estaban a bordo permanecerá suspendido en el tiempo, recordándonos que a veces, el destino es cruel e ineludible.
