1,2 millones de conejos liberados en el desierto chino: un final inesperado que conmocionó al mundo

Wang Wembiao liberó millones de conejos en el desierto de Kubuki y plantó sauces para transformar un paisaje árido en un ecosistema fértil.

 

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En un mundo donde los desiertos se expanden más rápido de lo que las naciones pueden responder, China se encontraba al borde del colapso.

Las dunas avanzaban inexorablemente hacia comunidades enteras, convirtiendo tierras fértiles en paisajes áridos.

Ante esta crisis, un maestro de escuela, Wang Wembiao, ideó un plan tan insólito que desafiaba la lógica: liberar millones de conejos y plantar cientos de millones de sauces, además de instalar paneles solares en un diseño que formaba la figura de un caballo gigante.

Este proyecto no solo sorprendió a expertos globales, sino que se convirtió en un modelo a seguir para la recuperación de tierras áridas.

La situación en el desierto de Kubuki era alarmante.

Más de 18,600 km² de arena estéril, donde las temperaturas caían a -20ºC en invierno y agrietaban el suelo en verano.

La desertificación no era solo un problema local; casi el 27,4% de las tierras de China ya estaban afectadas, lo que equivalía a un área cuatro veces el tamaño de Texas.

En este contexto, un grupo de agricultores se despertó un día para encontrar sus hogares enterrados bajo dunas de arena que antes no existían.

A medida que el desierto avanzaba, el gobierno intentó diversas soluciones, desde la plantación de bosques cortavientos hasta la perforación de pozos profundos, pero nada parecía detener la implacable marcha de la arena.

 

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Fue entonces cuando Wang, un maestro sin grandes recursos, decidió actuar.

Con todos sus ahorros y un gran préstamo, se mudó a una choza rodeada de dunas y comenzó a implementar su audaz plan.

Muchos pensaron que había perdido la razón al liberar conejos en un entorno tan inhóspito.

Sin embargo, su idea era más estratégica de lo que parecía.

Los conejos Rex, seleccionados por su capacidad de adaptarse a condiciones extremas y reproducirse rápidamente, se convirtieron en el eje central de su plan.

Cada hembra podía generar entre seis y ocho camadas al año, lo que significaba que las poblaciones podían duplicarse cada seis meses.

La clave del éxito de Wang radicaba en el estiércol de los conejos, que actuaba como un fertilizante natural.

En un desierto donde el suelo carecía de nutrientes, los excrementos de los conejos eran una fuente vital de nitrógeno, fósforo y potasio.

A medida que las bolitas de estiércol caían sobre la arena y se mezclaban con la lluvia, comenzaban a surgir pastos y arbustos, transformando el paisaje árido en un ecosistema fértil.

En pocos años, las áreas tratadas de esta manera produjeron varias toneladas de suelo fértil por hectárea, y las regiones que antes se consideraban muertas comenzaron a mostrar signos de recuperación.

 

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El proceso fue tan exitoso que, para 2005, se detectó un aumento significativo de materia orgánica en el suelo.

Este fenómeno, que normalmente tomaría miles de años en ocurrir de manera natural, se logró en apenas unos meses gracias a la intervención de Wang.

Los sauces, que crecieron lo suficientemente altos como para estabilizar el suelo y proporcionar sombra, alimentaron a los conejos, creando un ciclo biológico autosuficiente.

Con la estabilización del desierto, Wang decidió aprovechar la abundante luz solar de la región y construyó una instalación de energía solar que generaría electricidad para miles de hogares.

El diseño de la instalación, que representaba un caballo galopante, no solo era un símbolo cultural de Mongolia Interior, sino que también atrajo la atención de los medios internacionales y el turismo.

Esto convirtió el proyecto en un modelo de ingeniería ecológica, generando ingresos que financiarían la expansión de la restauración del desierto.

Los paneles solares, al elevarse a 2,44 metros del suelo, creaban un microclima que favorecía el crecimiento de la vegetación, lo que a su vez mejoraba la calidad del suelo.

 

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En menos de una década, el desierto de Kubuki pasó de ser un paisaje estéril a un ecosistema vibrante.

Familias que antes vivían en la pobreza extrema comenzaron a prosperar gracias a la cría de conejos y la producción de pieles.

La economía local se transformó, y el desierto, que antes representaba una amenaza, se convirtió en un lugar de oportunidades.

Sin embargo, este éxito no estuvo exento de controversias.

Algunos científicos comenzaron a cuestionar la sostenibilidad del modelo, advirtiendo que la dependencia de una sola especie, los conejos, podría ser riesgosa.

El impresionante regreso de la naturaleza en Kubuki, con la reaparición de especies que se creían extintas y el aumento del nivel freático, sorprendió a muchos.

Sin embargo, las preocupaciones sobre el control de la población de conejos y el impacto ambiental del estiércol comenzaron a surgir.

A pesar de las críticas, el modelo de Wang fue reconocido internacionalmente, y se convirtió en un referente para la restauración de tierras en todo el mundo.

La historia de Wang Wembiao y su audaz plan de restauración del desierto de Kubuki es un testimonio del poder de la innovación y la determinación humana frente a la adversidad.

Su enfoque, que combina la biología con la ingeniería, ofrece una nueva esperanza en la lucha contra la desertificación, un desafío global que afecta a millones de personas.

Sin embargo, la pregunta persiste: ¿será este modelo sostenible a largo plazo, o estamos ante un experimento que podría tener consecuencias imprevistas en el futuro?

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