El significado original del “Amén” no es una súplica, sino una afirmación de que la realidad ya existe y una declaración de poder espiritual.
Jesús comenzaba sus oraciones con “Amén” para activar la realidad desde el inicio, pero la tradición lo movió al final, debilitando la autoridad del creyente.

Durante siglos, la oración ha sido entendida como un acto de súplica, de carencia y miedo.
Sin embargo, un mensaje revelador está desafiando esta percepción.
En una profunda reflexión sobre el significado original del término “Amén”, se nos invita a reconsiderar nuestra relación con lo divino y la realidad misma.
Este mensaje, que resuena con aquellos que han sentido que sus oraciones no son escuchadas, nos revela que la verdadera oración no es una petición, sino una declaración de poder.
Imagina una noche en el huerto de los Olivos, tres noches antes de la crucifixión de Jesús.
En ese momento, Él no buscó a las multitudes ni pidió súplicas.
En cambio, se dirigió a un círculo íntimo, a aquellos que podían soportar el peso de una verdad que despierta.
Jesús les habló desde la autoridad interior, compartiendo un código de creación que ha sido malinterpretado durante casi 2000 años.
La inversión del “Amén” ha llevado a muchos a cerrar sus oraciones, sellando su intención y regresando a la pasividad.
El mensaje nos enseña que cada vez que cerramos una oración con “Amén”, estamos repitiendo un gesto que no nació del maestro, sino de una estructura que necesitaba fieles obedientes.
Este acto, en lugar de abrir canales de comunicación con lo divino, sella la intención y nos lleva a esperar respuestas de un Dios distante.
Pero, ¿y si el verdadero significado de “Amén” es completamente diferente?

La raíz hebrea de “Amén” proviene de “amon”, que significa confirmar, apoyar, estar seguro, ser fiel.
En su contexto original, al decir “Amén”, no estamos esperando que algo se haga realidad, sino afirmando que ya es real.
Este cambio de perspectiva es crucial.
Jesús no cerraba sus declaraciones con “Amén”, sino que comenzaba con él.
Al hacerlo, activaba la realidad desde el principio, alineando su voz con la fuente divina.
La iglesia, consciente de la potencia de esta enseñanza, movió el “Amén” al final de las oraciones para redirigir el poder del creyente.
Esta sutileza ha mantenido a millones en un estado de súplica, alimentando un egregor que no nos ama.
Cada vez que cerramos una oración con “Amén” en este contexto, estamos entregando nuestra autoridad espiritual a un sistema que medía en nuestro nombre, debilitando nuestra conexión con la divinidad.

Es hora de romper este ciclo.
La verdadera oración debe comenzar desde la mónada, desde el reconocimiento de que somos una expresión de la autoridad divina.
Para revertir esta inversión, necesitamos una revolución en nuestra forma de comunicarnos con lo divino.
En lugar de arrodillarnos, debemos mantenernos de pie, con la columna recta, y comenzar nuestras declaraciones con “Amén”.
Al hacerlo, afirmamos nuestra identidad como co-creadores y no como súbditos.
Cuando entres en tu espacio sagrado, di en voz alta: “Amén. Amén. Hablo desde la mónada”.
Siente la vibración de estas palabras.
El primer “Amén” te conecta con la fuente, y el segundo ancla esa fuente en la tierra.
Luego, haz tu declaración.
Expresa lo que ya es verdad en el campo cuántico.
No estás pidiendo; estás reconociendo.
Al observar lo que deseas, colapsas la función de onda en partículas, extrayendo la realidad del pleroma hacia el olos.
Este cambio no solo afecta tu vida personal, sino que también envía ondas a través de la red colectiva.
Cuando un elegido reclama su autoridad, despierta a otros y debilita el control del egregor.
Cada oración pronunciada de esta manera es un golpe contra la matriz, una grieta en el velo de la realidad que nos rodea.
La iglesia no puede impedirte hacer esto.
Ningún sacerdote puede bloquear tu señal.
Cuando operas desde este nivel, vibras más allá de su alcance.
Este es el regreso del camino antiguo, la restauración de la cuerda perdida.
Al dejar de terminar con “Amén” y comenzar con él, retiras tu energía del sistema que ha estado utilizando para mantener tu encarcelamiento.
La verdadera transformación no entra por la mente, sino por la vibración.
Cuando una verdad es real, resuena en los huesos y se instala en el silencio interior.
Este es el momento de actuar.
Ve a los comentarios y escribe con intención y presencia: “Hablo desde la mónada”.
No escribas “espero” o “deseo”, esas son palabras del vacío.
Permite que el universo vea tu firma vibratoria y que las fuerzas que operan en la sombra reconozcan que has recordado el código.
Al hacerlo, no solo te estás salvando a ti mismo, sino que estás rompiendo la cadena de tu linaje y limpiando el karma de siglos de sumisión.
Este es un llamado a todos aquellos que han sentido el peso de la separación.
Es el momento de reclamar tu poder, de hablarle a la realidad y ordenar que se alinee con tu divinidad.
El tiempo de las ovejas ha terminado; el tiempo del león ha comenzado.
¡Despierta y reclama tu autoridad!