La misión Artemis II llevará a cuatro astronautas a bordo de la nave Orion en un vuelo de aproximadamente diez días que marcará el regreso humano a las cercanías de la Luna tras más de 50 años

 

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En cuestión de horas, la humanidad podría dar uno de los pasos más trascendentales desde la última huella dejada en la Luna en diciembre de 1972.

La misión Artemis II representa el regreso real al espacio profundo con tripulación a bordo, un hito que rompe más de cinco décadas de permanencia en la órbita baja terrestre y abre una nueva etapa en la exploración espacial.

El cohete SLS, un coloso de 98 metros de altura capaz de generar más de 39 millones de newtons de empuje, será el encargado de lanzar la cápsula Orion con cuatro astronautas a bordo: Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen.

“No es solo un vuelo, es una prueba de todo lo que hemos aprendido en 50 años”, afirmó Wiseman en una de las sesiones previas al lanzamiento.

La misión, programada dentro de una ventana precisa, busca validar cada sistema necesario para futuros alunizajes.

El desafío técnico comienza incluso antes del despegue.

El uso de hidrógeno líquido como combustible, enfriado a temperaturas cercanas a los -253 grados Celsius, implica riesgos extremos.

Durante pruebas recientes, pequeñas fugas evidenciaron la fragilidad de los sellos y la complejidad de mantener la integridad estructural del sistema.

“El hidrógeno no perdona errores”, reconoció un ingeniero del programa, subrayando la dificultad de trabajar con un elemento tan eficiente como volátil.

 

Misión Artemis II a la Luna: el vídeo del momento de los astronautas  entrando a la nave Orion

 

Una vez superada la fase de lanzamiento, la misión no se precipita hacia la Luna de inmediato.

Durante el primer día, la nave entra en una órbita elíptica alrededor de la Tierra que permite verificar sistemas críticos.

“Es nuestra última oportunidad de volver fácilmente si algo falla”, explicó Glover durante un ensayo operativo.

Este periodo de evaluación resulta crucial para garantizar la seguridad antes de abandonar la influencia gravitatoria terrestre.

En el segundo día, la tripulación ejecuta maniobras manuales alrededor de la etapa superior del cohete, una prueba clave para futuras operaciones de acoplamiento en órbita lunar.

Posteriormente, se realiza la inyección translunar, el momento en el que Orion se libera definitivamente de la Tierra.

“Cuando ocurra ese encendido, no hay vuelta atrás inmediata”, señaló Koch, consciente del peso histórico de ese instante.

El trayecto hacia la Luna, que se extiende durante varios días, expone a la nave a entornos hostiles como los cinturones de radiación de Van Allen.

A pesar de los riesgos, la misión también servirá para probar nuevas tecnologías, incluyendo sistemas de comunicación láser capaces de transmitir datos a alta velocidad.

“Estamos construyendo la infraestructura del futuro”, comentó Hansen, destacando la importancia de estos avances.

 

Misión Artemis II de la NASA: así es el histórico viaje tripulado a la Luna  paso a paso

 

El punto culminante llega con el sobrevuelo lunar en una trayectoria de retorno libre.

Durante varios minutos, la nave quedará incomunicada al pasar por la cara oculta de la Luna.

Será entonces cuando Koch se convierta en la primera mujer en observar directamente esta región desde una misión tripulada.

En ese instante, la tripulación alcanzará además la mayor distancia jamás registrada por humanos respecto a la Tierra, superando el récord del Apolo 13.

Sin embargo, el verdadero desafío comienza en el regreso.

La cápsula deberá reentrar en la atmósfera terrestre a unos 40.000 kilómetros por hora, enfrentándose a temperaturas cercanas a los 2.770 grados Celsius.

El escudo térmico, basado en material ablativo, ha sido objeto de intenso escrutinio tras comportamientos inesperados en Artemis I.

“Analizamos cada milímetro; no dejamos nada al azar”, aseguró un responsable técnico del programa.

La maniobra de reentrada incluirá un perfil de “salto” atmosférico, diseñado para reducir la carga térmica en dos fases.

Aun así, el margen de error es mínimo.

Durante esos minutos críticos, las comunicaciones se interrumpirán casi por completo, dejando a la tripulación aislada.

“Es el momento en que todo se pone a prueba”, expresó Wiseman, consciente de la tensión que vivirá el equipo en tierra.

 

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Si todo transcurre según lo previsto, la cápsula desplegará sus paracaídas y amerizará en el océano Pacífico tras un viaje de aproximadamente diez días y millones de kilómetros recorridos.

Este éxito no solo validaría la tecnología necesaria para futuras misiones, sino que abriría el camino hacia Artemis III, cuyo objetivo es el regreso de astronautas a la superficie lunar.

Más allá de los aspectos técnicos, Artemis II simboliza un cambio de paradigma.

A diferencia del programa Apolo, impulsado en gran medida por la competencia geopolítica, Artemis busca establecer una presencia sostenible en la Luna y preparar el camino hacia Marte.

“No se trata solo de llegar, sino de quedarnos”, resumió un portavoz del programa.

La misión también destaca por su carácter internacional.

La nave Orion incorpora contribuciones clave de Europa, especialmente en su módulo de servicio, responsable de propulsión, energía y soporte vital.

Este enfoque colaborativo refleja una nueva era en la exploración espacial, donde múltiples naciones participan en la construcción del futuro más allá de la Tierra.

A medida que se acerca el momento del lanzamiento, la tensión y la expectativa crecen a nivel global.

La humanidad vuelve a mirar hacia la Luna no solo como destino, sino como el primer paso hacia horizontes más lejanos.

En palabras de Koch, “cuando mires por la ventana y veas la Tierra como un punto azul, entiendes realmente lo que está en juego”.

 

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