Una serie de decisiones judiciales recientes golpea a figuras vinculadas al uribismo, incluyendo condenas por corrupción y la negativa de recursos para revertirlas

 

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Una semana particularmente agitada ha sacudido a sectores de la derecha colombiana vinculados al expresidente Álvaro Uribe, tras una serie de decisiones judiciales que reavivan viejos escándalos y abren nuevos frentes de controversia.

La condena a 23 años contra el exsenador Ciro Ramírez por corrupción, sumada al revés judicial sufrido por el exfuncionario Bernardo Moreno, configura un escenario de creciente presión sobre figuras cercanas al uribismo.

La Corte Constitucional declaró improcedente la acción de tutela interpuesta por Moreno, quien buscaba anular su condena de cinco años y cinco meses por tráfico de influencias en el escándalo de la llamada “yidispolítica”.

La decisión fue contundente y unánime.

“Ninguna vulneración de derechos fundamentales ha sido acreditada”, concluyó el alto tribunal, cerrando la puerta a cualquier intento de reversar la sentencia.

Los hechos se remontan a los años 2004-2007, cuando Moreno, desde la dirección del Departamento Administrativo de la Presidencia, habría influido en nombramientos y contratos con el objetivo de asegurar apoyos políticos a la reelección presidencial.

Este episodio se suma a su condena previa por el caso de interceptaciones ilegales del DAS, en el que incluso el hoy presidente Gustavo Petro fue reconocido como víctima.

 

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Petro, quien en ese entonces ejercía como congresista, lideró denuncias clave sobre parapolítica y fue blanco de seguimientos ilegales.

Años después, el Consejo de Estado ordenó indemnizaciones por estos hechos.

La figura de Moreno, considerada cercana al círculo más íntimo del poder en esa época, vuelve así al centro del debate público.

En paralelo, el caso de Ciro Ramírez continúa generando repercusiones políticas.

Su condena por el escándalo conocido como “Las Marionetas” ha sido interpretada por distintos sectores como un símbolo de la lucha contra la corrupción en instituciones clave del Estado.

El exdirector del DPS, Gustavo Bolívar, se refirió al caso en un mensaje directo: “Era un congresista aplicado, pero se dejó tentar por la corrupción. Robar recursos destinados a los más pobres tiene que tener consecuencias”.

Bolívar también reveló que durante su gestión se encontraron irregularidades graves en contratos y recursos, algunos de los cuales habrían desaparecido.

“Hay más de dos billones de pesos sin rastrear. La información simplemente no está”, afirmó.

 

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Mientras tanto, figuras políticas como Paloma Valencia han defendido públicamente una postura de respeto institucional.

“Respetamos las decisiones de la justicia. Jamás seremos complacientes con la corrupción”, escribió en redes sociales.

Sin embargo, sus declaraciones han sido objeto de críticas, especialmente por su cercanía política previa con Ramírez.

En el Senado, el congresista Iván Cepeda había anticipado el escenario con palabras contundentes dirigidas a Ramírez: “Usted está siendo investigado por robar dineros públicos y viene a dar lecciones de moral. Vaya primero y responda ante la justicia”.

Su intervención, hoy ampliamente difundida, ha cobrado nueva relevancia tras la sentencia.

El panorama se complica aún más con denuncias recientes contra el registrador nacional Hernán Penagos.

Dos acciones legales, una ante la Fiscalía y otra ante la Procuraduría, lo señalan por presunto prevaricato tras convocar una consulta popular en municipios de Antioquia sin contar previamente con la disponibilidad presupuestal exigida por ley.

 

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Según la documentación presentada, la convocatoria se realizó antes de asegurar los recursos necesarios, lo que podría constituir una violación del Estatuto Orgánico del Presupuesto.

Este nuevo frente judicial añade tensión a un contexto político ya marcado por enfrentamientos, acusaciones cruzadas y una creciente polarización.

Incluso dentro de sectores afines han surgido fricciones.

El exministro Mauricio Cárdenas respondió a señalamientos en redes sociales que lo vinculaban erróneamente con propuestas del gobierno actual.

“He reiterado en múltiples ocasiones mi posición. No se puede construir debate político sobre desinformación”, afirmó, evidenciando divisiones internas y estrategias comunicativas cuestionadas.

En medio de este panorama, la justicia colombiana continúa avanzando sobre casos emblemáticos que, lejos de cerrarse, siguen revelando conexiones, responsabilidades y tensiones acumuladas durante años.

Las decisiones recientes no solo impactan a los protagonistas directos, sino que reconfiguran el debate político en un país donde la lucha contra la corrupción sigue siendo una de las principales demandas ciudadanas.

 

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