Carlos Donoso, ventrílocuo venezolano de origen chileno, falleció en Bogotá a los 71 años tras una larga lucha contra el cáncer de pulmón

 

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Carlos Donoso, el inolvidable ventrílocuo y humorista que hizo reír a millones con sus personajes Kini y Lalo, falleció el 16 de abril de 2020 en Bogotá a los 71 años tras una larga batalla contra un cáncer de pulmón diagnosticado meses antes, dejando un legado de carcajadas que se extendió por más de cinco décadas en escenarios de América Latina y Europa.

Nacido en Caracas en 1948 en el seno de una familia chilena, Donoso abandonó su carrera como abogado para dedicarse por completo al arte de la ventriloquia, revolucionando el género con su habilidad para dar vida a muñecos irreverentes que hablaban con voces propias y reflejaban las ironías de la vida cotidiana.

A pesar de su fama internacional, su salud se deterioró seriamente en sus últimos años y, sin el apoyo económico necesario, sus hijos organizaron una campaña de recaudación, pues el alto costo del tratamiento lo obligó a enfrentar sus últimos días en soledad, lejos de su familia, en plena pandemia.

En una diminuta habitación de Bogotá, rodeado por dos maletas cerradas que contenían a Kini y Lalo, los eternos compañeros de su trayectoria, Carlos Donoso vivió sus últimas horas.

Las ruedas de esos muñecos habían rodado por teatros de Madrid, Buenos Aires, Ciudad de México y Caracas, y habían convertido el silencio en carcajadas durante décadas, pero esa noche su creador ya no tenía fuerzas para abrirlas.

Era un final paradójico para quien dedicó su vida a dar voz a personajes destinados a hacer reír a otros.

 

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Donoso descubrió su don siendo muy joven y, aunque inició estudios de derecho, la fuerza de su vocación lo llevó al escenario.

Su carrera como ventrílocuo comenzó con la creación de Kini, un mono irreverente con personalidad propia que se convirtió en el símbolo de su humor único, capaz de cuestionar con gracia las convenciones sociales más rígidas.

Posteriormente surgió Lalo, un personaje contrastante que aportó sensibilidad y ternura a su repertorio cómico, consolidando la dupla que marcó la memoria de generaciones enteras.

Su estilo, mezcla de observación aguda y entregas vocales impecables, lo catapultó a programas de televisión y festivales de humor en toda América Latina.

“Desde que tengo memoria mi papá ha dedicado su vida a su única pasión: hacer reír a los demás”, escribió uno de sus hijos en un mensaje público cuando Donoso fue diagnosticado con cáncer, revelando la dimensión humana de un artista aclamado por su ingenio y humildad.

La última presentación de Donoso tuvo lugar en Miami a principios de 2020, pocos meses antes del diagnóstico definitivo.

Su voz seguía intacta, pero el peso de la enfermedad empezó a limitar su movimiento y su capacidad para seguir actuando.

Sus hijos, repartidos entre Chile y Estados Unidos, emprendieron la difícil tarea de recaudar fondos para costear el tratamiento en medio de restricciones de viaje impuestas por la pandemia, sin poder acompañarlo en sus últimos días.

 

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“Se nos adelantó un gran amigo, compañero y gran persona: Carlos Donoso.

El mundo del humor pierde al héroe de la ventriloquia; Kini, Lalo y más de 20 creaciones silencian la risa… Buen viaje, máster”, escribió el humorista colombiano ‘El Mono’ Sánchez en una red social, reflejando el pesar de toda una comunidad artística que vio partir a uno de sus más grandes exponentes con profundo respeto y tristeza.

La vida de Donoso fue un viaje constante de risas, creatividad y entrega absoluta a su arte.

Sus personajes no solo fueron marionetas, sino espejos cómicos que ayudaron a decenas de millones a enfrentar las absurdidades de la existencia con una sonrisa.

Al final, aunque no tuvo la seguridad económica que su talento merecía, su legado perdura en las memorias colectivas de quienes alguna vez rieron con Kini y Lalo.

Carlos Donoso murió en soledad física, lejos de sus seres queridos en medio de una pandemia global, pero rodeado por el eco de sus creaciones.

Las maletas que alguna vez fueron pasaportes de alegría permanecieron cerradas, pero la risa que generó con su arte sigue resonando en quienes recuerdan al hombre que convirtió simples muñecos en voces universales de humor y humanidad.

 

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