El piloto que debía comandar el vuelo en el que murió Yeison Jiménez rompió el silencio y reveló dudas técnicas y presentimientos previos al accidente aéreo ocurrido días atrás.

Cuatro días después del accidente aéreo que le costó la vida a Yeison Jiménez, una nueva voz irrumpe en medio del duelo y reabre preguntas que hasta ahora permanecían en silencio.
Se trata del piloto que debía estar al mando de la aeronave aquella tarde y que, por una coincidencia de turnos, no subió al avión.
Su testimonio, cargado de dolor, memoria y dudas técnicas, ofrece una mirada íntima y humana sobre los minutos previos a un vuelo que nunca debió terminar así.
“Yo debía ser el piloto de ese vuelo y todavía me cuesta decirlo sin que se me cierre la garganta”, confiesa, con una sinceridad que atraviesa cada palabra.
No habla desde la especulación ni desde la autoridad técnica, sino desde el vínculo cercano con el artista, a quien conoció vuelo tras vuelo, concierto tras concierto.
“Ese día no estaba en turno y eso fue lo único que me separó de estar dentro de esa aeronave junto a Jason”.
El piloto recuerda que Yeison Jiménez solía volar siempre con dos pilotos de confianza y que la relación iba mucho más allá de lo profesional.
“Jason no era solo un pasajero más.
Era un tipo disciplinado, cuidadoso con su equipo, que preguntaba, que escuchaba, que se interesaba por cada detalle”.
Por eso, insiste, hay aspectos de lo ocurrido que aún no logra comprender.
La aeronave, según relata, contaba con mantenimiento reciente y revisiones al día.
“Por eso lo que pasó no me cuadra. No había nada que anticipara una falla así”.
Semanas antes del accidente, asegura haber evitado una tragedia similar gracias a una corazonada.
“Algo no me cuadraba y le insistí a Jason que detuviéramos el vuelo y revisáramos la aeronave. Tenía razón”.
Esa intuición, que en su momento pareció un simple exceso de prudencia, hoy pesa como una advertencia no del todo escuchada.
“Jason hablaba mucho de presentimientos, no como miedo, sino como esas corazonadas que te persiguen en silencio”, recuerda.
Incluso le había contado sueños recurrentes con accidentes aéreos.
“Yo siempre trataba de bajarle el tono, llevarlo a lo técnico, a los números, a la seguridad”.
El día del accidente, el vuelo tenía como destino Medellín.
Era una ruta corta, rutinaria, de esas que se hacen casi en automático.
“Yo siempre decía que los primeros segundos después del despegue lo son todo”, explica.
Y fue precisamente ahí donde, según la información conocida, se perdió el control.
“Pensar que ahí fue donde todo se desordenó me revuelve el estómago”.
La aeronave despegó cerca del final de la tarde con Yeison Jiménez, su mánager y parte de su equipo.
Apenas tomó altura, todo se volvió caos.
No hubo margen para maniobras ni tiempo para reaccionar.
“Ese vuelo lo conocíamos de memoria. Lo habíamos hecho muchas veces y justamente por eso lo ocurrido me sigue pareciendo irreal”.
Cuando cerca de las seis de la tarde se confirmó la noticia, el piloto sintió “un golpe seco en el pecho, como si el tiempo se hubiera detenido”.

Más allá del accidente, su relato se detiene en la figura humana de Yeison Jiménez.
Habla del artista que viajaba con la cabeza llena de planes, fechas y escenarios, del hombre que no cancelaba compromisos y que entendía su carrera como una responsabilidad con el público.
“No viajaba por cumplir fechas. Viajaba con una responsabilidad que se le notaba en la mirada”, afirma.
Recuerda vuelos en los que tarareaba canciones nuevas antes de despegar y hablaba de lo mucho que aún le faltaba por cantar.
“Lo vi crecer vuelo tras vuelo, no solo como artista, sino como persona”, dice.
Yeison le hablaba de Manzanares como si lo llevara tatuado, de su infancia sin adornos, del trabajo duro que lo obligó a madurar temprano.
“Decía que las canciones eran su manera de no olvidar de dónde venía”.
Esa conexión con sus raíces y con su gente fue, según el piloto, lo que lo convirtió en un referente cercano para miles.
La confirmación de que no hubo sobrevivientes terminó de romper cualquier esperanza.
“No eran cifras, eran rostros conocidos, rutinas compartidas, voces que uno escucha incluso con los motores encendidos”.
Mientras las autoridades revisan pieza por pieza lo ocurrido en la zona entre Paipa y Duitama, para él persiste una sensación amarga: la de una cadena humana rota de golpe.
“A veces el peligro no está en lo lejano, sino en lo inmediato”.

El impacto no se limitó al lugar del siniestro.
En otros puntos del país, como Marinilla, la tarima estaba lista y el público esperaba sin saber que el aplauso nunca llegaría.
“Pensar que todo quedó en pausa por un vuelo que no terminó me recuerda que a veces el éxito más alto y el silencio más profundo están separados solo por unos minutos en el aire”.
Hoy, el piloto no busca señalar culpables ni alimentar teorías, pero tampoco puede acallar las preguntas.
“No hablo como piloto, hablo como alguien que lo conoció de cerca, que trabajó para él y que sigue buscando respuestas donde nadie parece tenerlas”.
Su certeza es una sola: no se perdió solo un artista, se interrumpió una historia construida con disciplina, cercanía y canciones que seguirán sonando.
“Algunos vuelos no terminan en pista, sino en memoria”, concluye.
Y en esa memoria queda Yeison Jiménez, un hombre que vivió fiel a su vocación hasta el último segundo, y cuya voz, aunque silenciada en el aire, continúa resonando en el corazón de un país entero.