El hallazgo de objetos personales tras un bombardeo en la Amazonía colombiana reaviva la incertidumbre sobre el paradero de alias Iván Mordisco

 

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En medio de la espesa selva del sur de Colombia, los restos de un reciente bombardeo militar han vuelto a poner en el centro del debate el destino de Néstor Gregorio Vera, alias Iván Mordisco, uno de los principales cabecillas de las disidencias armadas.

Entre la tierra removida y los árboles derribados, tropas especiales encontraron objetos que podrían ser clave: sus gafas con fórmula oftálmica, su fusil y dispositivos electrónicos que, según las autoridades, confirmarían su presencia en la zona al momento del ataque.

El hallazgo, sin embargo, ha sido recibido con cautela.

Hace apenas cuatro años, el país ya vivió un episodio similar.

En julio de 2022, el entonces ministro de Defensa, Diego Molano, anunció con contundencia la muerte de Mordisco en un operativo militar.

“La estructura ha sido golpeada en su núcleo central, incluyendo al propio Iván Mordisco”, afirmó en ese momento, respaldado por la cúpula militar.

Incluso el entonces presidente Iván Duque confirmó la supuesta neutralización.

Pero con el paso de los meses, el líder insurgente reapareció, desmintiendo el anuncio oficial.

Hoy, la historia parece repetirse, aunque con matices.

De acuerdo con información de inteligencia, tras el bombardeo del 9 de abril de 2025 en una zona cercana a Araracuara, en el departamento de Amazonas, Mordisco habría resultado gravemente herido.

Una fuente humana aseguró que “había perdido el control de su área base” y que fue evacuado hacia el municipio de Solano, en Caquetá, bajo estrictas medidas de seguridad.

 

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Los combates en la región han sido descritos como intensos.

“De Araracuara para abajo, en un sitio conocido como Peñas Rojas, hubo un combate bravísimo”, relató un informante a las autoridades.

Diez días después, nuevas versiones indicaron que alias Alonso 45, cabecilla del bloque Amazonas, habría coordinado la fuga del líder herido, con apoyo de estructuras armadas que lo escoltaron en relevos para garantizar su escape.

Mientras tanto, comandos especiales continúan rastreando la zona del bombardeo, removiendo capas de tierra y vegetación en busca de restos humanos o evidencias genéticas que permitan confirmar o descartar definitivamente la muerte del jefe insurgente.

La prudencia domina el discurso oficial, consciente del error cometido en el pasado.

En paralelo, las acciones del grupo armado han generado alarma entre organizaciones humanitarias y de derechos humanos.

Tras amenazas directas contra misiones en terreno, varias entidades rechazaron públicamente las restricciones impuestas por la estructura de Mordisco.

“Esta decisión vulnera el derecho internacional humanitario y agrava la situación de la población civil”, advirtieron voceros de organizaciones sociales.

 

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Desde organismos internacionales también se elevó la preocupación.

La misión de apoyo al proceso de paz en Colombia desmintió acusaciones de parcialidad, mientras que representantes de Naciones Unidas señalaron que estas amenazas “afectan el trabajo de acompañamiento, monitoreo y protección en favor de las comunidades”.

En regiones como Cauca, Guaviare y Nariño, la situación se ha deteriorado progresivamente desde 2024, en medio de disputas territoriales entre grupos armados.

En estos escenarios, la población civil queda atrapada entre economías ilegales, reclutamiento forzado y violencia sistemática.

Uno de los casos más críticos es el del pueblo indígena nasa, que ha denunciado ataques constantes por parte de la estructura de Mordisco.

La Fiscalía colombiana evalúa tipificar estas acciones como etnocidio, ante la magnitud de los crímenes.

“Tenemos asesinatos de menores, hostigamientos permanentes y un control violento sobre nuestros territorios”, expresó un líder indígena.

Según cifras conocidas, al menos 142 líderes han sido asesinados, entre ellos 25 mujeres, además de la muerte de sabedores ancestrales.

 

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“Hoy nos agobia una estrategia política de actores armados que se creen dueños de nuestros territorios”, agregó otro vocero, evidenciando el temor que se extiende entre las comunidades.

Con más de 300.

000 integrantes distribuidos en decenas de municipios, el pueblo nasa enfrenta un riesgo constante que, según denuncian, no ha sido suficientemente visibilizado.

En este contexto, el presidente Gustavo Petro ha intensificado la presión sobre las autoridades judiciales para capturar tanto a Mordisco como a sus principales aliados.

Entre ellos figura alias Runcho, identificado como uno de los mayores distribuidores de cocaína vinculados a la estructura.

“Logren la captura del capo que maneja la red de Iván Mordisco”, ordenó el mandatario en recientes declaraciones.

Informes de inteligencia señalan que esta red criminal opera como un ecosistema transnacional con presencia en al menos 12 países, articulando rutas de narcotráfico entre Colombia y Europa, particularmente España.

Esta compleja estructura evidencia que, más allá del destino individual de su líder, el fenómeno continúa activo y en expansión.

Mientras las operaciones militares avanzan y las investigaciones forenses se intensifican, el país permanece a la espera de una confirmación definitiva.

La pregunta sigue abierta: ¿es este el fin de Iván Mordisco o un nuevo capítulo de incertidumbre en un conflicto que parece resistirse a terminar?

 

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