Santa Faustina revela que, en el juicio final, Dios tiene el poder de resucitar los cuerpos aunque hayan sido cremados, reuniendo cada partícula sin dificultad.

En un mundo donde la cremación se ha convertido en una práctica común, muchos se preguntan:
“¿Qué pasará con nuestros cuerpos en el gran día del juicio final?” Esta inquietud, que puede asaltar a cualquiera, encuentra respuesta en las visiones de Santa Faustina Kowalska, la gran secretaria de la misericordia divina.
Ella fue testigo de revelaciones profundas sobre la resurrección y el poder de Dios, que nos ofrecen una paz inmensa respecto a este tema.
Imagina, querido lector, el momento glorioso del regreso del Señor, cuando el cielo se abra y millones de ángeles desciendan en un silencio reverente. En ese instante, los cuerpos de aquellos que han partido, ya sea en cenizas o en polvo, comenzarán a resucitar.
La pregunta que muchos se hacen es: “¿Cómo puede Dios reunir esas cenizas esparcidas por el viento?” La respuesta es simple y gloriosa: el poder de Dios no tiene límites.
Él es el creador del universo, y si fue capaz de crear todo a partir de la nada, ¿realmente creemos que le costará reunir unas pocas partículas de carbono?
La preocupación por la cremación a menudo radica en la idea de que la materia desaparece. Sin embargo, para Dios, la materia nunca desaparece; solo cambia de estado. Cuando un papel se quema, no desaparece; se convierte en humo y cenizas.
De la misma manera, cada partícula que alguna vez formó parte de nosotros sigue existiendo en el universo. Dios, en su omnisciencia, sabe perfectamente dónde se encuentra cada una de estas partículas.
En sus diálogos íntimos con el Señor, Santa Faustina fue testigo de cómo el acto de la resurrección será simplemente un mandato divino. Dios no necesita buscar las piezas de un rompecabezas; Él decreta: “Vuelve a la vida en mi gloria”.
Así, el cuerpo resucitará instantáneamente, sin importar si proviene de cenizas o de polvo. La única condición para recibir ese cuerpo glorificado es la salvación del alma. Es el alma la que determina nuestro destino, no el estado en que se encuentre nuestro cuerpo.

Si algún familiar ha sido cremado, o si uno mismo ha considerado esta opción, es importante recordar que siempre que se haga con motivos legítimos y no con la intención de negar la resurrección, no hay razón para temer.
La muerte no tiene poder sobre el poder de Dios. El cuerpo glorificado que recibiremos será perfecto, inmortal y libre de las cadenas de la corrupción.
La forma en que nuestro cuerpo terrenal se descompuso o se redujo a cenizas es irrelevante ante la gloria de la resurrección. Lo que realmente importa es el estado de nuestra alma y si hemos vivido en gracia.
Santa Faustina también vio que el juicio final no se detiene a revisar si la urna estaba bien sellada o si la tumba fue profanada. El juicio se enfoca en el libro de la vida, en la misericordia que hemos recibido y en la misericordia que hemos dado.
La preocupación humana por la cremación se centra en la desaparición de la materia, pero para Dios, la materia nunca desaparece; solo cambia de estado.
Además, el juicio universal será un espectáculo público, donde se revelará la verdad completa sobre cada alma. Aquellos que sufrieron injustamente en la tierra verán su dolor registrado y el mal que les hicieron expuesto.
En este gran juicio, la inocencia de los justos será revelada y glorificada públicamente, mientras que las hipocresías de aquellos que parecían santos serán desenmascaradas. Este es el momento de la justicia perfecta, donde toda cuenta será saldada.

La misericordia de Dios es infinita, y Él nos ofrece su perdón. Sin embargo, debemos aceptar esa misericordia. Aceptar la misericordia implica acercarse al sacramento de la reconciliación, realizar obras de misericordia y confiar plenamente en Dios.
La devoción a la Divina Misericordia es un acto de abandono total en Jesús. Dudar de su capacidad para perdonar es poner límites a Dios, quien no tiene límites.
El mensaje de Santa Faustina es claro: el estado del alma es lo que realmente importa. La cremación no es un obstáculo para Dios, pero la falta de preparación espiritual sí lo es.
En el gran día, no habrá forma de disimular; toda la vida de la persona se revelará ante el juez divino. Cada alma verá su vida con los ojos de Dios, y este momento de lucidez absoluta será un fuego de dolor para aquellos que han rechazado la verdad.
Si esta verdad te ha dado paz, es momento de actuar. No temas por las cenizas, sino por el estado de tu alma. La preparación para el gran día no depende de la disposición de la materia, sino de la disposición del espíritu.
La clave de la eternidad es la santidad de nuestro espíritu. La muerte es inevitable, pero el juicio debe transformarse en diligencia en la vida. Si vives en gracia y buscas la santidad, no importa cómo se dispongan tus restos; el gran día será tu coronación.
Recuerda, querido lector, que la promesa de Jesús es clara: seremos protegidos en la hora de la muerte y en la hora del juicio. Permite que el amor de Dios sea el último pensamiento en tu mente y la primera certeza en tu alma.
La misericordia es la última tabla de salvación que Dios nos ofrece en estos tiempos. No dejes que el miedo a la muerte te paralice; busca la misericordia y vive en ella.
