Jessi Uribe rompió el silencio y habló con honestidad sobre su compleja amistad con Yeison Jiménez, marcada por comparaciones, rivalidad y una conexión emocional profunda.

A sus 35 años, Jessi Uribe ha decidido romper el silencio sobre su amistad con Yeison Jiménez, un vínculo que ha estado marcado por luces y sombras.
En una conversación íntima, Uribe revela detalles que muchos desconocían, incluyendo una enemistad personal que surgió de la presión de las comparaciones constantes entre ambos artistas.
“No soportaba que me compararan con Yeison”, confiesa Uribe, dejando entrever la rivalidad que existía detrás de su relación.
La última charla que tuvieron antes de la trágica muerte de Jiménez cobra un significado escalofriante a la luz de los acontecimientos recientes.
Uribe recuerda con pesar: “Hablamos de cosas cotidianas, pero entre líneas había una lucidez que hoy pesa”.
En esos momentos, Jiménez compartió sus inquietudes y sueños recurrentes, una sensibilidad que lo hacía cuestionar su propia existencia.
“Sentía señales, como si la vida no siempre avisara dos veces”, dice Uribe, reflejando la profundidad del pensamiento de su amigo.
La relación entre Uribe y Jiménez no solo se basaba en la música; era un intercambio de experiencias sobre el éxito y la presión que este conlleva.
“Hablábamos de lo que cuesta sostener el éxito, de la sensación de ir muy rápido mientras el alma pide pausa”, explica Uribe.
Esta conexión emocional era palpable en cada encuentro, desde camerinos vacíos hasta aeropuertos a altas horas de la madrugada, donde las conversaciones se volvían honestas y profundas.

Yeison Jiménez, conocido por su autenticidad, solía bromear para quitarle peso a temas serios, pero su mirada delataba una conciencia clara de la fragilidad de la vida.
“Era fuerte y frontal, pero también profundamente intuitivo”, recuerda Uribe, quien se sintió afortunado de conocer a Jiménez más allá de su imagen pública.
“Con él, no solo hablábamos de canciones, sino de lo que significa ser un artista en un mundo que exige más y más”.
La muerte de Jiménez dejó un vacío difícil de llenar.
Uribe relata cómo, al recibir la noticia, sintió un frío helado recorrer su cuerpo.
“La vida me obligó a repasar cada conversación con él, palabra por palabra.
Entendí entonces que Yeison no hablaba por hablar, él intuía”, dice Uribe, con la voz entrecortada.
Jiménez había expresado en varias ocasiones su temor a irse sin haber dicho todo lo que llevaba dentro.
“Lo único que le angustia no era morirse, sino irse con cosas guardadas”, aseguró Uribe.
El impacto de la pérdida fue profundo no solo para Uribe, sino para toda una nación que había crecido con la música de Jiménez.
“Su voz se apagó de una manera para la que nadie estaba preparado, y su historia sigue viva en cada persona que encontró refugio en una de sus canciones”, menciona Uribe, mientras reflexiona sobre el legado que dejó su amigo.

Jiménez no solo fue un cantante; fue un referente para muchos jóvenes que vieron en su historia una posibilidad real de salir adelante.
“Él sabía que la fama es un aplauso prestado, que hoy te levanta y mañana te olvida”, dice Uribe, recordando las lecciones que Jiménez compartió con él.
La música de Jiménez, llena de verdades y emociones, se convirtió en un refugio para aquellos que luchan día a día.
Uribe enfatiza que Jiménez vivió con una intensidad que pocos se atreven a cargar, dejando huellas profundas en quienes tuvieron la fortuna de llamarlo amigo.
“No se trató únicamente de una carrera con logros.
Fue una herencia construida desde lo más básico, a base de constancia, tropiezos y una honestidad que nunca estuvo en venta”, concluye Uribe.
La historia de Yeison Jiménez es un recordatorio de que, aunque la vida puede ser efímera, el impacto que dejamos en los demás puede perdurar para siempre.
“Hoy, esas palabras resuenan más fuerte que nunca, porque su voz se fue, pero su mensaje quedó”, afirma Uribe, con la esperanza de que la memoria de su amigo continúe viva en cada nota y en cada corazón que lo escuchó.
