Juan Fernando Fonseca rompe el silencio y revela el lado más Ăntimo y vulnerable de Yeison JimĂ©nez, marcado por tensiones internas, presiones del Ă©xito y una sensibilidad profunda que pocos conocĂan.

Pocos imaginaban que Juan Fernando Fonseca romperĂa el silencio, y mucho menos que lo harĂa sin filtros.
Sus palabras llegan como un golpe directo a la narrativa que durante años se construyó alrededor de Yeison Jiménez.
Aquà empiezan a encajar piezas que siempre estuvieron fuera de foco: conversaciones tensas, decisiones tomadas a puerta cerrada, disputas internas y episodios que jamás llegaron a los reflectores.
Fonseca se adentra en los quiebres que desgastaron vĂnculos, en las luchas por el timĂłn del proyecto, en la presiĂłn constante que impone el Ă©xito y en controversias que por mucho tiempo solo se susurraron entre camerinos y giras.
“¿Lealtades rotas? ÂżVerdades maquilladas para sostener una imagen? ÂżQuiĂ©n movĂa realmente los hilos cuando todo estaba en juego?” se pregunta Fonseca, reconociendo que lo que se revela no busca agradar ni tranquilizar.
Cada fragmento de su relato incomoda y arroja luz sobre decisiones que marcaron un antes y un después, aunque decirlo frente a una cámara tenga un precio alto.
Quienes han caminado por dentro de este negocio aprenden a leer las señales cuando algo deja de encajar, cuando el aplauso ya no logra disimular las grietas.
A Yeison lo conocĂ fuera del escenario, lejos del personaje pĂşblico y del ruido de la fama.
“Coincidimos en momentos Ăntimos, sin cámaras ni testigos, cuando las charlas se volvĂan crudas y no habĂa razĂłn para fingir”, recuerda Fonseca.
No eran diálogos sobre hits o cifras, sino sobre el peso de las decisiones, el desgaste emocional y la exigencia constante de sostener un nombre en la cima.
“Por fuera parecĂa indestructible, pero por dentro cargaba una claridad que inquietaba”, añade.
En más de una ocasión, Yeison soltó comentarios que entonces dejé pasar, ideas insistentes y presentimientos.
“No hablaba desde el miedo, sino desde una aceptaciĂłn silenciosa, como si ya estuviera enfrentando realidades que los demás preferĂan ignorar”.
Y cada vez que el tema giraba hacia los viajes, especialmente cuando habĂa que subirse a una avioneta, algo en su mirada cambiaba.
“Me confesaba que cuando estaba en el aire la mente se le aceleraba, que la quietud del cielo empuja a pensar en lo que uno suele dejar a un lado”.
Una llamada que aĂşn resuena en la memoria de Fonseca fue antes de uno de esos viajes.
Yeison dijo que llamaba para saludar, pero era evidente que necesitaba desahogarse.
“Ocurriera lo que ocurriera, deseaba que quedara claro que cada paso que dio lo hizo desde el cariño profundo por su música y por la gente que lo acompañó”.
No sonĂł a un adiĂłs explĂcito, pero sĂ a esas palabras que se quedan suspendidas y pesan más de lo habitual.
Con los años, Fonseca entendiĂł que Yeison guardaba mucho más de lo que decĂa, que elegĂa con cuidado quĂ© soltar.
“Yo intentaba anclarlo a todo lo bueno que todavĂa lo esperaba, empujarlo a mirar hacia adelante, aunque al mismo tiempo notaba que tenĂa una sensibilidad tan fina que a ratos estremecĂa”.
SolĂa decirme que la idea de morir no lo atormentaba.
“Lo que realmente le pesaba era partir con asuntos sin resolver, con emociones a medio camino, con verdades calladas por no generar ruido”.

Cuando ocurriĂł aquel accidente que casi lo cambia todo, muchas de nuestras charlas cobraron otro sentido.
“Ese dĂa viajaba como siempre, cargando con la presiĂłn de responderle a los demás antes que a sĂ mismo”.
HabĂan intercambiado mensajes horas antes, conversaciones normales en apariencia, pero que hoy se sienten distintas.
“Hablábamos de proyectos, del cansancio acumulado, de lo rápido que se va la vida cuando uno se entrega por completo”.
La noticia de su muerte fue un impacto helado.
“SentĂ como si el mundo se hubiera detenido para obligarme a recordar todas esas palabras que Yeison fue sembrando sin saber cuánto pesarĂan despuĂ©s”.
Fue entonces cuando entendĂ que hay artistas que no solo componen desde la intensidad, sino que parecen intuir lo que se aproxima.
“Yeison iba más allá del éxito y los escenarios”.
TenĂa una sensibilidad profunda y no esquivaba los temas difĂciles.
“Hablar con Ă©l sobre la muerte no tenĂa carga oscura ni exagerada.
Era una charla serena, casi reflexiva, como quien acepta que la vida es finita y decide no ignorarlo”.
En varias ocasiones, justo antes de subirse a un aviĂłn, me llamaba sin un motivo claro.
“Terminábamos hablando de proyectos que aĂşn no tomaban forma, de canciones que seguĂan siendo ideas”.
Con los años, Fonseca comprendió que en esos instantes Yeison buscaba algo auténtico, una presencia que lo anclara.
“SolĂa decir que la fama es inestable, que todo lo que parece firme puede desvanecerse de un momento a otro y que por eso lo Ăşnico verdaderamente importante es estar en paz con uno mismo cuando el ruido se apaga”.
Lo ocurrido lo evaluarán otros, pero Fonseca se queda con la impresiĂłn de que Yeison llevaba tiempo sintiendo más de lo que decĂa, interpretando señales y silencios que muchos eligen ignorar.
“Desde muy joven entendió que la música popular iba más allá del espectáculo.
Era una manera de abrirse por completo, de exponer temores, cicatrices y verdades difĂciles de nombrar”.
La partida de Yeison dejĂł un vacĂo imposible de llenar, el de un hombre que vivĂa para cantar, que cada dĂa se movĂa pensando en su prĂłximo encuentro con el pĂşblico, sin imaginar que aquel viaje marcarĂa el final de su camino.
“Lo que siguiĂł fue el resultado natural de una entrega absoluta, escenarios que parecĂan inalcanzables, multitudes que cantaban cada canciĂłn como si fuera propia y un reconocimiento que superĂł cualquier expectativa imaginable”.
Hoy, aunque su ausencia deja un silencio difĂcil de aceptar, la marca que dejĂł permanece intacta.
Porque se construyĂł desde la verdad, no desde la apariencia, y eso es lo que realmente perdura.