Análisis científicos modernos del Sudario de Turín revelaron ADN de múltiples regiones de Eurasia y África, así como polen y restos botánicos vinculados a Jerusalén y su entorno.

En la ciudad de Turín, un antiguo trozo de lino se encuentra bajo un meticuloso control climático, resguardado en una cámara estéril.
Este objeto, que no es oro ni joyas, sino una tela de 4,42 cm de largo y 1,13 cm de ancho, ha sido objeto de intenso debate durante siglos.
Su superficie, amarillenta por el paso del tiempo, lleva las cicatrices de un incendio en 1532, pero lo que realmente intriga es la imagen que parece emerger de su tejido: la silueta de un hombre desnudo, con los brazos cruzados, que para muchos representa el sudario funerario de Jesucristo.
La historia del sudario ha sido marcada por la controversia.
Para los creyentes, es la única evidencia material de la resurrección; para los escépticos, una obra maestra de falsificación medieval.
“¿Cómo pudo un artista del siglo XIV crear una imagen tan perfecta, un negativo fotográfico que desafía la lógica?”, se preguntan los investigadores.
Sin embargo, en el siglo XXI, la discusión ha tomado un nuevo giro gracias a la ciencia moderna.
La genética, la física y la espectroscopía han permitido un análisis que transforma el sudario de un ícono religioso a una escena del crimen.
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Un equipo de científicos, liderado por el profesor Jan Barcachi de la Universidad de Poduja, se propuso secuenciar el ADN de la tela.
Utilizando microaspiradores estériles, recolectaron micropartículas de polvo y polen, buscando rastros de su historia.
“No buscamos el ADN de Dios”, aclara Barcachi, “sino reconstruir la historia de la tela”.
Durante semanas, los ordenadores procesaron millones de secuencias, revelando un retrato colectivo de la humanidad en lugar de uno individual.
Los resultados sorprendieron al mundo científico: el sudario contenía huellas genéticas de poblaciones de todas las regiones de Eurasia y África.
“Encontramos ADN de Oriente Medio, África, India e incluso China”, explica Barcachi.
“Esto contradice la teoría de que el sudario es una falsificación medieval”.
Los investigadores hallaron marcadores característicos de la comunidad Drusa, un grupo étnico aislado de la región, y ADN asociado a antiguas comunidades cristianas africanas.
Pero lo más asombroso fue el ADN de Asia Oriental, que plantea la pregunta: “¿Cómo llegó esto a una tela que supuestamente fue creada en Europa?”.

El polen también reveló información crucial.
“Encontramos polen de Gundelia tournefortii, una planta que florece en Jerusalén durante la Pascua”, dice el botánico Abinam Danin.
Esta planta, utilizada para tejer coronas de espinas, sugiere que el cuerpo estuvo coronado con sus espinas.
Además, el análisis del polen mostró especies endémicas del desierto de Judea, lo que refuerza la conexión geográfica del sudario con Jerusalén.
La investigación no se detuvo en el ADN y el polen.
En 2017, un equipo italiano utilizó microscopía electrónica para analizar las manchas rojas en la tela.
“No encontramos pigmentos, solo sangre humana del grupo AB, lo que indica tortura extrema”, afirma el profesor Julio Fanti.
Las nanopartículas de creatinina y ferritina encontradas en la sangre sugieren que el hombre envuelto en el sudario había sufrido lesiones graves antes de su muerte.
“La composición química cuenta una historia de agonía que no puede ser replicada por un artista”, añade Fanti.
A pesar de los avances, el famoso análisis de radiocarbono de 1988 aún pesa sobre el sudario.
“Ese análisis situó la tela entre los años 1260 y 1390, concluyendo que era una falsificación”, explica el químico Rey Rogers.
Sin embargo, se descubrió que la muestra analizada había sido contaminada por reparaciones medievales.
“Tomar una muestra del lugar más reparado es como determinar la edad de una escultura antigua por un chicle pegado a su pedestal”, dice Rogers.

Con nuevas técnicas de datación, como el scattering de rayos X, se ha demostrado que el sudario es mucho más antiguo de lo que se pensaba, coincidiendo con tejidos de la época de la caída de Jerusalén en el año 70 d.C.
“La ciencia que parecía sepultar el milagro en 1988 lo ha restituido en 2022”, concluye Rogers.
Finalmente, el misterio de la imagen sigue sin resolverse.
La imagen no penetra profundamente en la tela, sino que afecta solo las fibras externas.
“Nadie ha podido reproducir el efecto observado”, dice Paolo de la Cer, un físico que ha trabajado en el tema.
“Solo un pulso breve de radiación ultravioleta podría haber creado una imagen así”.
La combinación de todos estos hallazgos plantea un desafío a la razón moderna.
El sudario de Turín sigue siendo un enigma, un artefacto que no se puede reproducir ni ignorar.
“Es un objeto que se comporta como una anomalía”, reflexiona Barcachi.
Con cada descubrimiento, la línea entre la fe y la ciencia se vuelve más difusa, y el sudario se erige como un testimonio tangible de un pasado que aún desafía nuestra comprensión.