Jerusalén alberga dos posibles sitios del entierro de Jesús: la Iglesia del Santo Sepulcro y el Jardín de la Tumba, cada uno con argumentos históricos y religiosos a favor y en contra.

Hoy, nos encontramos en Jerusalén, la ciudad donde Cristo murió, fue enterrado y resucitó.
Desde el primer momento que puse un pie en la Via Dolorosa, el mismo camino que Jesús recorrió cargando la cruz, sentí una mezcla de asombro y respeto que me recorrió todo el cuerpo.
“Miren esto, aquí es donde Jesús apoyó su mano mientras cargaba la cruz hacia el Monte Calvario”, dije en voz baja, sintiendo el peso de aquel momento histórico.
Era difícil distinguir entre lo simbólico y lo real, pero cada piedra, cada paso, evocaba una presencia que parecía atravesar los siglos.
Caminando entre los mercados, con sus olores, ruidos y multitudes, uno no deja de maravillarse de la Jerusalén contemporánea y reflexionar sobre lo que ocurrió hace más de 2000 años.
Al llegar al Monte Calvario, la emoción se intensificó. Imaginé a Jesús subiendo por estas pendientes, agotado, golpeado, cargando la cruz mientras su cuerpo soportaba un sufrimiento inimaginable.
“Si yo estoy cansado solo caminando, imaginen con la cruz después de la tortura, sin dormir, encadenado”, susurré, sintiendo escalofríos.

Finalmente, llegamos a la Iglesia del Santo Sepulcro, uno de los sitios más tradicionales donde se cree que Jesús fue crucificado y enterrado.
La majestuosidad del lugar es abrumadora, y la cantidad de personas reunidas para rendir homenaje da una sensación de energía y respeto que electriza.
Por siglos, la tradición cristiana ha mantenido esta ubicación como sagrada, respaldada por registros históricos que señalan que allí pudo haberse ubicado la tumba.
Además, descubrimientos arqueológicos sugieren que la actual iglesia, construida en el siglo VII, descansa sobre restos de estructuras cristianas más antiguas y posiblemente sobre un templo romano.
Sin embargo, no todo es claro. La Iglesia ha sido modificada y restaurada numerosas veces, lo que pudo alterar o esconder evidencias arqueológicas originales.
Además, según la Biblia, el lugar de la crucifixión y el entierro de Jesús debía estar fuera de las murallas de la ciudad, mientras que el Santo Sepulcro se encuentra dentro de ellas. Este detalle genera dudas sobre si realmente este es el lugar exacto.

Por eso nos dirigimos al otro posible sitio: el Jardín de la Tumba, ubicado fuera de las murallas de Jerusalén. Desde que llegamos, la sensación de paz y solemnidad se hizo evidente.
A diferencia de la agitación del Santo Sepulcro, aquí se respira tranquilidad. Caminamos por el sendero y observamos la piedra que podría haber cubierto la tumba.
De inmediato, algo llamó la atención: la forma de la roca parece un cráneo, evocando el Golgotha, el Monte de la Calavera, el lugar de la crucifixión según las Escrituras.
La proximidad entre esta formación y la tumba refuerza la hipótesis de que este podría ser el sitio verdadero donde Jesús fue enterrado.
Permanecer frente a la tumba genera una mezcla de emociones difíciles de describir. La calma, el silencio, la solemnidad, todo contribuye a un sentimiento profundo. “Amo a Jesús, saben… estar aquí es poderoso”, confesé, conmovido por lo que veía y sentía.
La experiencia me hizo reflexionar sobre la realidad histórica de Jesús, su existencia, y la verdad de que la tumba está vacía. La ausencia de imágenes, estatuas o pinturas en el Jardín de la Tumba permite imaginar la escena tal como pudo haber sido hace más de 2000 años.
La piedra, el espacio para rodar la roca que cerraba la tumba, todo contribuye a visualizar el momento de manera más auténtica y sencilla.
La jornada fue intensa, emocional y profundamente impactante. En contraste con la agitación de Jerusalén dentro de las murallas, aquí la conexión con la historia de Cristo se siente directa y personal.
Cada paso, cada piedra, cada silencio, remite a la vida, muerte y resurrección de Jesús. Las emociones afloran inevitablemente, recordándonos la humanidad y el legado de quien cambió la historia.
Al final del día, mientras contemplaba la tumba, sentí que no solo estaba presenciando un sitio histórico, sino experimentando un encuentro íntimo con la fe y la historia viva.
Cada rincón, desde la Via Dolorosa hasta el Jardín de la Tumba, revela algo único sobre el sacrificio y la trascendencia de Jesús.
A pesar de los debates sobre cuál de los sitios es el verdadero, la experiencia de estar en Jerusalén y contemplar estos lugares sagrados transmite un mensaje poderoso: Jesús existió, sufrió, murió y su tumba quedó vacía, dejando una enseñanza que trasciende el tiempo.
Este viaje por Israel, explorando la vida, muerte y resurrección de Jesús, culmina con una certeza emocional: la conexión con la historia y la espiritualidad de Cristo es algo que se siente, se vive y se recuerda para siempre.
La experiencia de recorrer los sitios donde Jesús vivió, predicó, murió y resucitó es un testimonio de fe, historia y humanidad que deja una huella imborrable en quien la vive.
Estar frente a la tumba vacía, ya sea en la Iglesia del Santo Sepulcro o en el Jardín de la Tumba, provoca un sentimiento indescriptible de reverencia y reflexión.
Más allá de la controversia sobre el sitio exacto, lo que importa es la experiencia, la emoción y la comprensión de que Jesús fue real y su legado permanece vivo en cada corazón que se acerca a estos lugares sagrados.
La jornada en Jerusalén no solo mostró piedras y edificios, sino la historia viva de la fe que ha perdurado por milenios.