Mel Gibson descubre una verdad oculta en la Biblia etíope que cambia por completo nuestra comprensión de la resurrección de Jesús

 

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La resurrección de Jesús ha sido objeto de debate durante siglos.

Sin embargo, lo que Mel Gibson acaba de descubrir en la Biblia etíope podría cambiar para siempre la forma en que entendemos lo sucedido entre el viernes de la crucifixión y el domingo de la tumba vacía.

Aunque se mencionan ciertos detalles en los evangelios y otros escritos, nunca se habían conectado de la manera en que Gibson los presenta.

En un revelador análisis, el cineasta ha desentrañado una secuencia de eventos sorprendentes que ocurren entre la muerte de Cristo y su resurrección, detalles que muchos podrían haber pasado por alto.

Y lo que encontró es algo que la mayoría de los creyentes nunca han escuchado.

Según Gibson, el misterio de la resurrección no se limita únicamente a lo que conocemos: la tumba vacía, el despertar de un hombre que había muerto, sino que es mucho más profundo.

Durante sus investigaciones, Gibson expone que existen tres momentos cruciales que, hasta ahora, no han sido explicados con la profundidad que merecen.

El primero ocurre justo después de la muerte de Jesús, el segundo en un lugar que pocos conocen y el tercero en un jardín al amanecer, donde una palabra pronunciada en arameo cambia la historia por completo.

 

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La historia comienza el viernes a las tres de la tarde, cuando Jesús, tras seis horas colgado de la cruz, finalmente muere.

En ese momento, los textos cristianos relatan eventos extraordinarios.

La tierra se sacudió, y geólogos han encontrado evidencia de actividad sísmica en la región del Mar Muerto que podría coincidir con ese evento.

Además, el velo del templo se rasgó de arriba a abajo, un suceso registrado no solo en los evangelios, sino también en fuentes judías como el Talmud y los escritos de Josefo.

Lo que sucedió en ese preciso instante, según los relatos, fue un desgarramiento del orden visible del mundo.

En el templo de Jerusalén, el velo, que representaba la separación entre Dios y los hombres, se rompió.

Este velo, tan grueso y alto que se necesitaban varios sacerdotes para manipularlo, se rasgó de arriba a abajo, como señal de que la presencia de Dios ya no estaría limitada a un solo lugar, sino que estaría disponible para todos.

Sin embargo, lo que ocurre después de la muerte de Jesús es aún más fascinante.

Según los textos bíblicos, el espíritu de Jesús no quedó en la tumba, sino que descendió al sheol, el reino de los muertos, donde predicó a las almas que habían esperado por siglos la llegada de su redentor.

Este acto, aunque descrito en el Nuevo Testamento, ha sido mal interpretado a lo largo de los siglos.

El apóstol Pedro lo menciona en su primera carta, y Pablo lo confirma en Efesios, refiriéndose a cómo Jesús descendió a las partes más bajas de la tierra antes de resucitar.

 

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Gibson no solo destaca estos hechos, sino que también señala que esta parte del relato no se limita a un simbolismo religioso.

En la Biblia etíope, se hace referencia a cómo las almas que habían esperado durante milenios en el sheol comenzaron a despertar, no como resucitados, sino como quienes finalmente vieron la luz después de un largo período de oscuridad.

Es una metáfora poderosa, pero Gibson la aborda de forma literal: la resurrección de Jesús fue el comienzo de un proceso que no solo afectó a su cuerpo, sino que alteró el destino de todas las almas.

El tercer momento clave en esta secuencia de eventos se da al amanecer del domingo, cuando María Magdalena llega al jardín y encuentra la tumba vacía.

En su pánico por la desaparición del cuerpo, ella se encuentra con un hombre que, al pronunciar su nombre en arameo, la hace reconocerlo como Jesús resucitado.

El encuentro es corto, pero cargado de poder.

“María”, pronuncia él, y en ese momento ella lo reconoce sin necesidad de razonamiento.

La experiencia de ver a Jesús vivo nuevamente es tan inmediata como desconcertante.

No hay dudas ni explicaciones, solo el reconocimiento absoluto de que el hombre que estaba ante ella era el mismo al que había seguido y perdido en la cruz.

 

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Este momento, según Gibson, es un hito en la historia de la resurrección.

Jesús no solo volvió a la vida, sino que cambió para siempre la concepción humana de la muerte.

Después de este encuentro, Jesús se presenta a sus discípulos, les muestra sus heridas como prueba de su sacrificio y les ofrece paz.

El último acto de esta resurrección es la ascensión, cuando Jesús se eleva al cielo ante sus seguidores, dejando claro que su misión no terminó, sino que comenzaba una nueva etapa en la historia humana.

Mel Gibson ha descubierto algo que muchos pasaron por alto: entre la crucifixión y la resurrección, hubo una transformación cósmica, no solo física.

Jesús descendió al reino de los muertos, despertó a los justos que esperaban y resucitó con un cuerpo glorificado, algo que los textos describen, pero rara vez se enfatiza con la importancia que merece.

La historia de la resurrección, tal como la relata Gibson, no es solo la historia de un hombre que vence la muerte, sino la historia de la victoria sobre el pecado y la promesa cumplida de que la vida eterna está al alcance de todos.

Esta revelación no solo cambia nuestra comprensión de los eventos descritos en los evangelios, sino que también recontextualiza lo que significa la resurrección: un acto divino que traspasa los límites de la muerte y de la misma existencia, y que promete a la humanidad una segunda oportunidad para alcanzar la gloria eterna.

 

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