La televisión iraní confirmó la muerte de Ali La televisión estatal iraní confirmó la muerte del ayatolá Ali Jamenei tras ataques atribuidos a Estados Unidos e Israel, desatando luto oficial, promesas de venganza y una escalada inmediata de tensiones en Oriente Mediotras ataques de EE.

La televisión estatal de Irán cerró el paso a las especulaciones al confirmar la muerte del ayatolá Alí Jamenei, líder supremo de la República Islámica, en el marco de los ataques ejecutados por Estados Unidos e Israel a primera hora del sábado.
La noticia, transmitida en un tono solemne y cargado de emoción, provocó escenas de conmoción en el país y reacciones inmediatas dentro y fuera de la región, en un momento en que el intercambio de golpes ya había elevado el nivel de alarma en Oriente Medio.
En su mensaje oficial, las autoridades iraníes elevaron el anuncio a la categoría de “crimen histórico” y marcaron, desde el primer minuto, una línea de respuesta que mezcló duelo, promesa de castigo y una narrativa de resistencia.
“La República Islámica considera su deber ilegítimo derecho buscar justicia y venganza contra los perpetradores y quienes ordenaron este crimen histórico y empleará todos sus recursos para cumplir con esta gran responsabilidad y obligación”, se escuchó en una declaración difundida tras la confirmación del deceso.
El mismo relato situó el ataque como un golpe directo al núcleo del poder teocrático, al señalar que la ofensiva también alcanzó a altos responsables del aparato de seguridad, como el ministro de Defensa y el jefe de la Guardia Revolucionaria.
La muerte del líder supremo, figura que durante décadas concentró la máxima autoridad política y religiosa del Estado, abrió un capítulo de incertidumbre institucional.
En el sistema iraní, el líder supremo no es un cargo ceremonial: controla las fuerzas militares, influye en el poder judicial, marca el rumbo político y define líneas estratégicas de Estado, incluido el programa nuclear.
La desaparición de Jamenei, tras casi cuatro décadas en el poder, deja un vacío simbólico de enorme peso, aunque las propias autoridades insistieron en que la estructura está preparada para evitar un colapso inmediato.

Las calles reflejaron la división interna que atraviesa a Irán.
En algunos puntos, el anuncio fue recibido con bailes y música, un gesto de desafío que, según el relato, contrastó con la ira oficial y con concentraciones de duelo en Teherán.
Miles de personas se reunieron para despedir al líder supremo entre lágrimas y golpes de pecho, mientras se multiplicaban escenas de luto y llamados a la unidad.
También hubo ecos en el exterior: en ciudades europeas se registraron manifestaciones de celebración de sectores de la diáspora que reclamaron un cambio político profundo, y en Norteamérica se repitieron concentraciones con consignas a favor de un “Irán libre”.
La escalada diplomática fue casi instantánea.
Las amenazas mutuas subieron de tono con declaraciones desde Washington.
“Irán acaba de declarar que hoy atacará con mucha fuerza, más fuerte que nunca.
Sin embargo, más les convendría que no lo hagan, porque si lo hacen, los golpearemos con una fuerza nunca antes vista”, advirtió el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un mensaje que elevó aún más el riesgo de una cadena de represalias.
El clima de tensión se reforzó con reacciones desde Moscú, donde el presidente ruso Vladimir Putin calificó la muerte de Jamenei como “asesinato” y como una violación cínica de la moral, en un contexto en el que Irán ha sido un socio estratégico de Rusia en los últimos años.
Desde el Vaticano llegó un llamado a frenar la espiral.
Ante una plaza abarrotada de fieles, el papa León XIV pidió detener el ciclo de amenazas y ataques.
“La estabilidad y la paz no se pueden construir mediante amenazas mutuas ni con armas que siembran destrucción, dolor y muerte.
Solo pueden lograrse mediante un diálogo razonable, genuino y responsable”, afirmó, alineándose con voces internacionales que alertan sobre el peligro de un conflicto regional extendido.

En Irán, mientras se instalaba un periodo oficial de 40 días de luto, el foco se desplazó al mecanismo de sucesión.
Se anticipó el inicio de un proceso complejo en el que un grupo de 88 clérigos deberá formalizar la elección de un nuevo líder supremo.
Analistas consultados en la cobertura advirtieron que no habrá una transición sencilla.
“No nos hagamos ilusiones, esto no va a ser fácil.
Esto no va a ser fácil”, se escuchó en un comentario que resumió el nerviosismo que rodea el proceso.
Según lo expuesto, mientras se consolida un relevo, un experto en jurisprudencia y filosofía islámica asumiría responsabilidades de conducción junto con el presidente Masud Pezeshkian y el jefe del poder judicial Golamín, con la misión de contener la presión internacional y las tensiones internas.
El impacto, sin embargo, desbordó las fronteras iraníes por el carácter religioso del cargo.
Voces señalaron que Jamenei no era solo un jefe de Estado, sino también un referente espiritual para amplios sectores del islam chiita, por lo que se registraron protestas y expresiones de duelo en territorios con población chiita.
En Cachemira, India, una declaración resumió el sentimiento de quienes lo consideraban un mártir: “Es motivo de profundo dolor.
Todo el mundo islámico está de luto hoy.
Nuestro líder, el Ayatolá Ali Hamenei, ha sido martirizado de forma despiadada”.
Con el país en duelo, la región en tensión y el mundo dividido entre celebraciones, condenas y llamados a la prudencia, la desaparición del líder supremo marca un punto de quiebre para Irán.
La pregunta ya no es solo quién lo reemplazará, sino cómo se reordenará el poder real en un sistema diseñado para resistir golpes externos, contener fracturas internas y proyectar fuerza en el momento más delicado de su historia reciente.
