El Partido Revolucionario Institucional enfrenta una crisis interna profunda con críticas abiertas de figuras históricas como Francisco Labastida y Aurelio Núño hacia Alejandro Moreno

 

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La política mexicana vive un momento sin precedentes: el histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI) enfrenta una crisis interna que amenaza con redefinir el mapa político nacional.

En un hecho extraordinario, figuras emblemáticas de la vieja guardia priista como Francisco Labastida Ochoa y Aurelio Núño Mayer han alzado la voz para criticar de forma directa al líder actual del partido, Alejandro “Alito” Moreno Cárdenas, acusándolo de conducir a la organización al colapso, erosionar su fuerza política y comprometer su legado histórico.

La escena, que algunos analistas comparan con una implosión interna, ocurre bajo la mirada silenciosa de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, mientras Moreno enfrenta acusaciones que van desde el descrédito electoral hasta señalamientos de prácticas poco transparentes dentro del PRI.

Desde el 27 de marzo de 2026, cuando en una sesión interna del Senado se condensaron las tensiones más profundas del partido, el desempeño de Moreno como dirigente ha sido objeto de duras críticas incluso desde las filas que pertenecen al mismo PRI.

 

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La dirigencia encabezada por Moreno ha sufrido una sangría electoral significativa en las últimas elecciones federales, donde el partido pasó de millones de votos a un descenso marcado que prácticamente ha reducido su presencia territorial a porcentajes mínimos respecto al electorado nacional.

La devastadora llamada de atención de Labastida no fue una metáfora: el expresidente y senador calificó a Moreno como el “sepulturero del PRI”, acusándolo de no solo fracasar en detener la decadencia, sino de acelerarla deliberadamente.

La frase resonó con fuerza entre priistas que han visto con alarma cómo la organización política que gobernó México durante décadas se ha desplomado.

“Aquí no hay estrategia, no hay rumbo”, declaró Núño, político asociado históricamente con el corazón tecnocrático del PRI y exfuncionario cercano a administraciones pasadas, al describir la frustración de sectores que consideran que Moreno ha convertido al partido en un cascarón vacío, sin ideología ni conexión real con la ciudadanía, situación que, según él, explica la debacle en las últimas contiendas electorales.

Mientras tanto, dirigentes como Labastida —que fue el primer candidato presidencial del PRI derrotado en 2000— recordaron que la fuerza del partido siempre estuvo en la unidad de sus distintas corrientes internas, no en la concentración de poder en una sola figura.

 

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La tensión interna del PRI se agrava además por cuestiones administrativas y de militancia.

Bajo la dirección de Moreno, el partido ha enfrentado problemas burocráticos como la pérdida de millones de afiliados debido al extravío de documentos y expedientes, lo que ha llevado a dar de baja a millones de militantes del padrón, un hecho que debilita institucionalmente a la organización y alimenta las críticas internas sobre la falta de gestión eficiente y transparente.

La reducción drástica de la base priista no solo pone en riesgo la legitimidad interna, sino que también alimenta la narrativa de que el PRI está inmerso en una crisis profunda de identidad y liderazgo.

El desplome de apoyo electoral y militancia es solo una parte de la problemática.

La disputa interna ha coincidido con acusaciones externas sobre el manejo de recursos y la transparencia de las finanzas del partido bajo Moreno, lo que ha alimentado aún más la impresión de que el PRI, lejos de regenerarse, está luchando contra un desgaste acelerado.

Aunque Moreno ha intentado defender su gestión y, en ocasiones, responsabilizar a la oposición y a los gobiernos en turno por la situación política del país, los cuestionamientos dentro de su propio partido han alcanzado un nivel que pocos imaginaban.

 

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La presidenta Sheinbaum, líder de Morena y principal rival político del PRI durante años, observa este colapso sin necesidad de intervención directa.

La fractura interna de la oposición ha debilitado significativamente la capacidad del PRI para articular una alternativa política sólida, y analistas consideran que esto podría consolidar la hegemonía del partido en el poder durante el resto del sexenio y más allá.

El silencio oficial desde el Palacio Nacional, lejos de ser mera indiferencia, es interpretado por algunos estrategas políticos como una postura calculada para dejar que el PRI se debilite por sus propias contradicciones internas.

En el epicentro de esta tormenta política, los discursos de Labastida y Núño han sido claros y contundentes: la permanencia de Moreno al frente del PRI no solo es un error histórico, sino un acto que pone en riesgo el futuro del partido, sacudiendo los pilares de una organización que fue sinónimo de poder en México durante gran parte del siglo XX.

Para muchos, la reunión senatorial del 27 de marzo quedará marcada como el momento en que el PRI enfrentó su mayor crisis interna, una ruptura que podría cambiar para siempre su rol en la política nacional.

La saga continúa, y mientras el partido se debate entre la reconstrucción y la fragmentación, el destino político de México sigue en juego.

 

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