La tensión entre el Gobierno de Gustavo Petro y la Fiscalía dirigida por Luz Adriana Camargo se intensifica tras la captura de un presunto narcotraficante colombiano en Dubái y el debate sobre una supuesta red criminal internacional

 

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La relación entre el presidente Gustavo Petro y la fiscal general Luz Adriana Camargo atraviesa uno de sus momentos más delicados, en medio de un cruce público de declaraciones sobre la existencia de una presunta estructura internacional del narcotráfico que, según el mandatario, operaría desde Dubái con ramificaciones en varios continentes.

El detonante reciente fue la captura en Emiratos Árabes Unidos de un ciudadano colombiano señalado por autoridades internacionales como presunto narcotraficante con procesos abiertos en Estados Unidos y vínculos en Europa.

Aunque la identidad completa no ha sido confirmada oficialmente por Colombia, el caso ha sido interpretado por el presidente como un indicio más de la existencia de lo que él denomina una “junta del narcotráfico”.

Desde la Casa de Nariño, Petro ha insistido en que estas redes funcionan como estructuras transnacionales altamente sofisticadas.

“El silencio de la Fiscalía General y los cuerpos investigadores es proverbial sobre la junta del narco”, afirmó el mandatario, sugiriendo que la falta de resultados en Colombia contrasta con avances en investigaciones internacionales.

 

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La fiscal Camargo, por su parte, ha sostenido una posición distinta.

En declaraciones públicas reiteró: “Hemos tratado de identificar, de acuerdo con los métodos investigativos que aplicamos, la existencia de una junta directiva del narcotráfico y no tenemos ninguna evidencia de que ella exista”.

Esta afirmación ha sido el centro del choque institucional.

El intercambio escaló cuando la fiscal respondió directamente a los cuestionamientos del presidente.

“Si el presidente tiene dudas sobre cómo se conduce la Fiscalía, debería acudir a los canales institucionales y denunciarme”, señaló, agregando que las críticas públicas “me dejan sin defensa y me quitan tiempo para la tarea real”.

Desde el entorno presidencial, la respuesta no se hizo esperar.

El abogado Alejandro Carranza cuestionó esa postura al afirmar que “el control ciudadano se ejerce a través de la denuncia penal, el debate público, la prensa y el Congreso”, subrayando que los funcionarios deben estar sometidos a un mayor nivel de escrutinio.

 

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En paralelo, informes de inteligencia y reportes periodísticos han mencionado la posible existencia de redes criminales que coordinan operaciones desde Dubái y Europa, conectando rutas de narcotráfico desde Sudamérica hacia otros continentes.

Estos informes también han señalado nombres de presuntos implicados, algunos con antecedentes judiciales en el exterior pero sin procesos activos en Colombia, lo que ha alimentado la controversia.

El caso adquiere mayor complejidad por la aparición de otros elementos investigativos.

Autoridades internacionales estarían siguiendo la pista a empresarios y contactos en Colombia que, según hipótesis preliminares, podrían tener vínculos indirectos con estas redes.

Sin embargo, hasta el momento no existen decisiones judiciales en firme en el país que confirmen dichas conexiones.

El presidente Petro ha utilizado estos elementos para reforzar su argumento sobre la transformación del narcotráfico en una estructura global.

“No estamos frente a los carteles de los años 80 o 90. Hoy son organizaciones multinacionales con alianzas en varios países”, ha señalado en distintos escenarios.

 

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A esta controversia se suma otro frente sensible: el avance de investigaciones históricas.

El mandatario entregó recientemente a la Fiscalía información relacionada con el asesinato de Carlos Pizarro, ocurrido en 1990.

En una comunicación oficial, Petro indicó que existen “indicios que convergen en posibles responsabilidades de actores con acceso logístico dentro de la operación aérea”, lo que reabre interrogantes sobre uno de los magnicidios más emblemáticos del país.

Mientras tanto, sectores críticos han cuestionado el desempeño general de la Fiscalía, señalando cifras sobre procesos archivados y la falta de avances en casos de alto impacto.

Desde la institución, sin embargo, se insiste en que las investigaciones requieren rigor técnico y que no pueden basarse únicamente en afirmaciones públicas o presiones políticas.

El trasfondo de esta disputa refleja un problema estructural: la dificultad de articular respuestas coordinadas frente a fenómenos criminales cada vez más complejos y globalizados.

La tensión entre el Ejecutivo y la Fiscalía, lejos de resolverse, parece intensificarse en un contexto donde cada captura internacional o nuevo indicio reaviva el debate.

En este escenario, Colombia enfrenta no solo el reto de esclarecer la existencia o no de una “junta del narcotráfico”, sino también el desafío de fortalecer la confianza institucional en medio de una confrontación pública que pone a prueba el equilibrio entre poderes.

 

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