El James Webb miró demasiado lejos: las galaxias imposibles que no deberían existir y que ahora obligan a reescribir el origen del universo” 🕳️🔭🔥

Hace 13.000 millones de años el universo estaba mucho más caliente. Y el  Webb acaba de encontrar una de las consecuencias de esto

Durante décadas, la cosmología se apoyó en una narrativa sólida.

El universo nació hace unos 13.800 millones de años en el Big Bang.

Primero fue un plasma ardiente, luego átomos, después estrellas, más tarde galaxias pequeñas que, con el paso de cientos de millones de años, se fusionaron para formar estructuras complejas.

Todo ocurrió de forma gradual.

Lenta.

Predecible.

El telescopio Hubble confirmó esta historia una y otra vez.

Para explicar lo que no veíamos directamente, introdujimos dos conceptos incómodos pero funcionales: la materia oscura, el pegamento invisible que mantiene unidas a las galaxias, y la energía oscura, la fuerza misteriosa que acelera la expansión del espacio.

Juntos forman el modelo Lambda-CDM, el marco estándar de la cosmología.

No era perfecto, pero funcionaba.

Hasta que llegó el James Webb.

Lanzado en diciembre de 2021 y operativo desde 2022, el JWST no observa el universo como Hubble.

Ve en infrarrojo.

Eso le permite captar luz extremadamente antigua, estirada por la expansión del espacio durante miles de millones de años.

En otras palabras, el Webb es una máquina del tiempo cósmica.

Y lo que encontró fue profundamente perturbador.

En regiones donde el universo tenía apenas entre 280 y 300 millones de años de edad, el James Webb detectó galaxias completamente formadas.

No manchas difusas.

No protogalaxias débiles.

Por qué el telescopio espacial James Webb podría detectar vida  extraterrestre - Infobae

Sino estructuras masivas, brillantes y organizadas, con cientos de millones de estrellas ya encendidas.

Ejemplos como JADES-GS-z14-0 y MoM-z14 rompieron récords de distancia y antigüedad.

Sus corrimientos al rojo, superiores a 14, indican que existieron cuando el universo aún era un infante.

Pero estas galaxias no se comportan como bebés cósmicos.

Se parecen más a adultos plenamente desarrollados.

El problema es brutal.

Según nuestros modelos, no hubo tiempo suficiente para que eso ocurriera.

Las galaxias se forman cuando el gas cae lentamente en halos de materia oscura, se enfría, forma estrellas, estas mueren, explotan como supernovas y enriquecen el entorno con elementos pesados como carbono, oxígeno y nitrógeno.

Ese proceso debería tomar cientos de millones de años, incluso en condiciones ideales.

Sin embargo, el Webb observa galaxias tempranas que ya contienen esos elementos pesados.

Eso implica múltiples generaciones estelares previas.

Algo que, cronológicamente, no debería haber sucedido.

Las matemáticas no cuadran.

La física no alcanza.

Y no es un caso aislado.

El JWST ha identificado decenas de galaxias similares en distintos campos de observación.

Demasiadas para atribuirlo al azar.

Demasiadas para culpar a un error instrumental.

El problema ya no está en los datos.

Está en la teoría.

Para empeorar la situación, estas galaxias parecen haber convertido casi todo su gas en estrellas.

Una eficiencia cercana al 100%.

En el universo actual, una galaxia típica apenas transforma el 10% de su gas.

El resto queda como polvo, nubes, residuos.

Aquí no.

Es como si una ciudad apareciera de la nada, completamente construida, sin restos de obra ni señales del proceso.

Ante este escenario, los científicos se enfrentan a una disyuntiva inquietante.

O no entendemos cómo se forman las galaxias… o no entendemos cuándo se formaron.

Ambas opciones son devastadoras para la cosmología moderna.

Algunos investigadores proponen que el universo primitivo era radicalmente distinto.

Tal vez la formación estelar fue mucho más eficiente.

Tal vez existieron mecanismos físicos hoy desaparecidos.

El telescopio espacial James Webb sufre un fallo en su software

Otros sugieren colapsos directos masivos: enormes nubes de gas transformándose casi instantáneamente en estrellas.

Pero incluso estos modelos luchan por explicar la metalicidad y la estructura observada.

Entonces surge una posibilidad más peligrosa.

¿Y si el problema no está en las galaxias, sino en el tiempo?

El corrimiento al rojo, nuestra principal herramienta para medir distancias y edades cósmicas, asume que la expansión del universo ha sido uniforme y bien comportada.

Pero si las constantes fundamentales variaron en el pasado, o si la expansión fue no lineal, entonces nuestra cronología podría estar equivocada desde la raíz.

Esto nos lleva al concepto de la esfera de Hubble, el límite más allá del cual las galaxias se alejan de nosotros más rápido que la luz debido a la expansión del espacio.

Según la teoría, la luz emitida más allá de ese horizonte no debería alcanzarnos jamás.

Y sin embargo, el James Webb parece estar captando luz de regiones que, en el momento de su emisión, estaban más allá de ese límite.

Esto no significa que la luz viajara más rápido que la luz.

Significa algo más inquietante: que nuestra comprensión de los límites causales del universo podría ser incompleta.

Tal vez el horizonte no es rígido.

Tal vez es dinámico, curvo o incluso permeable bajo ciertas condiciones extremas.

Algunos físicos proponen universos cerrados, donde el espacio se curva sobre sí mismo y la luz puede dar la vuelta al cosmos.

Otros hablan de lentes gravitacionales extremas, trayectorias deformadas o incluso geometrías espacio-temporales no convencionales.

Ideas que antes eran marginales ahora se discuten seriamente en artículos revisados por pares.

Y luego está lo verdaderamente inquietante.

Durante el análisis de fondo de los datos del Webb, algunos investigadores han identificado lo que llaman un “pulso cósmico”: una frecuencia débil, rítmica y extraordinariamente regular.

No corresponde a púlsares, ondas gravitacionales ni ruido instrumental.

Se repite con una precisión matemática que desconcierta.

Además, se ha observado un fenómeno aún más extraño: una señal luminosa que desapareció en el límite del universo observable y reapareció después desde otra dirección, con la misma huella espectral.

Como si la luz hubiera rebotado en algo.

En física, la luz no regresa.

A menos que choque con una superficie.

Las explicaciones aceptables se reducen a dos.

O vivimos en un universo cerrado donde la luz puede circunnavegar la realidad… o existe algún tipo de límite, estructura o frontera en el cosmos.

La idea de un universo infinito empieza a resquebrajarse.

Esto ha reavivado teorías radicales: universos cíclicos, rebotes cósmicos, geometrías fractales, dimensiones superiores e incluso la posibilidad de que el Big Bang no fuera un comienzo, sino una transición desde algo anterior.

Un universo previo.

O varios.

La Nación / “Es altamente probable que exista vida inteligente en otros  mundos”

Si eso es cierto, el James Webb no estaría observando el nacimiento del cosmos, sino los restos de una historia más antigua.

Galaxias que no son primitivas, sino heredadas.

Ecos de una memoria cósmica que nunca se borró del todo.

Nada de esto es una afirmación definitiva.

Los científicos son cautelosos.

Pero una cosa ya es innegable: el universo no se está comportando como debería.

Las reglas que creíamos universales parecen tener límites.

Y esos límites acaban de ser alcanzados.

El James Webb no ha destruido la física por completo.

Pero sí ha hecho algo igual de inquietante.

Ha demostrado que no sabemos tanto como creíamos.

Y cuando el cosmos deja de obedecer nuestras ecuaciones, la realidad vuelve a ser territorio desconocido.

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