🎭⚖️ El juez que gobernó la risa y fue borrado del mapa: la vida secreta de Aníbal de Mar —de voz que paralizaba ciudades a la extenuante soledad del exilio, los silencios que la historia intentó enterrar y la última frase que nadie oyó decir🎭⚖️

Nació en la costa abrupta de Guantánamo con otro nombre, Evaristo Simón Domínguez, y con la pobreza como primera escuela.
Desde muy joven aprendió a transformar la carencia en repertorio: la voz como herramienta, la imitación como oficio y el humor como pasaporte.
Cambió su identidad por una más sonora —Aníbal de Mar— y con ese gesto de renacimiento empezó a tallar su leyenda.
No fue un ascenso suave: fue una escalada rápida, eléctrica, una combustión cultural que lo llevó desde los teatros modestos de Santiago hasta los salones de La Habana, donde la radio empezaba a dictar el ritmo de la vida nocturna.
En los años treinta y cuarenta la radio era una máscara colectiva y Aníbal sabía ponérsela mejor que nadie.
Su talento para encarnar a varios personajes en una misma emisión lo convirtió en un fenómeno: podía ser padre y hijo, sabio y bufón, detective y payaso, todo en el mismo aliento.
Cuando interpretó a Chan, el detective de mirada fría y deducción filosa, la nación se detuvo.
Las familias apagaban hornallas y bajaban la música para escuchar sus cliffhangers nocturnos.
Cuando leyó el papel del tremendo juez, clavó en la lengua popular frases que perduran: su mazo sonaba y el público volvía a reír de sí mismo.
La popularidad se multiplicó: cine, discos, giras, un dúo legendario con Leopoldo Fernández que creó Pototo y Filomeno y consolidó la comedia cubana como un arte de ritmo y conciencia social.
Sus rutinas satirizaban la vida y, bajo la carcajada, colaban críticas afiladas sobre identidades, poder y costumbres.
Pero la risa nunca fue un territorio seguro por siempre.

La historia gira rápido, y en 1959 la revolución trajo consigo un nuevo telón: la sátira, ese espejo incómodo, empezó a mirar también hacia quienes mandaban.
Lo que antes era licencia creativa se podía leer ahora como afrenta, y la maquinaria del cambio político escrutó cada chiste.
La Tremenda Corte —ese tribunal absurdo y delirante donde Aníbal presidía con gravedad cómica— fue un fenómeno que funcionó como termómetro cultural: hasta que dejó de serlo.
Cancelaciones abruptas, confiscación de guiones, el clima enrarecido de la censura: aquello que generó carcajadas se transformó en riesgo.
No hubo un gran escándalo mediático que lo expulsara; su salida fue más sutil, más descarnada: un desvanecimiento programado por la lógica del poder.
Donde antes hubo una ovación diaria, apareció un silencio oficial; donde hubo centralidad radial, quedó un hueco.
El exilio fue su segunda vida.
Miami se convirtió en refugio de su oficio: teatros modestos, cassettes que circulaban entre manos que añoraban la isla, el reencuentro con públicos desplazados.
Allí Aníbal intentó reconstruir el imperio de la risa con lo que tenía: una voz, memoria y oficio.
Volvió a ser aplaudido, sí, pero en otro registro: la nostalgia, no la primicia, marcaba ahora el ritmo.
Aun así, su contribución no fue solo para los suyos; también alimentó generaciones: en México dejó huellas en las primeras fórmulas televisivas que luego puliría Chespirito, ese joven creativo que reconoció en Aníbal una matriz de ritmo y timing humorístico.
En los pasillos de las primeras grabaciones televisivas quedó un residuo de la radio cubana: la precisión del silencio antes del remate, la respiración compartida del público y la escena.
El final de su vida no fue una caída escandalosa sino un retiro sin pompa.

Murió en Miami en 1980, con su mazo guardado pero su eco intacto en grabaciones que siguieron viajando por América Latina.
No hubo funerales multitudinarios ni titulares de prensa que señalaran el cierre de una era; la historia oficial siguió su curso mientras la risa que él fabricó continuaba circulando en cocinas, taxis y barberías.
Para muchos, su “20 pesos de multa” siguió siendo el chiste perfecto que decía más de lo que aparentaba: una pequeña sentencia que retrataba la absurda condición humana.
La vida de Aníbal de Mar, contada así en cresta y vértigo, es un recordatorio cruel y hermoso: la comedia puede ser epopeya y exilio a la vez.
Su legado no es sólo un catálogo de personajes memorables; es la prueba de que la risa puede ser resistencia y también víctima de los cambios históricos.
En cada fragmento de sus grabaciones hay capas: talento, ingenio, una patria que lo moldeó y otra que lo olvidó.
Y en ese vaivén, Aníbal aprendió lo que muchos artistas descubren tarde: la fama no garantiza memoria y el aplauso no protege del olvido.
Hoy, cuando alguien repite esa coletilla del tribunal absurdo, cuando una radio rescata un capítulo viejo o un clip viral de la Tremenda Corte circula entre jóvenes curiosos, ahí está Aníbal: en la precisión del remate, en la cadencia de la frase y en el espanto dulce de saber que el humor, como la historia, siempre tiene la última palabra.