La extraña carta que escribió Rasputín a su familia un mes antes de que lo  mataran - Archivo ABC

 

 

La figura de Grigori Rasputín sigue envuelta en misterio más de un siglo después de su muerte.

Cercano a la corte del zar Nicolás II de Rusia y de la zarina Alejandra Fiódorovna, su influencia sobre la familia imperial —especialmente por su aparente capacidad para aliviar la hemofilia del heredero Alexéi Románov— lo convirtió en una figura tan poderosa como polémica.

Sin embargo, mientras su asesinato en 1916 ha sido ampliamente narrado, el destino de su familia quedó marcado por el sufrimiento, la persecución y el olvido.

Rasputín nació en 1869 en Siberia, en el seno de una familia campesina golpeada por la tragedia.

De los varios hijos de sus padres, la mayoría murió en la infancia, una realidad común en la Rusia rural de la época.

Aquellas pérdidas tempranas marcaron profundamente su carácter.

Su hermano Dmitri falleció tras caer en un río helado, y su hermana María murió a causa de un ataque epiléptico.

Estas experiencias, según algunos historiadores, influyeron en su posterior inclinación hacia la espiritualidad.

Años después, Rasputín se casó con Praskovia Dubrovina, con quien tuvo siete hijos, aunque solo tres sobrevivieron hasta la adultez: Dmitri, Varvara y Matrena, conocida posteriormente como María.

Mientras él se trasladaba a San Petersburgo para integrarse en la corte imperial, su esposa permanecía en Siberia, protegiendo a la familia de los rumores y escándalos.

La distancia no impidió que Rasputín mantuviera contacto constante, enviando dinero y regresando cuando podía.

 

 

 

Grigori Rasputín con Alejandra Fiódorovna y sus hijos, la familia real  rusa, 1908 [627x849] : r/HistoryPorn

 

 

Tras su asesinato —atribuido a un grupo de nobles encabezados por Félix Yusúpov— la familia quedó expuesta a una Rusia en transformación.

La Revolución de 1917 no solo acabó con la dinastía Románov, sino que también convirtió a los allegados de Rasputín en enemigos del nuevo régimen bolchevique.

La tragedia alcanzó rápidamente a sus descendientes.

Varvara murió en la pobreza alrededor de 1925, víctima de tifus, una enfermedad devastadora en la Rusia de posguerra.

Dmitri, por su parte, fue arrestado por las autoridades soviéticas y enviado a un campo de trabajo forzado, donde murió en 1933 tras sufrir disentería.

Su madre, Praskovia, vivió sus últimos años en la miseria antes de fallecer en 1936.

La única que logró escapar de ese destino fue María Rasputina.

Su vida estuvo marcada por el estigma del apellido.

“Mi padre no fue el monstruo que describen”, insistía en sus memorias.

Tras la revolución, huyó de Rusia junto a su esposo Boris Soloviev, iniciando un largo exilio por Europa que los llevó finalmente a París.

Allí, enfrentada a la pobreza tras enviudar, trabajó como bailarina de cabaret, una decisión que reflejaba tanto necesidad como resiliencia.

María también llevó su historia a escenarios insólitos.

En Berlín y posteriormente en Estados Unidos, actuó en circos, incluso como domadora de leones.

Su vida parecía un reflejo dramático del mito de su padre: supervivencia en medio del espectáculo y la controversia.

“Tenía que demostrar que podía dominar a las fieras como él dominaba a las personas”, se le atribuye haber dicho en entrevistas de la época.

 

 

Rasputín, el místico que llevó a Rusia al abismo

 

 

 

Instalada finalmente en Estados Unidos, María intentó limpiar la imagen de Rasputín.

Publicó varios libros en los que defendía su figura y cuestionaba las versiones más sensacionalistas de su muerte.

“Lo han demonizado o convertido en santo, pero fue un hombre”, afirmaba, intentando humanizar al personaje histórico.

Murió en 1977 en Los Ángeles, dejando tras de sí un legado contradictorio: el de una familia destruida por la historia, pero también sobreviviente.

Sus descendientes viven hoy en Occidente, principalmente en Francia.

Entre ellos destaca Laurence Huot-Soloviev, bisnieta de Rasputín, quien ha intentado reconciliar la memoria familiar con la historia.

“Está demonizado o deificado, y mi misión es hacerlo más humano”, declaró Laurence durante una visita a Rusia.

Su testimonio refleja el peso de un apellido que, incluso un siglo después, sigue generando fascinación y rechazo.

Existen también relatos de posibles descendientes ilegítimos en Rusia, aunque ninguno ha sido confirmado de forma concluyente.

Pruebas de ADN realizadas en años recientes no lograron establecer vínculos definitivos, dejando abierta la posibilidad de que la historia familiar de Rasputín aún tenga capítulos ocultos.

Así, mientras el mito del “monje loco” continúa alimentando libros y teorías, la historia de su familia revela una verdad más cruda: la de personas arrastradas por los acontecimientos de su tiempo, marcadas por la violencia política, el exilio y la lucha por sobrevivir a una leyenda que nunca les perteneció del todo.