Accidente El Alto: hay 22 muertos y se investigan las causas del siniestro

El 27 de febrero de 2026, una aeronave C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Boliviana despegó desde Santa Cruz de la Sierra con destino a La Paz.

A bordo viajaban ocho tripulantes y una carga poco común pero crítica: toneladas de billetes nuevos del Banco Central de Bolivia.

Era una misión logística más.

De esas que rara vez aparecen en los titulares.

El Hércules no era cualquier avión.

Durante décadas, este modelo ha demostrado ser uno de los más robustos y versátiles del mundo, capaz de operar en condiciones extremas.

Pero incluso las máquinas más confiables tienen límites… y ese día, esos límites fueron puestos a prueba.

El destino no era sencillo.

El aeropuerto de El Alto, ubicado a más de 13,000 pies sobre el nivel del mar, es uno de los más desafiantes del planeta.

A esa altitud, el aire es más delgado.

Los motores pierden potencia.

Las alas generan menos sustentación.

Y lo más crítico: las distancias de frenado aumentan considerablemente.

Todo esto reduce el margen de error a niveles peligrosos.

Horas antes de la llegada del vuelo, el clima ya daba señales de alerta.

Reportes indicaban la presencia de tormentas, nubes densas y condiciones cambiantes.

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Aunque no se confirmó oficialmente el granizo en los informes meteorológicos iniciales, múltiples testigos en tierra describieron una intensa caída de hielo poco antes del aterrizaje.

Ese detalle sería clave.

La aeronave inició su aproximación alrededor de las 6:15 de la tarde.

No hubo llamadas de emergencia.

No se reportaron fallas.

Todo indicaba que el aterrizaje se desarrollaría con normalidad.

Y, de hecho, así comenzó.

El Hércules tocó pista correctamente.

Durante los primeros instantes, nada parecía fuera de lugar.

Pero casi de inmediato, algo empezó a fallar.

El avión no desaceleraba.

La tripulación, entrenada para este tipo de situaciones, seguramente activó todos los sistemas disponibles: frenos, reversas, procedimientos estándar.

Pero la aeronave seguía avanzando.

Demasiado rápido.

Demasiado lejos.

En ese momento, el margen de error ya había desaparecido.

El Hércules recorrió toda la pista… y no se detuvo.

Salió del aeropuerto.

Pero no se detuvo.

Continuó avanzando cerca de un kilómetro fuera del perímetro, invadiendo una avenida transitada en la ciudad de El Alto.

Lo que siguió fue una escena de destrucción inmediata: vehículos aplastados, estructuras impactadas, personas atrapadas sin posibilidad de escape.

Más de 20 vidas se perdieron en cuestión de segundos.

Dentro de la aeronave, los tripulantes resultaron gravemente heridos.

Uno de ellos no sobrevivió.

Pero lo más impactante aún estaba por desarrollarse.

Entre los restos del avión, esparcidos por la carretera y zonas cercanas, comenzaron a aparecer miles de billetes.

Dinero nuevo, sin circular, lanzado por el impacto como si fuera parte de una escena irreal.

En cuestión de minutos, la tragedia tomó un giro aún más caótico.

Personas comenzaron a llegar al lugar.

Algunos por curiosidad.

Otros, atraídos por el dinero.

Lo que debía ser una zona de emergencia se convirtió en un escenario descontrolado, donde civiles intentaban recoger billetes mientras los equipos de rescate luchaban por atender a los heridos.

La policía tuvo que intervenir con gases lacrimógenos para dispersar a la multitud.

Una escena que, más allá del accidente, dejó una imagen profundamente perturbadora: el contraste entre la tragedia humana y la desesperación por aprovechar una oportunidad inesperada.

Sin embargo, ese dinero no tenía valor legal.

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Según las autoridades, los billetes no estaban activados oficialmente, lo que significa que no podían ser utilizados.

Aun así, el caos ya estaba desatado.

Mientras tanto, la investigación comenzaba a tomar forma.

Aunque no hay conclusiones definitivas, una hipótesis se impone sobre las demás: condiciones meteorológicas adversas combinadas con una pista contaminada.

Si el granizo efectivamente cubrió la superficie, la fricción entre las ruedas y el asfalto pudo haberse reducido drásticamente.

En casos extremos, esto provoca hidroplaneo, donde los neumáticos prácticamente pierden contacto efectivo con la pista.

En ese escenario, frenar se vuelve extremadamente difícil.

Y si a eso se suma la altitud extrema, que ya de por sí aumenta la distancia necesaria para detenerse, el resultado puede ser devastador.

Todo indica que este accidente no comenzó en el aire.

Comenzó en esos últimos segundos.

En el momento en que las ruedas tocaron una pista que ya no ofrecía agarre.

En el instante en que la física superó la capacidad humana de reacción.

Ahora, los investigadores deberán analizar múltiples factores: el estado real de la pista, el peso exacto de la aeronave, el rendimiento de los sistemas de frenado, y las condiciones meteorológicas precisas en ese momento.

Pero mientras las respuestas llegan, una imagen queda grabada con fuerza:

Un avión que no pudo detenerse.

Una ciudad sorprendida.

Y billetes volando entre el caos… como un símbolo inquietante de una tragedia que nadie vio venir.