Jessi Uribe rompe su silencio y revela que su relación con Yeison Jiménez estuvo marcada por una conexión profunda, pero también por tensiones, rivalidad silenciosa y emociones nunca resueltas.

Jessi Uribe decide hablar cuando nadie lo esperaba y lo hace sin adornos, abriendo una puerta que durante años mantuvo cerrada.
Por primera vez, se atreve a contar cómo fue realmente su vínculo con Yeison Jiménez: una conexión intensa, cargada de momentos genuinos, pero también atravesada por tensiones que nunca salieron a la luz.
“Hubo fricción, orgullo herido y una competencia silenciosa alimentada por constantes comparaciones que nos desgastaron por dentro”, confiesa Uribe.
“¿Fue solo rivalidad profesional o algo más profundo que jamás se resolvió?” Las razones de su silencio, el contenido de ese último contacto y lo que realmente sentía se entrelazan en un relato que rompe versiones anteriores y obliga a replantearlo todo.
“No es fácil poner esto en palabras sin que la voz tiemble”, dice Uribe, recordando los momentos compartidos.
“Cuando uno lleva la música en la sangre, aprende a percibir cosas que no se dicen: pausas incómodas, miradas que hablan más que mil frases”.
A Yeison lo conoció cuando no había cámaras ni aplausos, cuando el show terminaba y quedaba el ser humano.
“Nos cruzamos en noches largas, entre vuelos atrasados y pasillos silenciosos, en espacios donde el cansancio hace caer las máscaras y las charlas se vuelven crudas, reales, sin personajes ni poses”.
Con Yeison, las conversaciones iban mucho más allá del escenario y de los logros visibles.
Hablaban de lo que pesa la fama cuando deja de ser un sueño y se convierte en responsabilidad.
“Él tenía una manera especial de mirar la vida, una mezcla de carácter firme y una percepción muy fina de lo que lo rodeaba”, recuerda Uribe.
“No era alguien superficial; cuestionaba, analizaba, sentía de más”.

En más de una ocasión, ya entrada la noche y con el ruido apagado, Yeison compartió pensamientos que hoy no puede sacar de la cabeza.
“Hablaba de intuiciones difíciles de ignorar, imágenes que se le repetían, sensaciones que no sabía explicar pero que sentía como mensajes”.
Esa capacidad de ver más allá de lo evidente es lo que hizo que su relación fuera tan especial.
“Lo que realmente le inquietaba no era el final, sino dejar asuntos pendientes, emociones sin expresar, verdades atrapadas por falta de tiempo”, añade Uribe, evocando una noche después de un evento importante.
“Me confesó que a veces quería demasiado rápido, como si el reloj siempre estuviera en su contra”.
Sin embargo, todo cambió con un episodio que estuvo a punto de arrebatárnoslo.
“Ese día seguía adelante como siempre, guiado por el compromiso y la costumbre de pensar primero en los demás”, dice Uribe.
“Para él, fallarle al público no era una opción, aunque eso significara dejarse en segundo plano”.
Unas horas antes, habían intercambiado mensajes, conversaciones simples, chistes rápidos, planes que quedaban en el aire.
“Nada parecía fuera de lo normal, pero hoy, visto en retrospectiva, había una claridad silenciosa que pesa más de lo que entonces imaginé”.
Cuando comenzaron a circular las noticias y los teléfonos no dejaban de sonar, Uribe sintió un golpe seco por dentro, una sensación fría que lo obligó a reconstruir cada diálogo, cada detalle compartido.

“Comprendí que Yeison no hablaba al azar; él percibía cosas, podía tocar temas profundos sin dramatismo, con una calma que descoloca”, afirma Uribe.
“Aceptaba la fragilidad de la vida y aún así decidía entregarse por completo”.
Yeison no solo interpretaba letras, las encarnaba.
Cada emoción la llevaba al límite y eso dejaba huella en cualquiera que tuviera la suerte de conocerlo de cerca.
“Más de una vez me dijo que lo que realmente le inquietaba no era el final, sino dejar asuntos pendientes”, recuerda Uribe.
Con el tiempo, Uribe comprendió que Yeison observaba la existencia desde un lugar poco común, con una lucidez que no todos están dispuestos a soportar.
“Llevar ese peso mientras afuera todo es ovación, compromisos y expectativas infinitas termina pasando factura”, reflexiona Uribe.
“Hoy, cuando su ausencia se siente tan fuerte, confirmo que Yeison no solo interpretaba letras, sino que dejaba una marca profunda en quienes logramos conocerlo sin reflectores”, concluye Uribe.
Su legado sigue vivo en cada nota, en cada palabra que resonó en el corazón de millones, recordándonos que la música no solo es un arte, sino un refugio para las almas que buscan conexión y verdad.
