En septiembre de 2003, una combi de transporte público avanzaba por una carretera angosta y serpenteante en las montañas de Cajamarca, Perú. El camino se aferraba a los acantilados como un hilo frágil. Abajo, la vegetación espesa parecía devorar todo lo que caía en ella.
Entre los pasajeros viajaba un niño de 12 años: José Anuario Yachi Benítez.
Regresaba solo de visitar a unos familiares. Era un trayecto conocido. Ordinario. Hasta que el conductor perdió el control.

La combi se volcó y rodó por un barranco. Metal contra roca. Vidrios rotos. Gritos. Luego, silencio.
Los equipos de rescate atendieron a los heridos visibles. Pero José no estaba entre ellos.
Se dijo que había sido lanzado hacia la vegetación. Se buscó durante dos días. El terreno era casi imposible. La selva lo ocultaba todo.
Las autoridades lo declararon desaparecido, presumiblemente muerto.
Su familia levantó una cruz de madera cerca del lugar del accidente.
Lloraron a un hijo sin cuerpo.
Pero José seguía vivo.
Cuando despertó, no podía ver el cielo.
Las ramas bloqueaban la luz. Le zumbaban los oídos. Sentía dolor en todo el cuerpo. Sangre seca en el rostro. Olor a tierra húmeda.
Intentó ponerse de pie. Cayó. Volvió a intentarlo.
Gritó pidiendo ayuda.
La selva respondió con silencio.
El primer día fue confusión. El segundo, miedo. El tercero, hambre.
Bebió agua de un arroyo. Comió frutos que reconocía vagamente de su infancia rural. Caminó cuesta abajo pensando que encontraría un camino.
No lo encontró.
La selva altoandina no es solo naturaleza: es un laberinto vertical. Los ríos cambian de dirección. Los sonidos engañan. El tiempo pierde sentido.
Al principio contaba los días. Luego dejó de hacerlo.
Solo existían la luz y la oscuridad. La lluvia y la sequía. El hambre y el alivio.
El niño que buscaba regresar a casa comenzó a transformarse.
Aprendió a construir refugios con ramas y hojas. A encender fuego bajo la lluvia constante. A colocar trampas para pequeños animales. A distinguir plantas comestibles de venenosas.
Su lenguaje se volvió innecesario. Sus recuerdos se difuminaron.
El cerebro de un niño en condiciones extremas no se rinde: se adapta.
Sin conversación, sin calendario, sin contacto humano, la mente se reorganiza para sobrevivir.
Con el tiempo, la idea de “hogar” se volvió lejana, borrosa. Un recuerdo sin peso.
Ya no buscaba salir.
Solo sobrevivía.
Un día tras otro.
Durante 21 años.
En agosto de 2024, tres ronderas campesinas de Yanahuaya, en la región de Puno, se internaron en la selva investigando rumores de cazadores furtivos.
En lugar de eso encontraron una estructura rudimentaria hecha de ramas, hojas y plástico.
Llamaron en quechua y español.
Un hombre salió.
Cabello largo hasta los hombros. Barba irregular. Piel curtida por el sol y la intemperie. Ojos alertas.
Les dijo su nombre.
José Anuario Yachi Benítez.
Cuando mencionó Cajamarca, todo cambió.
El niño perdido en 2003 estaba vivo.
La noticia estremeció al país.
Su madre, Máxima, recibió una llamada que parecía imposible.
“Su hijo está vivo.”
Viajaron tres días hasta Yanahuaya.
El reencuentro ocurrió en la plaza del pueblo, ante cámaras y curiosos.
Máxima no dudó. Lo abrazó con fuerza.
José permaneció rígido al principio.
El contacto físico era algo extraño para él.
Pero lentamente levantó los brazos.
Y respondió al abrazo.
No era el final feliz que muchos imaginaban.
Era el comienzo de algo más complejo.
José recordaba nombres. Fragmentos de su infancia. Pero evitaba conversaciones largas. Se sobresaltaba con ruidos fuertes. Prefería dormir bajo el cielo abierto.
Cuando le preguntaban por qué nunca regresó, respondió una vez:
“Olvidé que había algo a lo que regresar.”
Otra vez dijo:
“Allá no había opciones. Aquí sí. Eso es más difícil.”
Psicólogos hablaron de trauma extremo. Adaptación radical. Posible daño cerebral tras el accidente. Aislamiento prolongado que reconfigura la mente.
José había sobrevivido.
Pero no volvió igual.
La reintegración fue lenta.
Recibió atención médica. Terapia. Nuevos documentos de identidad.
Intentó trabajos formales. No pudo sostenerlos.
Las rutinas lo asfixiaban.
Pero con los niños era diferente.
Les enseñaba a leer huellas, a encontrar agua, a reconocer plantas medicinales.
Cuando un niño del pueblo se perdió en la montaña, José lo encontró en pocas horas siguiendo señales invisibles para otros.
En crisis, era extraordinario.
En la vida cotidiana, se sentía extranjero.
Su padre, Evaristo, nunca le preguntó por qué no volvió.
“Ahora estás aquí. Eso basta.”
Cuando Evaristo murió, José lloró abiertamente.
En el funeral dijo:
“Mi padre no pidió explicaciones. Solo aceptó. Eso fue un regalo.”
Con el tiempo, José encontró un equilibrio frágil. Vive entre la soledad del campo y las visitas a su familia. Evita la atención pública.
Camina entre dos mundos.
Ni completamente del bosque.
Ni completamente de la sociedad.
Su historia plantea preguntas incómodas.
¿Es la supervivencia suficiente?
¿Siempre es correcto rescatar?
¿Puede alguien vivir tanto tiempo sin contacto humano y seguir siendo el mismo?
José demostró que el cuerpo puede resistir lo imposible.
Pero también mostró que regresar puede ser más difícil que sobrevivir.
Como dijo una vez:
“En la selva no había elecciones. Solo el siguiente día. Ahora hay elecciones. Eso pesa más.”
La selva lo mantuvo con vida.
Pero también lo transformó.
Y quizás hay cosas que nunca podrá explicar.
No porque no quiera.
Sino porque no existen palabras suficientes.