La Historia del Hombre que Asustó a Pablo Escobar: La Historia Real que Nunca Contaron

El Sicario que Desafió a Pablo Escobar: Rubén Londoño, “La Yuca”

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En los oscuros pasillos del narcotráfico colombiano, hubo un hombre cuya brutalidad y carácter impredecible lograron incluso hacer temer al más temido de todos: Pablo Escobar. Su nombre era Rubén Londoño, apodado “La Yuca”, un sicario que no solo derramó sangre para el Cartel de Medellín, sino que también se atrevió a desafiar la autoridad de Escobar, el hombre que había logrado construir un imperio sobre el miedo y la violencia. La historia de La Yuca es un relato de venganza, locura y una ambición desenfrenada que lo llevó a desafiar a quien fuera su patrón, creyéndose, por momentos, intocable. Hoy, desentrañaremos el ascenso, la caída y el destino de este sicario que dejó una marca imborrable en la historia del narcotráfico.

El Origen de “La Yuca”

Rubén Londoño nació en un entorno de pobreza en las comunas de Medellín, específicamente en el municipio de La Estrella, al sur del valle de Aburrá, una zona golpeada por la desigualdad y la violencia. Según el periodista Alonso Salazar, esta región fue una de las principales fuentes de sicarios para los carteles, entre ellos, el Cartel de Medellín. Aquí, en medio de la pobreza y la falta de oportunidades, Rubén creció forjando su reputación como un pistolero implacable.

Aunque Pablo Escobar nació en Envigado, muchos de sus lugartenientes, incluidos los más cercanos, surgieron de La Estrella. Desde muy joven, Rubén entendió que, en un mundo como el de la criminalidad y el narcotráfico, podría encontrar el poder y la riqueza que la vida le había negado.

El Ascenso al Poder del Sicario

El primer contacto de Rubén con el mundo del narcotráfico fue trabajando como pistolero y guardaespaldas de Escobar, acompañándolo en viajes tanto dentro como fuera de Colombia, junto a figuras temidas del cartel como Oto, Pinina y El Mugre Negro Pavón. Sin embargo, la vida de Rubén estaba marcada por una adicción que lo arrastraba hacia la violencia y el descontrol. Su consumo de basuco, una versión artesanal del crack, lo convirtió en una persona paranoica y extremadamente violenta.

Con una pistola en mano, Rubén Londoño buscaba venganza contra aquellos que lo habían humillado en su juventud. Para él, matar se convirtió en un negocio rentable, un medio para alcanzar lo que más deseaba: poder y respeto. Su ascenso dentro del Cartel de Medellín no solo se basó en su capacidad para eliminar enemigos, sino también en su habilidad para manipular la situación política en su municipio. En un giro irónico, La Yuca logró hacerse concejal de su municipio, mostrando una fachada de político respetable mientras seguía siendo uno de los hombres más temidos del Cartel.

El Desafío a Pablo Escobar

Uno de los momentos más controvertidos de La Yuca llegó cuando comenzó a desafiar abiertamente a Pablo Escobar. Aunque Escobar era el líder absoluto del cartel, La Yuca no se conformaba con ser un simple sicario. En lugar de aceptar el dinero y la obediencia, comenzó a exigir más. Sentía que Escobar se quedaba con todo el dinero y lo menospreciaba. Este descontento lo llevó a rebelarse contra el jefe del cartel, enfrentándose a las reglas no escritas que gobernaban la estructura del poder dentro de la organización.

La tensión alcanzó su punto máximo cuando Rubén Londoño comenzó a entrar a la oficina de Escobar acompañado de su propio grupo de guardaespaldas, como si fuera un igual del capo. Esta actitud desafiante no pasó desapercibida. Para Escobar, este comportamiento fue considerado una afrenta directa, y muchos de sus hombres comenzaron a ver en Londoño a alguien que ya no se limitaba a ser un sicario, sino que quería acabar con el orden establecido en el Cartel.

La Muerte de Gutiérrez y el Auge de La Yuca

El punto culminante de la rebelión de Rubén Londoño ocurrió cuando se le encargó la eliminación de un enemigo, Fran Gutiérrez. Escobar, en principio, dudó de la necesidad de matar a Gutiérrez, pero finalmente accedió. La Yuca recibió una enorme suma de dinero, 100 millones de pesos, para llevar a cabo el asesinato. La misión consistía en enviar un mensaje de muerte a Gutiérrez, y para ello, un helicóptero sobrevoló su finca en San Jerónimo y lanzó un ataúd como advertencia.

A pesar de la brutalidad del mensaje, Gutiérrez sobrevivió al primer ataque. Escobar y La Yuca se reunieron para analizar la situación y se dieron cuenta de que debían eliminarlo rápidamente. A pesar de las precauciones tomadas en torno a la clínica donde Gutiérrez se encontraba internado, Escobar ideó un plan para engañar a la seguridad y, disfrazados como policías heridos, lograron acercarse a la víctima y ejecutar el asesinato.

Después de esta misión, el poder de La Yuca dentro del cartel de Medellín creció exponencialmente. Sin embargo, su creciente ambición y arrogancia comenzaron a crear fricciones con Escobar, quien ya no confiaba completamente en él.

La Caída de La Yuca

La creciente rebeldía de La Yuca fue el catalizador de su caída. Pablo Escobar, quien ya había demostrado en más de una ocasión que no dudaba en eliminar a quienes lo desafiaban, empezó a ver a Rubén Londoño como una amenaza para su imperio. Escobar, temeroso de que La Yuca pudiera traicionarlo, decidió actuar. Con la ayuda de Mario Castaño Molina, conocido como El Chopo, un sicario de confianza, comenzaron a planificar el asesinato de La Yuca.

Finalmente, el 18 de julio de 1986, La Yuca fue emboscado y ejecutado en una carretera, como si hubiera caído en un enfrentamiento con la policía. Este evento marcó el fin de uno de los sicarios más temidos y violentos del Cartel de Medellín, y dejó en evidencia cómo el narcotráfico y el poder generaban traiciones, luchas internas y ajustes de cuentas, incluso entre los más leales seguidores de Pablo Escobar.

El Legado de La Yuca

El destino de Rubén Londoño, alias La Yuca, es solo uno de los muchos relatos de traición y violencia dentro del Cartel de Medellín. Aunque su figura ha sido en gran parte olvidada en la cultura popular, su historia refleja los oscuros rincones de una organización criminal que estaba destinada a autodestruirse debido a la falta de lealtad y la constante lucha por el poder. La vida y muerte de La Yuca muestran cómo incluso los sicarios más temidos y poderosos no son inmunes a las leyes no escritas del mundo del narcotráfico.

Su historia es un recordatorio de que, en el narcotráfico, las alianzas son frágiles y las traiciones son una constante.

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