A los 59 años, Enrique Peña Nieto FINALMENTE admite lo que todos sospechábamos.

Enrique Peña Nieto, expresidente de México y una de las figuras políticas más controversiales del país en las últimas décadas, ha roto su silencio a los 59 años con una confesión que ha dejado perplejos a muchos.

Mexico's unpopular president defends record in parting shot
Durante años, su nombre estuvo ligado a escándalos que estremecieron a México, desde su matrimonio con Angélica Rivera hasta acusaciones de corrupción y una presidencia marcada por la decepción.

Hoy, lejos del poder y viviendo en España, Peña Nieto admite lo que muchos ya sospechaban pero nadie se atrevía a decir en voz alta.

 

Nacido el 20 de julio de 1966 en Atlacomulco, Estado de México, Peña Nieto creció en un entorno político privilegiado.

Atlacomulco, conocido como el semillero de una red no oficial del PRI, fue el escenario donde se forjó su carrera.

Con familiares como Alfredo del Mazo González y Arturo Montiel, ambos gobernadores del Estado de México, Peña Nieto respiró política desde niño, moldeando un destino que parecía escrito.

 

Su formación académica en derecho en la Universidad Panamericana y un máster en administración en el Instituto Tecnológico de Monterrey reforzaron su perfil tecnocrático.

Sin embargo, lo que realmente lo distinguía era su imagen: joven, atractivo y carismático, ideal para un PRI que buscaba modernizarse y conectar con una generación hambrienta de cambio.

 

Al asumir la gubernatura del Estado de México en 2005, Peña Nieto comenzó a consolidar una red de alianzas y a construir una marca personal cuidadosamente diseñada.

No se trataba de ideologías profundas, sino de una imagen pulida para los medios y el electorado.

Cada aparición pública era estudiada, desde su vestimenta hasta sus discursos, todo coreografiado para proyectar modernidad y eficiencia.

Mexico's Enrique Peña Nieto Confronts the Challenges of Federalism, Fiscal  Reform and Education | Brookings

Su relación con Televisa, la cadena más grande del país, fue clave para su ascenso.

La cobertura mediática favoreció su imagen, lo que le permitió pasar de ser una figura regional a un candidato presidencial nacional.

Sin embargo, detrás de esta fachada, comenzaron a surgir rumores sobre contratos opacos, endeudamiento estatal y favoritismo hacia ciertas empresas.

 

En 2012, Peña Nieto fue elegido presidente con más del 38% de los votos, marcando el regreso del PRI a Los Pinos tras 12 años de ausencia.

Su matrimonio con Angélica Rivera, actriz famosa conocida como “La Gaviota”, fue presentado como la pareja presidencial ideal, casi sacada de una telenovela.

Peña Nieto prometió reformas estructurales en energía, educación, telecomunicaciones y finanzas, y en sus primeros años recibió aplausos tanto nacionales como internacionales.

 

Pero la realidad comenzó a desmoronarse.

La desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en 2014 fue un golpe devastador que evidenció la fría y burocrática respuesta del gobierno.

Luego vino el escándalo de la Casa Blanca, una mansión valuada en 7 millones de dólares vinculada a una contratista del gobierno y a su esposa Angélica Rivera.

La periodista Carmen Aristegui destapó este caso, que sacudió la legitimidad presidencial y desató protestas por la libertad de prensa.

Mexico's former first lady announces divorce from Enrique Pena Nieto | Fox  News

Los escándalos continuaron: vínculos con la corrupción internacional de Odebrecht, la fuga de “El Chapo” Guzmán y la creciente percepción de un presidente desconectado y manejado por intereses ocultos.

Las encuestas reflejaron una caída libre en su aprobación, llegando a niveles históricos bajos.

 

El matrimonio de Peña Nieto con Angélica Rivera también mostró signos de ruptura.

Lo que parecía una unión perfecta resultó ser un acuerdo político y de imagen, según confesó el propio expresidente.

La separación formal y la ausencia de explicaciones públicas confirmaron que detrás de la fachada había una relación artificial.

 

Tras terminar su mandato en 2018, Peña Nieto desapareció de la vida pública y se mudó a España, donde vive rodeado de lujo pero también de sombras.

En una entrevista informal grabada en Madrid, sorprendió al decir: “Cometimos errores, errores éticos, no penales, y preferí callar porque México no estaba listo para la verdad.”

 

Esta frase, aunque ambigua, es una admisión moral que confirma que su gobierno estuvo marcado por decisiones cuestionables que prefirió ocultar.

Reconoció que el poder no se conquista sino se hereda, y que su función no fue gobernar para el pueblo, sino administrar los intereses de quienes realmente mandan.

 

Sobre su divorcio, afirmó que fue un acuerdo cumplido, una alianza más dentro del guion que tuvo que seguir.

Sobre su retiro en España dijo: “México me dio todo, pero también me lo quitó todo. Aquí encontré el silencio que nunca tuve allá.”

 

La caída de Enrique Peña Nieto no fue solo la pérdida de un presidente, sino el derrumbe de una ilusión: la promesa de modernidad, juventud y renovación que sedujo a millones.

Su sexenio dejó heridas abiertas, instituciones debilitadas y una sociedad escéptica y dividida.

Angelica Rivera Announces She's Divorcing Enrique Pena Nieto - Bloomberg

Aunque legalmente libre, Peña Nieto está socialmente condenado y su nombre se menciona en susurros, como un símbolo de la imposibilidad de cambiar un sistema corrupto desde dentro.

Su confesión, aunque incompleta, abre la puerta a reflexionar sobre la verdadera naturaleza del poder en México y la necesidad de romper con estructuras que perpetúan la impunidad y la mentira.

 

La historia de Enrique Peña Nieto es una lección sobre cómo la imagen puede sustituir a la verdad, y cómo la ambición y los pactos ocultos pueden convertir a un líder en prisionero de un sistema.

Su confesión a los 59 años confirma lo que muchos sospechaban: que detrás de la sonrisa perfecta había un hombre atrapado entre el poder y el silencio.

 

Mientras México avanza con nuevos retos y esperanzas, la figura de Peña Nieto permanece como un recordatorio incómodo de que no basta con cambiar los rostros del poder, sino que es necesario transformar las estructuras que lo sostienen para evitar que la historia se repita.

 

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