La pregunta “¿quién creó a Dios?” parece lógica, pero esconde una trampa silenciosa.
Parte de una suposición que damos por sentada: que todo necesita un inicio.
Vivimos atrapados en el tiempo.
Nacemos, envejecemos, morimos.
Todo a nuestro alrededor empieza y termina.
Las estrellas, los imperios, incluso el universo mismo.
Así que nuestra mente, entrenada por el reloj, intenta aplicar esa misma regla a Dios.
Y ahí es donde todo colapsa.
El problema no es la pregunta, sino la categoría.
Es como preguntar a qué huele el color azul.
Dios no existe dentro del tiempo.
El tiempo existe porque Dios lo creó.
Antes de que existieran segundos, minutos o eras, Dios ya era.
No “era” en pasado, sino “es”.
Cuando Moisés pidió su nombre, Dios no respondió con una definición filosófica, sino con una declaración devastadora: “Yo soy”.
No dijo “yo fui creado”, ni “yo comencé”.
Dijo “yo existo”.
Siempre.
Esto rompe cada marco mental humano.
Todo lo creado necesita una causa, pero Dios no es parte de lo creado.
No es la primera ficha de dominó.
Es quien construyó la mesa, las reglas y el movimiento mismo.
Preguntar quién creó a Dios solo tiene sentido si Dios pertenece a la misma categoría que el universo, pero no pertenece.
Él es lo que los teólogos llaman el ser necesario: aquel cuya existencia no depende de nada más, y del cual depende todo lo demás.
Aquí es donde el vértigo comienza de verdad.

La Biblia afirma que incluso el tiempo tuvo un inicio.
“En el principio…” no es solo una frase poética, es una explosión conceptual.
No puede haber un principio si el tiempo ya existe.
Eso significa que el tiempo comenzó a existir en Génesis 1:1.
Y si el tiempo comenzó, Dios estaba fuera de él.
No esperando, no evolucionando, no aprendiendo.
Simplemente siendo.
Dios no envejece.
No llega tarde.
No tiene prisa.
No se mueve de ayer a mañana como tú y yo.
Existe en lo que se llama el eterno presente.
El pasado, el presente y el futuro no son habitaciones separadas para Él.
Son una sola realidad abierta.
Por eso puede hacer promesas sobre tu futuro con absoluta certeza.
No está adivinando.
Ya está allí.
Entonces surge otra pregunta inquietante: si Dios no necesitaba crear, ¿qué hacía antes de la creación? La respuesta es tan profunda como desconcertante.
Dios no estaba solo.
Antes del universo ya existía relación, amor, comunión.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vivían en una plenitud perfecta.
No había vacío que llenar, ni aburrimiento que escapar.
La creación no nació de una necesidad, sino de un desbordamiento.
Dios no creó porque le faltara algo.
Creó porque el amor, por naturaleza, se expande.
Y en ese plan eterno, antes de que existiera una galaxia, ya estabas tú.
Tu vida no fue una improvisación.
No eres un accidente cósmico.
Antes de que respiraras por primera vez, ya eras conocido.
Antes de que fallaras, la redención ya estaba en marcha.
Aquí es donde todo se vuelve personal.
Si Dios no fue creado, entonces no puede ser destruido.
Si no tuvo inicio, no tendrá final.
Y eso lo cambia todo.
Un Dios eterno no cambia con las modas, no se cansa, no se contradice, no se retira cuando fallas.
Sus promesas no caducan.
Su fidelidad no depende de tu desempeño.

Cuando todo en tu mundo se sacude, Él permanece.
El misterio de un Dios eterno no está diseñado para que lo resuelvas, sino para que te humilles.
Hay verdades que no fuiste creado para dominar, sino para adorar.
Si pudieras entender a Dios por completo, no sería Dios.
Sería solo una versión ampliada de ti mismo.
Y eso sería aterrador.
La eternidad no está ahí para frustrarte, sino para colocarte en tu lugar correcto: asombro, reverencia, confianza.
Dios no te pidió que lo expliques, te pidió que camines con Él.
Y ese Dios eterno decidió entrar en el tiempo, en la historia, en el dolor humano, para llevarte más allá del reloj.
Así que la verdadera pregunta ya no es quién creó a Dios.
La verdadera pregunta es qué harás tú con un Dios que nunca comenzó, que nunca termina y que, aun así, te eligió.