Javier Hernanz fue un nombre que resonó con fuerza en los estadios y en los corazones de miles de españoles.

No solo fue un atleta olímpico y campeón mundial de piragüismo, sino también un hombre profundamente humano, sensible y enamorado de su familia.
Sin embargo, detrás de la imagen de éxito y disciplina que mostraba al mundo, se escondían grietas emocionales que nadie pudo anticipar.
Desde muy joven, Javier mostró una disciplina y determinación ejemplares.
Nacido en Arriondas, Asturias, creció rodeado de montañas y ríos, y comenzó a remar a los 9 años.
Su familia siempre lo apoyó, y su talento y esfuerzo lo llevaron a representar a España en campeonatos europeos, mundiales y en los Juegos Olímpicos de Río 2016.
Aunque no ganó medalla, su entrega y pasión fueron admiradas por todos.
En 2012, Javier conoció a Clara, una periodista deportiva que quedó cautivada no por sus títulos, sino por la profundidad de su mirada y su sensibilidad.
Se enamoraron rápidamente, vivieron juntos al año siguiente y se casaron en 2015 en una ceremonia íntima.
Compartían un amor por la naturaleza, la lectura, la vida sana y el silencio, que inicialmente fue la base de su conexión.
Sin embargo, ese silencio pronto se convirtió en un muro infranqueable.
Tras retirarse parcialmente del alto rendimiento en 2020, la pandemia y la cancelación de competiciones destruyeron la rutina y el propósito que habían definido su vida.
Javier sufrió lo que los psicólogos llaman “duelo del deportista”, un proceso emocional similar a una pérdida donde el atleta siente que su identidad desaparece al dejar la competición.
Se encerró en sí mismo, alejándose de amigos y familiares, mientras Clara intentaba animarlo y buscar ayuda profesional.

En 2021, intentaron formar una familia.
Clara quedó embarazada, y por un momento, Javier recuperó la ilusión, retomó entrenamientos y proyectos.
Pero la tragedia golpeó sin aviso: Clara sufrió un aborto espontáneo a los tres meses.
Este golpe devastador afectó profundamente a Javier, quien había depositado en esa futura paternidad su esperanza de redención.
A partir de ese momento, su desconexión emocional se hizo más profunda.
Javier cayó en una profunda tristeza, dejó de salir, apenas comía y sus redes sociales quedaron en silencio.
Clara lo convenció de acudir a terapia, pero aunque hubo leves mejoras, los demonios internos eran más fuertes.
En 2022, Clara tomó la dolorosa decisión de separarse temporalmente para que ambos pudieran sanar por separado, pero Javier vivió esa separación como una traición, escribiendo en una nota: “Sin ella no soy nadie”.
El 11 de marzo de 2023, Javier no acudió a una reunión con jóvenes piragüistas ni respondió llamadas.
Fue encontrado inconsciente en su despacho, rodeado de cartas sin enviar y libros subrayados.
Fue trasladado de urgencia al hospital, donde permaneció en coma inducido durante días.
La noticia conmocionó a toda España, que llenó las redes sociales con mensajes de apoyo.
Pero el diagnóstico era reservado.
Finalmente, en la madrugada del 17 de marzo, Javier Hernanz falleció a los 39 años.
Clara, devastada, dio una rueda de prensa emotiva, acompañada por familiares y periodistas en silencio.
Leyó una carta escrita por ambos años atrás, en la que Javier expresaba su amor y explicaba que no se fue por debilidad, sino por agotamiento, luchando hasta el último momento contra un monstruo invisible: la depresión profunda.
Tras su muerte, Clara fundó una asociación dedicada a la salud mental de deportistas retirados, transformando su dolor en un legado de ayuda para otros.
Su historia abrió un debate necesario sobre la presión y el costo emocional del deporte de élite, y sobre la importancia de escuchar y apoyar a quienes enfrentan batallas internas invisibles.
La tragedia de Javier Hernanz no solo apagó una vida joven y llena de talento, sino que dejó una herida profunda en el deporte español.
Su historia es un llamado urgente a derribar el silencio, reconocer la vulnerabilidad humana y ofrecer ayuda real a quienes la necesitan.