
Johnny Laboriel, nacido como Juan José Laboriel López el 9 de julio de 1942 en la Ciudad de México, llegó al mundo marcado por el arte y la música.
Hijo de Juan José Laboriel, actor y compositor garífuna de extensa trayectoria en el cine mexicano, y de Francisca López, una mujer admirada por su belleza y elegancia, Johnny creció rodeado de creatividad.
Sus padres, inmigrantes hondureños, cargaban con una historia de lucha y desplazamiento, herencia del pueblo garífuna, descendiente de africanos que sobrevivieron a la esclavitud y al exilio.
Desde niño, Johnny supo lo que era ser diferente.
En una ciudad donde casi no había familias negras, caminaba sintiéndose observado, señalado.
“Era como un oso polar en el Zócalo”, diría después, disfrazando con humor una soledad profunda.
Pasó su infancia entre pandillas del barrio de la Roma, peleas callejeras y apodos que lo acompañarían toda la vida.
Aquella dureza temprana lo llevó incluso a un breve paso por el temido penal de Lecumberri, una experiencia que él mismo reconocería como un punto oscuro de aprendizaje y caída.
Pero la música siempre estuvo ahí, como salvación.
A los 17 años decidió apostar todo por ella.
Un concurso de radio lo cambió todo: su voz, su carisma y su presencia escénica lo llevaron directo a Los Rebeldes del Rock.
En un México dominado por boleros y orquestas románticas, Johnny irrumpió como una tormenta eléctrica.
Cantaba, bailaba y gritaba libertad.

Temas como Melodía de amor y El rock del angelito lo convirtieron en uno de los primeros ídolos juveniles del país.
Era el único rostro negro en un panteón de estrellas blancas… y eso nunca dejó de pasar factura.
La fama llegó rápido, pero también los excesos.
Drogas, noches interminables y decisiones impulsivas comenzaron a erosionar al joven rebelde.
Johnny lo confesó años después sin orgullo: tocó el infierno y apenas logró salir con vida.
Aun así, en 1963 se lanzó como solista, grabando decenas de canciones y demostrando una versatilidad que pocos tenían.
Su talento era indiscutible, pero las oportunidades nunca fueron proporcionales a su voz.
La muerte de su padre en 1977 lo quebró profundamente.
Cuatro años después perdió también a su madre.
Desde entonces, Johnny cargó con una mezcla de culpa, tristeza y resignación.
Mientras otros compañeros de generación acumulaban fortunas y prestigio, él sobrevivía como podía, girando sin descanso, aceptando trabajos en televisión y comedia que, aunque lo mantenían vigente, lo alejaban de su verdadero sueño: ser reconocido como el gran cantante que era.
En los años 80 y 90 se convirtió en una figura constante de Televisa.
Su famoso “Wi madame” y el beso de trompita arrancaban carcajadas, pero también sellaban una imagen que la industria prefería: Johnny el personaje, no Johnny el músico.
Incluso soportó humillaciones públicas y bromas racistas, especialmente en programas como Cero en conducta.
Nunca respondió con ira.
Usó el humor como escudo, aunque por dentro el desgaste era evidente.
A finales de los 90, un breve resurgimiento llegó con la película Todo el Poder.
Su canción Tómbola lo devolvió a la radio y a los reflectores.
Parecía el inicio de una revancha.
Pero una vez más, las promesas se evaporaron.
Las discográficas desaparecieron y el álbum nunca se concretó.
En 2013, decidido a cerrar el círculo, Johnny planeó un regreso independiente.
Grabó Qué extraño el rock and roll, su último tema inédito.
Pero su cuerpo ya no resistía.
Ocultó durante años una diabetes que terminó por pasarle factura.

Tras una hospitalización, los médicos descubrieron una enfermedad avanzada y devastadora.
El diagnóstico fue implacable: apenas dos meses de vida.
Johnny aceptó su destino con fe.
Pidió discreción.
No quería titulares ni lástima.
“Digan que me fui de gira”, ordenó.
Y así fue.
El 18 de septiembre de 2013, a la una de la madrugada, Johnny Laboriel partió en silencio.
Hoy, su historia duele porque revela más que una tragedia personal.
Revela un sistema que aplaude, usa y descarta.
Un país que cantó con él, rió con él… y luego miró hacia otro lado.
Pero mientras Melodía de amor siga sonando, Johnny Laboriel no estará del todo ausente.
Su voz, rebelde y luminosa, sigue girando eternamente.