
La noche parece tranquila.
La Luna llena ilumina el paisaje con una calma engañosa, hasta que algo rompe la armonía: un anillo luminoso aparece a su alrededor.
Es hermoso, hipnótico… y profundamente peligroso.
Este halo lunar no es magia ni presagio místico.
Es el resultado de millones de cristales de hielo suspendidos en la atmósfera superior que refractan la luz lunar como diminutos prismas.
Pero su presencia significa algo claro y documentado: una tormenta intensa se aproxima.
Estos cristales hexagonales suelen formarse cuando grandes sistemas de baja presión avanzan, cargados de humedad.
Históricamente, la aparición de un halo alrededor de la Luna ha precedido lluvias torrenciales, tormentas eléctricas severas e incluso eventos extremos.
La sabiduría popular no estaba equivocada: si hay un anillo alrededor de la Luna, buscar refugio no es exageración, es supervivencia.
A medida que el halo se intensifica, el ambiente comienza a cambiar.
El viento modifica su dirección, la humedad aumenta y el aire adquiere una densidad extraña.
El cuerpo lo siente antes de entenderlo.
La piel se eriza, los sonidos se amplifican y el instinto empuja a moverse.
No es miedo irracional.
Es el sistema nervioso reaccionando a cambios eléctricos reales en la atmósfera.
Entonces llegan los relámpagos.

Primero distantes, luego cada vez más cercanos.
Medir el tiempo entre el destello y el trueno deja de ser un juego: si no alcanzas a contar cinco segundos, la tormenta está peligrosamente cerca.
A menos de cinco millas, un rayo puede caer en cualquier momento.
En campo abierto, eso es una sentencia de muerte.
La naturaleza continúa enviando señales.
Los animales reaccionan antes que nosotros.
Los pájaros vuelan bajo debido a la caída de la presión atmosférica.
Los insectos se vuelven agresivos.
Los anfibios comienzan a congregarse, anticipando lluvias intensas.
Incluso los árboles hablan: hojas volteadas, ramas rígidas, piñas cerrándose para proteger sus semillas.
Todo indica que el equilibrio se ha roto.
Y entonces ocurre algo aún más inquietante.
El cielo cambia de color.
Un tono verdoso comienza a extenderse en el horizonte, como un filtro antinatural cubriendo el mundo.
Este fenómeno, raro pero documentado, ocurre cuando la luz solar baja se combina con nubes densas cargadas de humedad y granizo.
El resultado es un cielo verde, una de las señales más claras de tormentas severas, granizadas destructivas y, en los peores casos, tornados.
En regiones donde este cielo ha sido registrado, los eventos posteriores han sido devastadores.
Vientos extremos, lluvias violentas, caída de granizo del tamaño de una pelota y estructuras arrancadas del suelo.
No es coincidencia.
Es física atmosférica en su forma más brutal.
El aire se vuelve eléctrico.
Los vellos del cuerpo se erizan.
Un leve zumbido parece flotar alrededor.

Esto indica ionización del aire, una condición extremadamente peligrosa.
En ese momento, cualquier objeto elevado, metálico o aislado puede atraer una descarga letal.
Permanecer bajo un árbol, cerca de postes o en vehículos abiertos es un error fatal.
Si no hay refugio sólido, las reglas son claras: reducir el perfil, mantenerse bajo, pies juntos, lejos de superficies extensas y húmedas.
No es instinto primitivo, es ciencia aplicada a la supervivencia.
La tormenta puede dar una falsa tregua.
Un silencio inquietante, una calma repentina.
Pero esta pausa no es alivio: es el ojo del sistema.
Lo peor suele venir después.
Un rugido profundo, constante, diferente al trueno.
Como un tren de carga acercándose.
Ese sonido no deja dudas.
Un tornado puede haberse formado.
Cuando la columna aparece, girando entre cielo y tierra, ya no hay margen de error.
No se puede correr.
No se puede desafiar.
Solo esconderse, reducir el impacto y esperar.
La velocidad de estos monstruos atmosféricos supera cualquier intento humano de huida.
Cuando finalmente pasa, el paisaje nunca vuelve a ser el mismo.
Árboles doblados, terreno desplazado, estructuras arrancadas.
Y una pregunta inevitable queda flotando en el aire: ¿cuántas de estas señales fueron ignoradas antes de que fuera demasiado tarde?
El cielo siempre habla.
El problema es que hemos olvidado escuchar.